He colaborado en la revista Mercurio con una reseña de El extranjero, de Albert Camus.
Se puede leer aquí.
Gracias, Ricardo Martín.
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Gracias, Ricardo Martín.
Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.
Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.
Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras.
Tiemblan las flores en el bancal sobre los gatos que chillan
enzarzados y se bombean fuego en la barriga y gimen cuando les
inyectan semen en el vientre y se llenan el hocico de arena a fuerza
de chillar.
En el moral, las gallinas son arrancadas de su sueño, aletean un
instante en el aire, caen pesadamente al suelo y acaban describiendo
sobre la arena círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta
que ya sólo tocan un punto y pesan tanto que sus patas no pueden
sostenerlas.
Y entonces se desploman, arquean el cuello, abren el pico y se
ahogan en la oscuridad. Mientras la luna cae y cae.
| Col.legi Sant Ignaci |
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| Casa en Sarrià |
| Placita en Sarrià |
Cualquier aeropuerto me sigue recordando un aeropuerto lejano, al que fui a esperarte aun sabiendo que no vendrías.
Cualquier calle decrépita en cualquier lugar del mundo siempre me parece una calle de Lisboa, la ciudad que tú serías si alguna vez fueras ciudad.
Como también serías África si fueras continente, y ciertos cielos altos y transparentes si fueses cielo, y la raya perfecta que separa los océanos en El Cabo, y la melodía de los ciegos con túnicas blancas en Manika Street. Y serías los golpes de mar embravecido sobre un ventanal en Simon’s Town, y las viñas de Constanza, y el vino suave que le gustaba a Napoleón, y un pequeño hotel con bañera antigua y teléfono, también antiguo, desde el que hablaba contigo.
Y serías la ciudad oliendo a jacarandas –continuó Julia, mientras seguían allí paradas-, y una balaustrada de piedra frente al mar, y las flores de los sellos de Sao Tomé, y los libros de Fowles. Y las cartas que mandabas y recibías, y las palabras que había en esas cartas, y la silueta lejana que se adivinaba en ellas. Serías todo lo que fueron aquellos años y los años que siguieron, como si, extrañamente fieles el uno al otro, en realidad no hubieras faltado en el aeropuerto en que te esperé, ni en las calles decrépitas por las que me hubiera gustado pasear contigo de la mano. Ni en aquel hotel.
Como si no hubieras dejado de ver los cielos que yo vi, ni los paisajes que ahora como un sueño, ni de leer los libros en los que vagamente te buscaba. Como si esto de hoy hubiera sido lo de siempre, y tus recuerdos mis recuerdos, y esta carta no una carta de nostalgia radiante aunque inservible, sino un simple y feliz recuento de nuestra vida.