26/9/13

La vida en los huesos

He colaborado en la revista Mercurio con una reseña de El extranjero, de Albert Camus.

Se puede leer aquí.

Gracias, Ricardo Martín.


9/9/13

día menos equis antes del viaje

He terminado de leer el libro de L. a miles de metros de altura. Apenas he mirado por la ventanilla en todo el trayecto; triste costumbre la de ese paisaje de nubes y sol sobre la tierra seca. En menos de un mes, volveré a tomar un avión. No sé cuánto tiempo hace que no voy sola hasta allá y sigo mi ritual de aeropuertos hasta que recibo la bofetada de Caribe sobre el pelo. Hay una inquietud dormida. Deben ser los años. A veces, me parece que se ha terminado la edad de la osadía. Y ha vuelto el cristal. Hay algo de biología aquí, aunque no sea en centímetros ni brillo de la piel. Cuando vuelvo a asomarme a la ventanilla del avión, varios pesqueros o barcos que planean sobre el agua salpican un mar mediterráneo oscuro. Ha pasado la claustrofobia. Yo pienso que ojalá una tormenta. Del libro de L. hablaré aquí o allá, antes tengo que escaparme de su bolsillo, donde convivo con el hueso de melocotón.

Adiós, terraza

26/8/13


amé a un soldado rubio por su golpe de nieve
porque dijo temblor 
y dijo vena y bujía 
como quien dice serpiente
que ponía el mantel sobre la mesa
mientras Urano se repetía sobre las calles
violento desorbitado y verde





12/5/13

the fourth season



El viejo mafioso es el sheriff
y el predicador
ha muerto.
Ava mató a su marido. Ava Crowder es una rubia
camisa a cuadros
del sur. A veces
una gota de calor
por sus piernas. A veces
las piernas de Ava enloquecen a Boyd.
Es de ese sur
donde la vida está agarrada por dos sogas
donde la vida
se quema como el sol
quema los veinte años
y más allá de tu coche
dormido
hay unos árboles y detrás de los árboles
la tumba de tu padre
está a la sombra.
Los insectos de los manglares viven dentro de las botas de Ava.
Ellen May sí se siente culpable. Porque
los cuerpos muertos de los muertos
pesan. Y los cuerpos vivos de los muertos
pesaban demasiado.
Debajo de la tierra
invertebrada
pequeños animales
conocen el secreto.


Este poema contiene serios spoilers de una serie.
Este poema es para  él, que me contó durante un buen rato de sol y sombra
toda la historia . Consciente del juego, me permito.

9/5/13

acción y efecto de parar


Asumo mi condición de sueño roto.
Los desempleados dudan
de la casilla del ácaro
a la del esperpento.
El butanero del Este se parece a James Dean.
Confieso que una vez amé a un hombre
serie A.
No suficiente
tiempo.
No suficiente.
Es la hora de beber de los caballos.
Su relincho de dientes. Su corazón
en vaso.
Me despidieron sin dejarme despedirme.
Y desde entonces: trámite.
Funcionarios desde entonces.
Siento pudor cuando la camarera
descubre que estoy escribiendo un poema.
Más allá. Solamente caballos negros.
Pan y aceite.
Insomnio del bebé recién nacido.
Dientes de la palabra migraña.
Aquí
debajo de mi pelo
mi cabeza es un salón de muebles heredados.
Las puertas ya no abren.
Hay un preservativo en el cajón de los cubiertos.
Una carta de hacienda entre las copas de vino.
Asumo este vital desorden.



27/3/13

parece Madrid la Araucanía


Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.
Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.
Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras.

Confieso que he vivido, Pablo Neruda

15/3/13

#EBLS

sábado
barcelona
a partir de las 10 horas
en La Violeta de Gràcia
C/ Maspons, 6

encuentro de blogs literarios

allí estaremos
por si a alguien le apetece
no es que tenga yo mucho ni poco que decir
pero la entrada es libre
y la salida más

y barcelona debe estar al sol


11/3/13

pero por qué me hacen volver...





Acuérdate de Rocapartida y lo cuentas desde dentro, me obliga. Como si hiciera falta acordarse. Ese lugarcito es el último fin del mundo donde he estado. Acuérdate que llegamos de noche en la camioneta de Oswaldo y ocupamos dos cabañas. De los cangrejos bajo la luz de las linternas. Acuérdate que don Norber nos cortó leña y estuvo un rato con nosotros. Sandwiches de jamón, queso, chile y mayonesa. Acuérdate que, por más que le insistimos, él no quiso cantar. Sí cantaron los muchachos hasta que les dolieron los dedos de rasgar la guitarra y darle a las congas. Cantaron mejor que nunca. Que empezó con esa canción que, de pronto, se te clavó como la aguja de un reloj entre los ojos. Vértigo. Acuérdate de lo triste que estabas hablando de los temas que traías, del perfil de la luna sobre el agua, de cómo la hierba fue conquistada por los reptiles. Acuérdate que tú entonaste un flamenco asalvajado por el ron bajo alguna constelación inexacta ya. Que yo canté pero me olvidé la letra. Que estuvimos escuchando las estrellas fugaces. Por fin, en silencio. Todos tirados boca arriba con el cielo boca abajo. Acuérdate de la mañana siguiente. Cuando nos despertamos temprano pero pensamos que ya era mediodía porque el sol rayaba un horizonte curvo. Aquí nada es curvo, compáralo, aquí siempre aparece un edificio, un grito que nos distrae, una silueta. Allí el mar daba la vuelta sobre sí mismo y tú no sabías, me dice, qué era el norte y qué el sur. Acuérdate de los desayunos y las moscas. De la familia de don Norber cortando los plátanos a machetazos. Del paseo en la lancha, cuando vimos la roca partida y nos tiramos al agua y vimos los erizos del mar arrugarse bajo nuestra sombra. Acuérdate de la caminata por el borde del mar hasta la desembocadura. Allí el agua era fría pero tú no quisiste bañarte. Llevabas un palo largo en la mano y la toalla atada al cuello como una capa de heroína europea. Del pescado recién sacado de ese mar al fuego. Acuérdate que llegó la tarde y los muchachos se marcharon de pronto a sus obligaciones y nos quedamos allí, en ese fin del mundo, y trepamos hasta el faro y estaban rodando una película y vimos toda la costa desde arriba, con su verde; atravesamos campos de ganado y vimos la tormenta arder más allá de las últimas montañas. Acuérdate que dormimos y, a la mañana siguiente, tomamos, al menos, cinco autobuses para salir de allí y estuvimos viajando todo el día hasta la capital y ya tú no te quitaste esa nostalgia de la boca durante el resto del viaje. Acuérdate y me lo escribes para la revista. 

5/3/13

la lluvia sobre mis casas

De mi primera casa, no guardo recuerdo. Pero entonces era triste el agua siempre en el colegio. Las ventanas grandes, con sus dos hojas, reteniendo el olor a garbanzo que salía del comedor. Como si en aquella cocina las monjas solamente hirvieran legumbres fofas. Detrás, una extraña libertad y los padres conduciendo por alguna calle del centro. El sótano donde nos metían en los días de invierno. Los gritos de las niñas despertando mis primeros dolores de cabeza sobre aquel infierno de suelo negro.

La lluvia en mi segunda casa nos dejaba siempre sin luz. Mamá guardaba velas y cerillas en los cajones. Papá compró una linterna en Stuttgart y la trajo y dijo “es como la de la policía”. Como jugábamos con ella de noche, nunca estaba a mano cuando se quedaba oscuro. El campo soltaba el perfume pegajoso de la jara. La casa se levantaba junto a las vías del tren. Por la ventana, mamá miraba al horizonte. Podías perder la vista y el tiempo tratando de ubicar cada lucecita. El abuelo decía que, hasta la presa que cortaba en dos el valle, de noche, había un lago. Las luces de la casas eran para él pequeños barcos de pesca esperando a que se parta en dos el temporal. Por la mañana, el barro.

En Alemania tuve tres casas en un año. Podría haber empezado a pensar en mis continuas mudanzas. Pero la lluvia caía, sobre todo, en la casa de invierno. Llegué a la estación del funicular con lluvia. Arrastré mi maleta por el empedrado mojado. Al final de una estrecha escalera estaban mis 16 metros cuadrados. Desde aquella ventana vi el bosque bávaro cambiar de color. Hice una fotografía de la ventana cada uno de los meses que allí pasé. Lloré de desesperación una vez. Y me reí hasta romperme el resto. Todavía, cuando salgo a la calle temprano y llueve, me vienen a la cabeza aquellos días. Luego llegó el invierno. La nieve no hace ruido al caer.

Cuando en enero conducía hasta mi tercera casa en Madrid, el termómetro del coche descendía tres grados en apenas unos metros. Algunos animales salvajes huían de la carretera tras las antiniebla. Cuando llovía, miraba al perro rubio calarse hasta los huesos en el jardín. El agua de la piscina hacía círculos que se tocaban y desaparecían. Todos estuvimos de paso allí durante diez años pero papá no paró de hacer cambios y reformas. Aquella casa tiene el mejor jardín. A principios de un año, pinché 100 bulbos de narciso por todo el terreno. El agua levantó la arcilla roja de la pista de tenis. El número 63 de Machichaco está dormido ahora. Hasta la primavera, que vuelva el amarillo a salpicar su tierra.

No recuerdo el agua sobre mi casa de Irlanda. Llovió cada mes. Pero todo lo borró otra lluvia que me caló desprevenida. 


Llovió en México durante tres semanas seguidas. Al volver del locutorio, una sandalia salió de mi pie y flotó por la avenida abajo. Llegué descalza a la primera de mis casas veracruzanas. El agua allí daba un brillo de plástico a las grandes hojas del platanero y hacía mucho ruido. Aunque golpeaba sin furia contra el tejado plano. Por encima de las Altas Montañas, los relámpagos iluminaban la sierra. Nunca he vuelto a ver esa guerra en el cielo. Escribí durante dos días seguidos en una libreta morada. Paseaba mojada, sin rumbo y sin tener a quién saludar. Para sentirme en casa, me refugié en un hotel internacional y pedí un café. Entonces decidí comprarme un secador de pelo. Pero nunca nada volvería a sacar de mí esa humedad.


…  de la lluvia en la casa donde vivo ahora ya hablaré cuando me marche de ella.


25/2/13

simple


Aunque nunca he dejado de quererme marchar, 
creo que estoy quedándome.


17/2/13


Cuando desaparece esa fingida indiferencia, te das cuenta de que una comezón extraña está trabajando por ti muy adentro. Es la rabia. Se abre como un pétalo esperado, ahí, entre las costillas. Es la rabia –puedes decir injusto, pero qué demodé-. Entonces te gustaría desnudar algunos cuerpos. No desnudar de placer de tocar de sentir, para ellos quieres un desnudo vergonzoso, devolverles lo hombre, restarles la corbata, la sociedad de clases. Decir tienes una peca, una malformación en las piernas, ese pliegue en los pechos –desapruebas-, te falta carne y te sobra grasa. Quieres verles cruzar Banco de España desnudos, humanos. Podrán conservar el maletín con sus papeles. No fastidies, qué papeles. Apuntes de reuniones donde nada se salva, ideas sueltas de equis, epifanías idiotas para engrosar la cuenta de resultados. Mis pequeños jefecitos de la mercadotecnia que se vuelven locos cuando te saltas la norma. Que matarían a flechazos a un ciclista, ratas con ruedas, gritan despeinados desde su audi. Todos fueron de izquierdas, con sus periódicos a medida de izquierda, se emocionan con los escritores de izquierda, pero dicen celebrity, teaser, esic, ambient. Llorar es de débiles, reír de ordinarios, comer una impudicia, tu barrio es pintoresco, tomar el sol, mundano. Tenían una casa rural pero la niña se juntó con los del pueblo e hicieron las maletas. Árboles genealógicos, abolengo, casta. Son los todoterrenos de la vida que regalan consejos que casi te creíste.  

Son los de gris de Michael Ende. Mucho más viejos que su propia identidad. 


13/2/13

para p


Pásele de nuevo, güerita. Que sea esta vez no es el tequila el que nos cala hasta la sombra. Algo sí he aprendido. Algo me he camuflado. Mis vaqueros se han estrechado y ensanchado casi a la moda. Digo casi porque, a veces, sin bolsillos, me gusta ponerme ese culo extraño. Tú silbabas a los chavos, chaparra. Acuérdate, güerita: tú caminando desnuda por aquella playa, la camisa del uniforme a la cintura. Un email-revolución. Aquello fue azul azul. Será el tequila –decías todo el tiempo- o este clima tropical. Yo tengo esta pena que se cocina en mi hígado. No es ni mucho menos poesía, la abuela que seré ya no escribe poesía. Llovía tanto aquel agosto. Veíamos llover sentadas en la puerta de la casa y mano a mano. Venían a visitarnos, a sacarnos a bailar. Aquí no se baila como allá. Y las dos, papas con huevo, litros de toronja. Inventaste canciones. Pero ya no soy inspiración de nada. Luego entramos allí donde los instrumentos y empezó la otra vaina. Te reíste de mí, de mi escote y de la raya negra que bordeaba mis ojos algunas noches. Y aquí llueve a sorbitos. Aquí todo tiene mucha precaución con lo telúrico. Y poca con lo burocrático. Aquí los papeles son brutos y ansiosos. Quién iba a decírnoslo, güerita, que apenas vería a tu chamaco, que no me reconocería. Yo tampoco lo entiendo. Cómo se nos ha escapado. Que sirva o no, que la leas o no, esta es mi parte: vamos a hacer un esfuerzo más porque algo valió la pena. Aunque ya nunca vamos a curarnos. Porque aquel fue nuestro único paisaje y todo lo que arrastramos es una terrible abstinencia de locura.


8/2/13

la tarde


a ratos
me deja sorda el silencio
de la casa

así que he puesto tres veces seguidas la cara B de un disco de Billie Holiday
all of me...
(solo sea volver a presionar el start y clac, luego la aguja sobre el vinilo y arranca, diez segundos)

... y Herta Müller me encuentra sin abrigo:



Tiemblan las flores en el bancal sobre los gatos que chillan
enzarzados y se bombean fuego en la barriga y gimen cuando les
inyectan semen en el vientre y se llenan el hocico de arena a fuerza
de chillar.
En el moral, las gallinas son arrancadas de su sueño, aletean un
instante en el aire, caen pesadamente al suelo y acaban describiendo
sobre la arena círculos concéntricos cada vez más pequeños, hasta
que ya sólo tocan un punto y pesan tanto que sus patas no pueden
sostenerlas.
Y entonces se desploman, arquean el cuello, abren el pico y se
ahogan en la oscuridad. Mientras la luna cae y cae.

19/1/13

el día de rencor o collage de textos anacrónicos



Es 15 de septiembre. Es el día del rencor y lo quiero pasar con mi madre. Me ha invitado a cenar en una pizzería que yo he elegido. Combi de cerveza y porción. Ella es feliz cuando no gastamos mucho dinero. Sonríe con su boca rosa y sus ojos azules. Me hace gestos para que mire los tatuajes del camarero. Le encanta ver la calle llena de gente más allá de las diez de la noche. Paso este día con ella porque para eso me trajo. Me trajo, de vuelta, sí. Para celebrar todos los 15 de septiembre conmigo. Es mi castigo para ella, aunque esto le haga feliz. Cada 15 de septiembre me tomo el trabajo de perdonarla. También murió mi abuela un día quince del mes nueve. Pero eso sería dar una vuelta de tuerca muy larga.

Ha venido a buscarme por la tarde a casa en su deportivo rojo. Se ha bajado las gafas de sol y me ha mirado de arriba abajo.

Me lo regalaste tú.
Ya hija, pero esos zapatos.
Vale.

Los 15 de septiembre ella no dice nada que pueda tensarme. Sabe que estoy al borde del grito todo el día. Es inteligente y opta por la suavidad y la atención.

Él no viene.
No, es el día del rencor, mamá. Soy tuya.
Prefiero un día del rencor, así, declarado, que un año mordiéndote la lengua.

Saliendo de la pizzería, hemos pasado por la puerta de un bar donde había una fiesta patria de inmigrantes. Se ha tensado porque ella no contaba con eso. Se oía cantar a un triste mariachi en medio de un corro de borrachos. Yo he suspirado y mamá me ha puesto la mano en la cintura y me ha obligado a acelerar el paso.

No mires. Ya pasó, ha querido decirme. Pero solamente me ha espabilado.

Al llegar a mi casa he mirado muy de cerca el altarcito de muertos que hay en la estantería de los libros. Como si en vez de catrinas de papel maché, dentro, tuviera peces. Frida sonríe detrás de diminutas filigranas. Sonríe pero no respira. He pensado en hacerme mi propio altar. Para que la que soy ahora pueda hacer su ofrenda a la que yo era.

El ventilador zumba en la penumbra del dormitorio. Cuando entro, el perro se mueve debajo de la cama. Adivino que se está chupando una pata, bosteza y vuelve a caer.

Mi novio está dormido en la postura del escalador ocupando parte de mi lado del colchón. Cuando uno se va, el otro ocupa su espacio, aunque digamos que es para probar, es pura conquista de territorios. La sábana le llega a la cintura, tiene el pecho descubierto, las piernas robustas y la boca relajada. Me he acoplado a su espalda. Es suave. He cerrado los ojos.

He soñado que él era el otro hombre.
*
Le toco las yemas de los dedos. Con cada dedo, una yema.
Es lo más erótico que hemos hecho juntos.
Lo más lejos que hemos estado.
*
Hoy es 16 de septiembre, laboral, y puedo asegurar que el rencor deja resaca. Aunque no es especial, a la vez que yo era despedida del que prometía ser un trabajo perfecto (nunca lo fue), moría el líder de la izquierda antigua de mi país. El que llevaba peluquín y un nombre falso entonces. Al que agarré del brazo y atravesamos juntos el hall de un teatro del centro para que recitase algún verso. La presidenta de la región también ha muerto, bueno, ha abandonado su cargo. Podría habernos ahorrado terrores si lo hubiera hecho antes. El periódico dice que Gardel era francés. Definitivamente, el mundo, fuera de la gris oficina estaba siguiendo. A su aire.  

11/1/13

ciudades finitas


La pequeña taza blanca de café que le ha costado tres euros le sabe a gloria porque ha comprado, para leerlo a la vez que lo bebe, el periódico de su país. Entre las páginas busca la información deportiva y confirma si ese fichaje ha sido pagado para el equipo de la ciudad.

Si fuera archimillonario, dice, te compraría esa casa con terraza arriba, para que pudieras llenarla de plantas. Y haríamos barbacoas con los amigos –piensa ella-, una fiesta nocturna sobre los tejados de Roma. El skyline de la ciudad iluminado: cúpulas, monumentos recortados por la Luna, otra fiesta allá a lo lejos. 


Y cada tarde, se sientan en la escalinata del Palacio de la Ópera. Miran salir a los espectadores  contentos, de la mano, tomar un taxi, buscar un pequeño restaurante donde cenar. Si algún día fuera a la ópera -le dice ella- me pondría muy guapa. Él no responde. Da otra calada al cigarro y sobre el alboroto se escucha el sonido áspero de su barba contra la chamarra negra. Él dice poco. Pero la rodea por la cintura y le da un beso en el pelo. 

Acaba de empezar el año nuevo. 

20/12/12

fragmento del último cuento


Y después, como si cada semana no le hubiera dejado más opción, antídoto contra la verdadera oscuridad de los domingos, bajaba la escalera hasta la recepción para esperar su llamada: ¿puedo verte ahora? Si quieres, sí. Siempre sí. Y aparecía despeinado, cubierto de lluvia en la puerta, los bajos llenos de barro, su cuerpo estático como un vampiro que no puede entrar hasta que el anfitrión se da por vencido y se entrega al mal. Y escribían versos muy pobres, migajas de palabras eléctricas sobre la gran moqueta europea. Hasta que un día se rompieron en dos. 


29/11/12

buscando a M.L. I

Me bajo en Sarrià y enseguida veo apuntalar el frío de la mañana la torre del Col.legi Sant Ignaci. Es tal y como M. lo ha descrito: enorme. En realidad, no parece un colegio. Sobre todo, dentro de su capilla, no parece un colegio. La construcción tiene bastante más gracia que la catedral de Madrid, por ejemplo. Da mucho miedo imaginarse allí una sotana, dentro de ese confesionario, preguntando a un chaval de hace 80 años si se toca o no se toca. El eco del griterío infantil me agarra a la realidad. Hago algunas fotografías de estrangis en lo oscuro. Memorizo los rosetones. Paseo por los pabellones, la lluvia fuera, entre las orlas que parten de 1940. Es una pena porque mi alumno favorito salió de allá en 1931 y no aparece su fotografía. Luego la guerra, el incendio y todo lo demás.

Col.legi Sant Ignaci

No encuentro, ya fuera del colegio, el cauce seco de la Riereta (si alguien sabe, por favor, comente) donde sé que a M. le gustaba ir a pensar. Él es así, pensador. Me encuentro a un par de vecinas rubias-sarrià, que me hablan de los Margenat, del francés de la casa verde, de las cuatro generaciones que han vivido en ese palacete. Fotografío todas los edificios, pero sigo sin encontrar el rastro de Miguel. Pienso en la descripción: jardín, dos columnas, terraza, una buhardilla.

Casa en Sarrià

Bajo por el carrer Major de Sarriá, es bonito, desconchado y burgués. En la plaza, imagino los furgones de la policía bloqueando la calle en los convulsos años 30, las banderolas, los gritos de "visca em Macià", "mori em Cambó", "visca Catalunya lliure" aquel 15 de abril de 1931; banderas rojas y negras por el Paseo de la Bonanova sobre La Internacional.

Placita en Sarrià

Despierto de la siesta cuando ya es de noche sobre el Raval y vamos a Sant Andreu. Espero a Clara en una cafetería reordenando los recuerdos ajenos. Luego entro a su clase de baile y no diré nada de la fauna que allá vi... porque eso sería un flash forward muy kitsch.

Les recomiendo mucho este video de cómo se proclamó la II República en Barcelona y en Madrid. Aguanten al noticiario por favor (minuto1,20) Qué felices éramos. Qué poquito duró.

27/11/12

memorias

Llevo unos días viviendo en la Barcelona de los años 30. Tiempos aún más convulsos que estos. Así que, en vez de hacerlo desde mi silla -vistas al patio-, me voy para allá. Con mi lupa y mi gabardina, a seguir el rastro de Miguel. No saben la felicidad que me produce el plan. 

Adeu


17/10/12


Al llegar a mi casa he mirado muy de cerca el altarcito de muertos que hay en la estantería de los libros. Como si en vez de catrinas de papel maché, dentro, tuviera peces. Frida semisonríe detrás de diminutas filigranas. Sonríe pero no respira. He pensado en hacerme mi propio altar. Para que la que soy ahora pueda hacer su ofrenda a la que yo era. 



2/10/12

Si alguna vez fueras ciudad


 Una de las cartas más hermosas que he leído:
Cualquier aeropuerto me sigue recordando un aeropuerto lejano, al que fui a esperarte aun sabiendo que no vendrías.
Cualquier calle decrépita en cualquier lugar del mundo siempre me parece una calle de Lisboa, la ciudad que tú serías si alguna vez fueras ciudad.

Como también serías África si fueras continente, y ciertos cielos altos y transparentes si fueses cielo, y la raya perfecta que separa los océanos en El Cabo, y la melodía de los ciegos con túnicas blancas en Manika Street. Y serías los golpes de mar embravecido sobre un ventanal en Simon’s Town, y las viñas de Constanza, y el vino suave que le gustaba a Napoleón, y un pequeño hotel con bañera antigua y teléfono, también antiguo, desde el que hablaba contigo.
Y serías la ciudad oliendo a jacarandas –continuó Julia, mientras seguían allí paradas-, y una balaustrada de piedra frente al mar, y las flores de los sellos de Sao Tomé, y los libros de Fowles. Y las cartas que mandabas y recibías, y las palabras que había en esas cartas, y la silueta lejana que se adivinaba en ellas. Serías todo lo que fueron aquellos años y los años que siguieron, como si, extrañamente fieles el uno al otro, en realidad no hubieras faltado en el aeropuerto en que te esperé, ni en las calles decrépitas por las que me hubiera gustado pasear contigo de la mano. Ni en aquel hotel.
Como si no hubieras dejado de ver los cielos que yo vi, ni los paisajes que ahora como un sueño, ni de leer los libros en los que vagamente te buscaba. Como si esto de hoy hubiera sido lo de siempre, y tus recuerdos mis recuerdos, y esta carta no una carta de nostalgia radiante aunque inservible, sino un simple y feliz recuento de nuestra vida. 


Carta que aparece fragmentada en el relato Si alguna vez fueras ciudad, de Berta Vías Mahou, en su libro Ladera norte.
Acantilado, 2001