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26/6/08


Henry Miller, Opus pistorum, 1983



Este libro fue inédito hasta que un antiguo librero de Hollywood, Milton Luboviski, se personó en la embajada de EE UU en Paris, para declarar, bajo juramento, en qué circunstancias él mismo había encargado a Miller la redacción de lo que después sería Opus pistorum. En 1941, Luboviski, además de otros libros curiosos y especiales, empezó a vender en su librería literatura erótica, a la que se aficionaron muchos directores de cine como Billy Wilder. No debían irle muy bien las cosas a Miller cuando aceptó escribir por un dólar (menos cobro yo, tampoco soy Miller, ni podría) la página, las peripecias de la vida parisina de un probable doble suyo, quien persigue obstinadamente a la mujer y cópula perfectas.

Yo he dejado ahí el fragmento, que es como empieza el libro, porque al siguiente párrafo, este blog necesitaría de permisos para adultos. Pero se lo dedico a la gente del taller. Ahora, ahí no busquen inspiración, está sobrepasando, de lejos, la polémica frontera entre lo que es y no erotismo.
Au revoir. Me lo llevaré por si sale alguna calle o paisaje que podamos reconocer... claro.

(la foto se la he cortopegado a un fotoblog de paris muy bello: http://rayuelafotoblog.manrocker.com/index.php?s=Archivo)

19/6/08

absurdo cojo

Los neurotransmisores flaquean.
Las venas pulsan las articulaciones con espinas.
El dolor nace.
Cuando el pelo hunde su raíz en el cráneo, buscando el tacto de la sangre.
Las oficinas están envenenadas de desilusiones.
Los señores de la guerra son hoy los que llevan carpetas bajo el brazo. En ellas no está ni tu nombre ni el mío escritos. Ni esta historia de amor sin barracudas cercando.
Pero no llevas oro. Al menos que lo vean. Pobres rotos diablos.
Prehistoria de los sueños. Qué quería. No recordar. Desarmar el diario de los imposibles. Entramar las aceras de los vampiros. Sustraerse de todos los horarios y las flaquezas. Comerse el sol. Indigestarse de pasiones. De sábanas y líquidos.
Qué hay del contrabando. Contratiempo.
La gitana palmea. Lleva un pañuelo largo de trenzas del deshielo.
Los señores me llaman.
Me dicen, vuelve. Eres cómoda. Plácida. Tranquila.
No te quejes, chamaca.
Y los niños, les digo. A ellos qué les queda. El veneno climático, la carrera y arriba, la luna en vacaciones. (Su carita palideció de pronto como una espera agotada).
Y entonces érase un cuento. Y un nudito. Y un velcro sujetando los zapatos a la calle. Ahora vuelvo a ser yo Barbie de día. Ahora eres tú, desnudo de noche. Si aprietas la boca se disuelve el undo en una felicidad de carreteras y puertos y nubes. Pero doy otro giro más y el corazón revienta. Y en la caja de herramientas de mi padre no hay clavo que desquite la desgana ni instrucciones que reparen lo quebrado.
Ahora sí. Se asustaron. De esta gramática coja, de este vocablo pretérito, de esta semántica tuerta de optimismo. La soledad madrileña sin otra morfología que dícese del nacido en.
Y les digo qué quieren.
Para la felicidad a mí me basta la vida.
Dejenme morir, al menos, en palabras.


9/6/08

Its a long time since I drank champagne



Estoy leyendo Últimas dos horas y 58 minutos de Miguel Ángel Maya, al que yo llamé Miguel y me corrigieron, “Migue”, dijo, con acento sureño en la i. Ayer empecé con él, para conciliar el sueño temprano. Y me dieron las 3 de la mañana enganchada a su viaje. Qué gusto.
Migue vino una o dos veces al taller, al Bremen en la cuevita. Se fue muy rápido, así que apenas he tenido oportunidad de conocerle más que de ponerle cara. Pero… las cosas, tenemos por ahí un lazo.
Y recuerdo que traía boina. Y sonreía. Le tenía a la izquierda y no paraba de hablar con su paisana y amiga. Los dos, soltando esas chispitas que restan aire cuando hablan los andaluces.
Me habían dicho que el libro era Bolañudo. Yo no lo conozco tanto como para sentir la tendencia. Ni he ingerido con tanto gusto las páginas de Bolaño en Los Detectives ni en Amuleto.
Muy a tiempo para darle un respiro del polvo del camino alguien tiende la mano al lector.
Escribo y aún no le he dado la vuelta.
Les dejo por él, un ratito antes de comer. Búsquenlo. Últimas dos horas y 58 minutos, es el VI Premio de Narrativa Caja Madrid.

Y esa banda sonora.

23/5/08

aroa en el espejo

Cuando a una le rozan, un poquito, el corazón y no se defiende. No con los dientes, quiero decir que no está alerta, la emoción se desata y se llora. Cuando una se da cuenta de la suerte, de los minutos, cuando mastica una felicidad dulce. Cuando una escucha, y ve la risa entre el humo que nos rodea. Cuando se comparte la sorpresa por el descubrimiento. Cuando una escribe y lo disfruta. Cuando una hace crecer las plantas, las estaciones te compensan, desatan lo condensado. Me sucedió en el Bremen. Ese barco al que nos invitaron a subir Lara y Rebeca.
Marina escribió esto. Y no puedo dejar de ponerlo:


AROA EN LA VENTANA

Aroa, de huida, detrás de una pantalla blanca como su sonrisa se expande como una estrella viajando en el tiempo, a través del espacio. Aroa asoma detrás de su flequillo rubio y gasta pocas palabras, que guarda en cajitas en su mesilla de noche junto a los libros y el pijama. Aroa escribe detrás de las ventanas y moldea el mundo para que tenga algún sentido, desde su universo de pléyades y viajes al sur, atravesando océanos, uniendo continentes. Aroa en Irlanda y en México y en Alemania y en Venecia deja las huellas de sus pequeños pasos en mil rincones del mundo. Aroa bebe té y trae mil aromas de vuelta. Aroa escapa en el sabor del café y sueña con un patio en el que la lluvia golpea con el sonido de la amistad y del amor, porque sabe que en él brillará el sol cuando ella extienda su hamaca. Aroa baja medio en pijama a comprar leche al súper de la esquina y se sabe en el centro de la galaxia de una ciudad que nunca descansa. Aroa planea robar un naranjo que es su otro yo y plantarlo en el jardín de asfalto para que vuelva a echar raíces y nunca más se sienta solo. Aroa piensa canciones que nunca canta en voz alta, desde que una guitarra envidiosa desterró los afectos para que los echara de menos. Aroa sueña poemas que inventa mientras conduce a ninguna parte, a lugares en los que nunca escondió su futuro. Aroa crece y aprende a mirar con otros ojos. Aroa dice “yo también he traído patatas” y de su frase brotan historias que compartir en una cueva al calor de la literatura. Aroa se ilusiona con las cosas que caben en su mano y nunca apaga la pantalla de los afectos. Aroa teje cadenas de personas de las que no desea soltarse. Aroa enseña unos dientes aún por afilar, pero desgastados ya de apretar las mandíbulas de tanto callar ante las realidades contra las que no puede luchar. Aroa desempolva su vieja pluma y firma su rendición a las responsabilidades adultas con la ilusión de un niño abriendo los regalos de Reyes. Aroa dibuja planos de un hogar de colores que desea habitar y seguir llenando de instantes que no pasarán. Aroa pone carita de pena y un muchacho marinero que escribe historias le jura amor eterno. Aroa imagina que la felicidad es verde y aparece en la cocina cuando se levanta de noche a beber agua. Aroa sabe que los años luz miden la distancia y no el tiempo, pero ya se ha acostumbrado a no poder retenerlo entre sus labios. Aroa atesora libros que valen más que todas las monedas de sus bolsillos y cada libro guarda una historia, partes de su historia repartida en lomos de letras brillantes desde que su abuela aguantó cola para regalarle una dedicatoria. Aroa no tiene un sofá rojo, pero sigue resbalando por sábanas con sabor a desayuno y confidencias de película antigua. Aroa imagina otro trabajo en el que no tenga que vender tan cara cada una de sus palabras, en el que no tenga que mirar para otro lado y escupir después, lejos de un lugar al que no pertenece. Aroa no cree en la casualidad pero sabe que la vida sorprende sin avisar y trastoca el mundo justo cuando volvía a estar rehecho. Aroa, detrás de una ventana que mira a un patio que es como un jardín, se dice que ya es hora de dejar de huir. Que por fin ha encontrado un lugar en el mundo, un centro en su universo. Aroa abre los ojos y sonríe. Aroa ve al Muchacho atravesar el patio, su paraíso particular, y abre una puerta que no desearía cerrar nunca. Aroa, en este momento, es feliz.
Coda: (escrita a hurtadillas, entre texto y texto, en la cueva, en la tarde-noche del 21 de mayo de 2008) Aroa se emociona y llora y yo, que también estoy sensible, lloro sin que se me note. Aroa se emociona y llora con el texto que escribí sobre y para ella y yo tiemblo por dentro, y deseo atravesar la mesa para abrazarla y darle un beso en la mejilla. Pero no lo hago. Me quedo quieta, temblando sin que se me note. Y me limito a escribir esto.
Gracias a tí, Aroa, por la emoción.

6/4/08

de aquí a un rato



Me dijeron que leyera a Auster para creer en la casualidad. Pero, a mí, Auster no me gustó. Me gusta creer en la torpeza o la brillantez cuando uno toma una decisión, premeditada o apresurada. Hago cadenitas de encuentros, de vuelos, de situaciones que, desde hace años, tal vez, me traen aquí. Hoy escribo desde esta primavera acalorada con una manta sobre los hombros, aferrada a una taza de café como a un antibiótico que desobstruye al límite una vena.

No recuerdo por qué un día decidí crear este blog. Pero creo que ha sido uno de los ejercicios voluntarios más constantes que he hecho nunca. Y, de sobra, algunos saben que a él se han ido hilando acontecimientos y personas en mi vida.

Hay gente que encontré que tiene nombre.

Por este ‘viaje’ llamé un día a la puerta de la casa de Lara, que invitó a cenar aquí a sus amigos: Nán, Carmen, Rebeca, Peter y varios más. De Nán he recibido los comentarios que más me han removido desde mucho antes de ponerle gesto y compartir sótanos de Madrid. Y de Lara no voy a decir nada. Que corran a leerla. Entiendan.

Después llegó el taller. El Bremen. Y, con él, Conde-Duque, Guille, Virginia, Magapolilla, Mariona, Javier, Bea, Kika. Llegó David a bordo.


Todo fue un enlace y otro.
Los amigos. Los de siempre que recurren a otros para entender lo que aquí se escribe. Y que no dejan huella, porque ya la dejaron en otros lugares menos movedizos.


Y a los que no pongo cara y se quedaron aquí: Erato, Silvana, Rodolfo, Mega, ‘él mismo’.
Y los que pasaron y pasan en silencio.

Esta es la vida por este espacio. He disfrutado y me he entretenido muchísimo. Da mucha satisfacción que alguien se emocione con unas palabras breves. Esta página desengrasó mi nostalgia mexicana, mi desvarío estival, recoge lágrimas de pura felicidad. Y cómo no, aunque anteriores, también de desencanto.

Pero voy a bajarme un rato en la próxima estación. Voy a quedarme en esta ciudad sin precisar un regreso. Podrán encontrarme en las terrazas al sol, desembalando cajas de mudanza, ordenando los libros de las futuras estanterías, aprendiendo a cocinar.

Es un balance. Una tarde larga voy a darme para ordenar una habitación.

Gracias por acompañarme en el viaje. Yo seguiré leyendo. Claro. Hay palabras que crean adicción. Pero esta casa estará deshabitada por un tiempo. Breve.

Volveré cuando las horas y los espacios tomen su medida justa. Eso será muy pronto. Pero ahora, voy a cerrar esta ventana, voy a darle la vuelta al espejo, voy a apagar las luces del salón. Que estén bien.

Hasta pronto.