3/3/14

La memoria es la facultad que permite retener y recordar hechos pasados: codificar, almacenar y recuperar. Codificar. Almacenar. Recuperar. Se mueve en la inconsciencia, como una marea, dejando a la luz de la noche el fondo de arena de debajo del agua. El fondo del mar es como un cuerpo que se desarropa mientras duerme. Hay una electricidad entre emoción y memoria: cerebro, neuronas, flash. Una complejidad natural: a mayor emoción, más facilidad de que un suceso pueda ser recordado. La emoción es el filtro y es la marea. Es la revolución. La nitidez de la memoria está atada a la impresión que algo nos produce. A la vez, una catarata química se desencadena, un movimiento imparable y adictivo. Es el fin del juicio crítico. La dilatación de las pupilas, el animal que se esconde contra el Estado. 


8/1/14

feliz 2014

Aquí, mi reseña en Mercurio de La banda que escribía torcido.

Y aquí, un fragmento del reportaje Las Patronas. Mujeres que amansan a La Bestia, en Punto y coma. Tuve el placer de visitarlas en mi última visita a Veracruz. Después les otorgaron el Premio Nacional de Derechos Humanos de México. Les dejo un vídeo en la recepción del premio. Admirable.



22/11/13

Por si se va la luz, Lara Moreno

REGRESO DE UN LUGAR LLAMADO LITERATURA

Una llamada detuvo la escritura de la reseña de Por si se va la luz: ya la habían pedido a otro colaborador. Y así quedó, quebrada. Lo que restaba por decir era amor y anécdota. 

Si algo me queda con el paso del tiempo del viaje que una vez hicimos de la mano de un escritor a través de unas páginas es la memoria de los sentidos: la lateral, la marginada, la que no ejercitamos para recordar la anécdota (taller uno). Es la que nos traen, de golpe, como una cuchillada en el corazón, un perfume, una imagen, un sonido, el tacto de una caricia sobre el pelo: el hueso de melocotón en el bolsillo o las zapatillas de lona blanca manchadas de sangre. Y si algo tuviera que quedarme de este libro, sería, sin duda, el dolor que me produjo la visita a su paisaje. No voy a hacer otro esfuerzo, es lo que me llevaré, es equipaje. Ya hemos regresado de Comala, de Yoknapatawpha y de aquel viejo Macondo. Ahora, acabamos de emprender la vuelta de ese lugar sin nombre donde Lara Moreno nos sostiene en vilo durante las horas que dura la lectura de Por si se va la luz (Lumen, 2013).
En largas charlas antes de la caída definitiva del sol y en la cocina, tal vez vino o tequila, hablé con Lara de esa región abstracta que todos arrastramos, pero de acceso violento. Un lugar donde habitan las obsesiones, el amor y la muerte y los episodios donde fuimos disidentes de nosotros mismos: el imaginario. Llegar hasta él requiere valentía e inteligencia. Ella tiene un pasaporte mil veces sellado a sus atmósferas. Las conoce y visita, las intuye, las rastrea con precisión de amazona. Y el lector no tiene más opción que seguir el camino de pequeñas migas envenenadas que prepara con una sonrisa mitad maléfica, mitad niña. Por eso, no me costó imaginar a una escritora feliz que se sube las mangas hasta el codo para crear ese personaje brutal y embrutecido que es la vieja Elena eviscerando a un animal.
No quiero confundir a nadie: no estamos hablando de instinto ni de escritura huracanada, los ejes donde Lara ubica esta isla abisal y extraña responden a un estudio exacto de las coordenadas de la literatura. A una fiera voraz bien sujetada. 
Por si se va la luz narra la historia de una pareja joven que escapa de una ciudad y se marcha, con pocas cosas y mucha huida, de un sistema quebrado a un pueblo. Pocos trazos sobre lo que ha quedado atrás. Siete personajes encajan las piezas de esta novela coral donde Lara construye una línea de futuro alternativo que podría partir de este presente. Un mapa distorsionado de luz quemada –como las fotografías que a ella le gustan– que, al terminar de leer, no sabemos si queremos o no visitar.
Cruel, pero también luminosa, esta primera novela es invierno y es verano, es maquinaria interna de la palabra, supervivencia o muerte de los extremos y evidencia de la más bochornosa fragilidad de nuestro tiempo. 

12/11/13

noche segunda


Le decían cabaña porque en su parteaguas vigilaban los gatos. Y no fue que el amor respirara del óxido, sino el golpe interminable de la lluvia sobre el piano inflamado. Con sus patitas rojas, las voladoras suturaban de noche la herida de mi corazón. Las hormigas escondían los papeles donde escribía que te echaba de menos o que me acordaba de mi madre. Las bestias, y no un tren cargado de muerte, acabaron buscando hasta mi sombra.
La tristeza cercaba la casa. La casa amamantaba a las fieras.
Ahora extraño la ráfaga del diluvio sobre aquel perímetro hechizado: las hormigas, las voladoras, las bestias y nosotros dos, arrastrados, como una barca febril y absurda, varada en la otra orilla del mundo.






7/11/13

JET LAG


Tercer round.
A golpe de verso contra un testarudo.
Solo te pido que no me duela.
Y arranques ese olor a citronella de mi ropa.


20/10/13

por pedir lluvia

Hasta los huesos. La chamarra naranja que no es mía cubierta de agua. Un paso, otro. La calle brillando bajo la lluvia. Hace horas que se hizo de noche frente a la sierra de Matlaquiahuitl (como hasta hoy no supe el nombre de sus montañas, lo diré cien veces). De pronto, he echado a correr. De puras ganas. No sé, mal. Dos camionetas de policía, con su metralla, con sus chalecos antibalas y ese ir apuntando por la vida. Freno. Es la misma tierra mojada. Es la misma. Tierra. Y estoy mojada. Y no es que se haya arrugado el gesto de los amigos. El tiempo aquí ni se esfuerza en castigar la ausencia. Pero esto no es más una alteración cronológica. Un presente alternativo. Vuelvo a la casa. El tren de mercancías embiste la noche. Los gatos pelean sobre el tejado. El agua se estrella con furia contra la lámina. Las perras negras se refugian de la tormenta bajo la cabaña. Tal vez mañana. 


16/10/13

A menudo
en las noches de ron
y de amistades
me arriesgo
a recordarte. 

2007



13/10/13

avenida 6

El abuelo nos trae unas naranjas verdes que, por dentro, son azúcar. Las parte en cuatro y nos deja un plato lleno de ellas. E. y yo no podemos dejar de comerlas. Minutos antes, ella se ha acercado a mí. Yo era la extraña. Y me ha mirado sin hablar con unos ojos redonditos igual que los de su padre. Le he pedido que me ayude a escurrir unos vaqueros sobre la hierba. Los hemos retorcido hasta sacar todo el agua. Luego nos hemos sentado frente a frente. Con las piernas colgando y comiendo las frutas. En ese silencio de los niños, donde todos podemos mirarnos a los ojos. Pensar, ah, eres tú, sí, has crecido, ah sí, la amiga de allá, sí. Pero nadie dice nada. Solamente nos llevamos gajos y gajos a la boca y chupamos el néctar dulzón. El sol todavía pega fuerte y hay algo ajeno que, de pronto, me resulta extrañamente cómodo y familiar. Como si ya hubiese comido gajos de naranja con E., como si alguna vez ya hubiera estado aquí, en mitad de esta familia. 

10/10/13

guerrilla

Asfalto gris. Es nueve de octubre. Recuerdo habitaciones: algunos libros de pelea, la ropa por el suelo, el sol calentando el tejado. Al otro lado del baño, las nubes acorralan el pico. Te lo digo: no hicimos muchas cosas. También te digo ayer: y me pregunto a ratos que no sé qué hago aquí. Solo me pasa por las tardes. Que camino y no sé dónde sentarme a tomar un café. Porque aquí todo sucede de forma rápida, el día y las noches, a veces, y otras veces, también frivolidad. Y también me choca ser solamente yo y sin ti y que no nos sentemos a echar un par de cervezas, simplemente, y todo tenga que ser hasta morir. Hasta el final. Entonces encuentro un rincón junto a una palmera y me siento un par de horas con un libro abierto que apenas me interesa, pero que necesito, y pido un café al que le falta molienda. Y cae la luz y la tarde cae y cae más agua. Y la tristeza posterior a todas las llegadas. Me exijo control. Mucho control. Hay algo eléctrico que me conecta con aquel otro principio, cuando mi sandalia navegó por la avenida 11 y todo estaba por pasar. Es una cuna de montañas llena de nubes. Y sé que voy a vivir sin saber dónde el norte, dónde es arriba o dónde mi país. 


9/10/13

nuestros demonios

Solo a mí se me ocurre, estando en la calle 9, caminar hasta la avenida 21. Esquivar el encuentro con los de la tienda de abarrotes donde compraba el periódico –la última vez se acordaron de mí y me chistaron, “eh, güera, ¿regresaste?”- y llegar hasta el fraccionamiento donde vivíamos. Sentarme en la banqueta en frente de nuestra casa, entonces roja y azul, hoy salmón, y quedarme mirando esa puerta por donde ya solo entran y salen fantasmas. Ver asomar la palmera del jardín bajo la que. Adivinar la cocina, con su garrafón de agua y su montaña de papeles y en la que. Mi habitación, el colchón en el suelo sobre el que. Y entonces, sucede: una mano se mueve y le pega la vuelta a las vísceras que creías agarradas. Es la catarsis. Ha comenzado. He provocado su encuentro y ha venido.
Les conté ayer a los chicos del taller que, al escribir, vendrán a visitarles sus demonios. De forma recurrente, se sentarán junto a ellos. Esto no lo digo yo, lo dice Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, que esos temas-demonios no son otros que aquellos que nos han hecho ser disidentes de nuestra propia vida. Instantes donde nos transformamos, personas que nunca imaginamos amar, pensamientos que nos alejaron drásticamente de lo que fuimos.

Y entonces, al decirlo en voz alta, en ese patio, dentro de los portales del parque de esta ciudad, he comprendido algunas cosas. 



8/10/13

reality bites

Al cruzar el patio del periódico, aún me parece que veo a lo lejos la silueta de Samuel, largo y moreno, guapo como ninguno, fumando un interminable cigarro. Dónde está Samuel. Quiero decir, está en San Cristóbal, pero dónde está. No está en la mesita baja donde mano a mano fulminamos aquel pomo de ron. Ni en la puerta de la casa roja, pasándome la mano por la cabeza, diciéndome, así son, así es. No le escucho cantarme aquello de me calaste hondo. No está en Tierra Blanca, mirándonos con miedo los dos en el suelo de aquel taxi con la balacera de fondo. No está tirado en el colchón, escribiendo a la luz de una vela. No está cansado, ni enfermo, con aquella camisa azul, no está dibujando a lápiz. No le encuentro entre las caras morenas del  camión a Peñuela, cruzando ese olor a café y maquinaria de la zona industrial. Ni durmiendo la siesta, robándole horas a la chamba mientras la lluvia. Esta lluvia de hoy y de entonces y de aquella pobre canción que escribí y ya apenas recuerdo. No está como no estuvo aquella mañana siguiente en que yo regresaba de una fiesta y le dejé con fiebre en la cama, con un paño frío en la frente y una manzanilla sobre la caja de madera que hacía de mesilla. No está rodeado de chiquillas haciéndose fotos con él en los carnavales de Yanga. No se pone mi pañuelo rojo en el pelo. Ni me dice que cuando hablaba con aquel movía la patita, así me decía: mueves la patita, aroa, te cambia la voz. No está sentado en la batea, regresando de Orizaba aquella tarde que seguimos al Subcomandante Marcos y nos despeinó el viento en la autopista y trepamos por las cuestas de Córdoba, botando, sonriendo, no manches, el Sup. No me obliga a grabarle diciéndome: Soy lo mejor que te ha pasado en la vida.  Ni ya me hace responderle, muerta de risa, “pues vaya mierda, Sam”.  

En Puerto Escondido -ese nombre- con Samuel en 2005

whatsapp

-No respondes, ¿te has fugado?
-A dónde. Si estoy en el punto de fuga. 


5/10/13

el chapu

Felipe me leía a Ginsberg de pie en su casa de San José. Tal vez llovía fuera. Yo aún no conocía el Aullido. Y él lo leía desde lo alto moviendo los brazos. Es el recuerdo más fuerte que tengo de él, porque de antes  solamente aquella copa de vino en un jardín rodeado de amigos. Nos volvimos locos dando al repeat de la canción, “brindemos que es el momento”. Aquella comida, los moscos clavándose en mi pie. La inyección. Y aquel cumpleaños en que salimos de madrugada a la calle y gritamos Ma-ya-bel y nos subimos al coche rumbo a Palenque y todos caímos dormidos antes de escapar de la ciudad. Cuando abrimos los ojos, solo habíamos llegado a Catemaco, la tierra de los brujos, y el sol entonces nos pegó en toda la cara, destrozados, con los párpados negros, con la ropa sucia. Y yo me olvidé de la visita de una amiga y le decía desde la carretera “ya voy ya voy” y estaba a cuatro horas de nuestra casa. Él no entiende que yo vuelva a Córdoba; y le respondo que aquel fue un tiempo brillante del que extraño el valemadre
Años después, nos vimos en un lugar que nos pareció el fin del mundo. La selva verde de Tabasco. Vivían en una casita en un pequeño pueblo donde la lluvia de las tres de la tarde despertaba el vapor y empapaba mis trenzas. Y allí nos quedamos atrapados. Sin teléfono. A veces sin agua. Con la tensión subterránea. Pero regresaron a la ciudad donde coincidimos por primera vez y estamos deseando volver a brindar y repetir los mismos versos de las mismas canciones. Hoy hemos desayunado juntos, en Fortín de las Flores, con su mujer, Mónica, unas picaditas rojas y muchas palabras, trazando planes, maldiciendo el capitalismo, siempre zapatista, siempre disidente.  

Con el Chapu en Oxolotán en 2009

3/10/13

Sé que he llegado

al lugar
donde fuimos jóvenes por última vez. 


Citlaltepetl o cerro de la Estrella

26/9/13

La vida en los huesos

He colaborado en la revista Mercurio con una reseña de El extranjero, de Albert Camus.

Se puede leer aquí.

Gracias, Ricardo Martín.


9/9/13

día menos equis antes del viaje

He terminado de leer el libro de L. a miles de metros de altura. Apenas he mirado por la ventanilla en todo el trayecto; triste costumbre la de ese paisaje de nubes y sol sobre la tierra seca. En menos de un mes, volveré a tomar un avión. No sé cuánto tiempo hace que no voy sola hasta allá y sigo mi ritual de aeropuertos hasta que recibo la bofetada de Caribe sobre el pelo. Hay una inquietud dormida. Deben ser los años. A veces, me parece que se ha terminado la edad de la osadía. Y ha vuelto el cristal. Hay algo de biología aquí, aunque no sea en centímetros ni brillo de la piel. Cuando vuelvo a asomarme a la ventanilla del avión, varios pesqueros o barcos que planean sobre el agua salpican un mar mediterráneo oscuro. Ha pasado la claustrofobia. Yo pienso que ojalá una tormenta. Del libro de L. hablaré aquí o allá, antes tengo que escaparme de su bolsillo, donde convivo con el hueso de melocotón.

Adiós, terraza

26/8/13


amé a un soldado rubio por su golpe de nieve
porque dijo temblor 
y dijo vena y bujía 
como quien dice serpiente
que ponía el mantel sobre la mesa
mientras Urano se repetía sobre las calles
violento desorbitado y verde





12/5/13

the fourth season



El viejo mafioso es el sheriff
y el predicador
ha muerto.
Ava mató a su marido. Ava Crowder es una rubia
camisa a cuadros
del sur. A veces
una gota de calor
por sus piernas. A veces
las piernas de Ava enloquecen a Boyd.
Es de ese sur
donde la vida está agarrada por dos sogas
donde la vida
se quema como el sol
quema los veinte años
y más allá de tu coche
dormido
hay unos árboles y detrás de los árboles
la tumba de tu padre
está a la sombra.
Los insectos de los manglares viven dentro de las botas de Ava.
Ellen May sí se siente culpable. Porque
los cuerpos muertos de los muertos
pesan. Y los cuerpos vivos de los muertos
pesaban demasiado.
Debajo de la tierra
invertebrada
pequeños animales
conocen el secreto.


Este poema contiene serios spoilers de una serie.
Este poema es para  él, que me contó durante un buen rato de sol y sombra
toda la historia . Consciente del juego, me permito.

9/5/13

acción y efecto de parar


Asumo mi condición de sueño roto.
Los desempleados dudan
de la casilla del ácaro
a la del esperpento.
El butanero del Este se parece a James Dean.
Confieso que una vez amé a un hombre
serie A.
No suficiente
tiempo.
No suficiente.
Es la hora de beber de los caballos.
Su relincho de dientes. Su corazón
en vaso.
Me despidieron sin dejarme despedirme.
Y desde entonces: trámite.
Funcionarios desde entonces.
Siento pudor cuando la camarera
descubre que estoy escribiendo un poema.
Más allá. Solamente caballos negros.
Pan y aceite.
Insomnio del bebé recién nacido.
Dientes de la palabra migraña.
Aquí
debajo de mi pelo
mi cabeza es un salón de muebles heredados.
Las puertas ya no abren.
Hay un preservativo en el cajón de los cubiertos.
Una carta de hacienda entre las copas de vino.
Asumo este vital desorden.



27/3/13

parece Madrid la Araucanía


Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.
Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.
Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras.

Confieso que he vivido, Pablo Neruda