20/10/14

Todos los adolescentes son mis hijos.
La china de la sandalias blancas
que teme a los perros,
el dominicano de la plaza,
el chico rubio de la camisa Lacoste.
Pero ninguno llega a casa de noche.
Ninguno nos enfrenta o nos une.
Ninguno está dormido
en su cuarto.
No suben la música,
no muerden el lenguado,
no esconden marihuana en el bolsillo de atrás.
A veces, todos los viejos somos nosotros:
vesícula, hígado y hueso.
Ahora ya lo sabes:
también el futuro es aire sucio
y un poco de veneno.





14/9/14

"Si ya he matado a un hombre, que sean dos"

Empecé a leer aquel libro en el autobús verde que me llevaba de vuelta desde la universidad a casa de mis padres. Era el año 2000 (sin efectos). Yo no tenía dinero que gastarme y el del abono-transporte que me daba mi madre lo invertía en comprarme algún libro de poesía. Luego tenía que rascar los bolsillos de todos los abrigos de la casa (aquel armario blanco) en busca de monedas olvidadas que me llevaran y me trajeran de clase. Poco recuerdo más de aquello. Quiero decir que no tengo memoria de las cosas que sucedían a la vez que yo abría Ariel, de Sylvia Plath. Recuerdo el ich, ich, ich de uno de los versos. Yo había visto una sola foto de Plath y decidí cortarme ese mismo flequillo (cada uno tiene sus frivolidades). Amé ese libro sin convicción, como se aman algunas cosas que uno no entiende. Y a Ted Hughes entonces con su cuervo y su mentón,
Eres extraño, sales de un huevo
puesto por tu ausencia.

Pero los he reabierto este fin de semana. Porque vi la película donde una sobreintentísima Gwyneth Paltrow hace de Plath y Daniel Craig mejora a Hughes (físicamente, digo). Y, entonces, esto (aparte de que voy a volver a rascar en los bolsillos en busca de monedas porque me urge tener y ya Cartas de cumpleaños en mis manos):

«Papaíto», de Ariel, Sylvia Plath

Ya no, ya no,
ya no me sirves, zapato negro,
en el cual he vivido como un pie
durante treinta años, pobre y blanca,
sin atreverme apenas a respirar o hacer achís.

Papi: he tenido que matarte.
Te moriste antes de que me diera tiempo…
Pesado como el mármol, bolsa llena de Dios, 
lívida estatua con un dedo del pie gris,
del tamaño de una foca de San Francisco.

Y la cabeza en el Atlántico extravagante
en que se vierte el verde legumbre sobre el azul
en aguas del hermoso Nauset.
Solía rezar para recuperarte.
Ach, du.

En la lengua alemana, en la localidad polaca
apisonada por el rodillo
de guerras y más guerras.
Pero el nombre del pueblo es corriente.
Mi amigo polaco

dice que hay una o dos docenas.
De modo que nunca supe distinguir dónde
pusiste tu pie, tus raíces:
nunca me pude dirigir a ti.
La lengua se me pegaba a la mandíbula.

Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
apenas lograba hablar:
Creía verte en todos los alemanes.
Y el lenguaje obsceno,

una locomotora, una locomotora
que me apartaba con desdén, como a un judío.
Judío que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como los judíos.
Creo que podría ser judía yo misma.

Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena,
no son ni muy puras ni muy auténticas.
Con mi abuela gitana y mi suerte rara
y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot,
podría ser algo judía.

Siempre te tuve miedo,
con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa
y tu recortado bigote
y tus ojos arios, azul brillante.
Hombre-panzer, hombre-panzer: oh Tú...

No Dios, sino un esvástica
tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso.
Cada mujer adora a un fascista,
con la bota en la cara; el bruto,
el bruto corazón de un bruto como tú.

Estás de pie junto a la pizarra, papi,
en el retrato tuyo que tengo,
un hoyo en la barbilla en lugar de en el pie,
pero no por ello menos diablo, no menos
el hombre negro que

me partió de un mordisco el bonito corazón en dos.
Tenía yo diez años cuando te enterraron.
A los veinte traté de morir
para volver, volver, volver a ti.
Supuse que con los huesos bastaría.

Pero me sacaron de la tumba,
y me recompusieron con pegamento.
Y entonces supe lo que había que hacer.

Saqué de ti un modelo,
un hombre de negro con aire de Meinkampf,

e inclinación al potro y al garrote.
Y dije sí quiero, sí quiero.
De modo, papi, que por fin he terminado.
El teléfono negro está desconectado de raíz,
las voces no logran que críe lombrices.

Si ya he matado a un hombre, que sean dos:
el vampiro que dijo ser tú
y me estuvo bebiendo la sangre durante un año,
siete años, si quieres saberlo.
Ya puedes descansar, papi.

Hay una estaca en tu negro y grasiento corazón,
y a la gente del pueblo nunca le gustaste.
Bailan y patalean encima de ti.
Siempre supieron que eras tú.
Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada.



Sylvia Plath con sus hijos, Frieda y Nicholas.
 
Sylvia, Ted y Frieda.

«Tótem», de Cartas de cumpleaños, Ted Hughes

Otras veces, a un lado, el pájaro azul de los ocho años.
Pero, sobre todo, corazones. O un sencillo corazón rojo.(...)
Pero cuando te arrastrabas buscando seguridad
al seno de tu Ángel de la Guarda
hallabas a tu Demonio Familiar. Como un posesivo
pez-madre, demasiado ansioso por protegerte,
te devoró.

Ahora todo lo que la gente encuentra
es tu libro color de corazón –la máscara vacía
de tu genio.
La máscara
de quien, abriendo los brazos para envolverte,
te devoró.

Los corazoncitos que pintaste en todo
permanecen, como rastro de tu pánico.
Lo que la herida salpicó.

La huella
de quien te capturó y te devoró sin duda.


.



La historia detrás, triste y oscura, la encuentran muy bien relatada aquí.



26/6/14

Noviciado Village

Hacía mucho tiempo que no paraba un rato en mi calle. Parar quiere decir parar. Quieta. Estábamos V. y yo esperando al mensajero esta mañana en la puerta. Así que empecé a tomar algunas fotos con el teléfono. No tienen calidad, pero esta es mi calle. Y yo la quiero. 
Y ella, yo creo, me tiene cierto amor.
Esto es parte de su paisaje. 



Biblioteca histórica de la UCM. Este barrio se llama Universidad porque aquí estuvo la primera Complutense de la ciudad. Luego, la trasladaron a Ciudad Universitaria, y aquí regresó durante la Guerra Civil porque el frente de Madrid empezó allá, a las afueras. Después, ya saben, todo Madrid fue..., ya saben. Su nombre completo es biblioteca histórica Marqués de Valdecilla y conserva el patrimonio bibliográfico de la UCM anterior al XIX. Tiene la colección de libros antiguos, manuscritos e incunables de la Universidad. En su sótano, hay un hospital de libros, donde reparan los ejemplares en unas condiciones óptimas que evitan su deterioro. 


Ventana de la biblioteca


 Acuerdo con Noviciado y lugareños del Este tempranos o tardíos
(en los años 20, este local, hoy Muleke,
 fue una casa de empeño)


Este extraño edificio frente a mi portal es una iglesia evangélica.
 Fue construida en este peculiar estilo mudéjar en 1913.
Es obra del arquitecto Luis López López.


Reflejo en la pescadería de los Hnos. González. 
No se ve, pero se les ha quedado colgada una bandera del mundial. 
¿Es por el Mundial?


Peluquería: reggaeton de nueve a nueve. 
Me encanta pasar por la puerta. 
Supongo que me lleva a otra latitud.
Ahí siempre están de fiesta. 


The place


Vivan las mercerías de barrio
(la lleva una señora y sus dos hijos)


La calle, lado bajo: Destino Madrid, 
La Rosa de Madrid (mercadillo, por cierto, viernes y sábado), 
fontanería Tony, frutería Vitamina, Casa Peseta, etc. no veo).

---*

4/5/14

Han pasado unos días.
El cuerpo
es esta renovada soledad
que conquista el vacío y noviembre.
Tengo un desamor de carne.
Un futuro ha explotado
y más adentro
nada más que silencio
y las tierras del aire.



3/3/14

La memoria es la facultad que permite retener y recordar hechos pasados: codificar, almacenar y recuperar. Codificar. Almacenar. Recuperar. Se mueve en la inconsciencia, como una marea, dejando a la luz de la noche el fondo de arena de debajo del agua. El fondo del mar es como un cuerpo que se desarropa mientras duerme. Hay una electricidad entre emoción y memoria: cerebro, neuronas, flash. Una complejidad natural: a mayor emoción, más facilidad de que un suceso pueda ser recordado. La emoción es el filtro y es la marea. Es la revolución. La nitidez de la memoria está atada a la impresión que algo nos produce. A la vez, una catarata química se desencadena, un movimiento imparable y adictivo. Es el fin del juicio crítico. La dilatación de las pupilas, el animal que se esconde contra el Estado. 


8/1/14

feliz 2014

Aquí, mi reseña en Mercurio de La banda que escribía torcido.

Y aquí, un fragmento del reportaje Las Patronas. Mujeres que amansan a La Bestia, en Punto y coma. Tuve el placer de visitarlas en mi última visita a Veracruz. Después les otorgaron el Premio Nacional de Derechos Humanos de México. Les dejo un vídeo en la recepción del premio. Admirable.



22/11/13

Por si se va la luz, Lara Moreno

REGRESO DE UN LUGAR LLAMADO LITERATURA

Una llamada detuvo la escritura de la reseña de Por si se va la luz: ya la habían pedido a otro colaborador. Y así quedó, quebrada. Lo que restaba por decir era amor y anécdota. 

Si algo me queda con el paso del tiempo del viaje que una vez hicimos de la mano de un escritor a través de unas páginas es la memoria de los sentidos: la lateral, la marginada, la que no ejercitamos para recordar la anécdota (taller uno). Es la que nos traen, de golpe, como una cuchillada en el corazón, un perfume, una imagen, un sonido, el tacto de una caricia sobre el pelo: el hueso de melocotón en el bolsillo o las zapatillas de lona blanca manchadas de sangre. Y si algo tuviera que quedarme de este libro, sería, sin duda, el dolor que me produjo la visita a su paisaje. No voy a hacer otro esfuerzo, es lo que me llevaré, es equipaje. Ya hemos regresado de Comala, de Yoknapatawpha y de aquel viejo Macondo. Ahora, acabamos de emprender la vuelta de ese lugar sin nombre donde Lara Moreno nos sostiene en vilo durante las horas que dura la lectura de Por si se va la luz (Lumen, 2013).
En largas charlas antes de la caída definitiva del sol y en la cocina, tal vez vino o tequila, hablé con Lara de esa región abstracta que todos arrastramos, pero de acceso violento. Un lugar donde habitan las obsesiones, el amor y la muerte y los episodios donde fuimos disidentes de nosotros mismos: el imaginario. Llegar hasta él requiere valentía e inteligencia. Ella tiene un pasaporte mil veces sellado a sus atmósferas. Las conoce y visita, las intuye, las rastrea con precisión de amazona. Y el lector no tiene más opción que seguir el camino de pequeñas migas envenenadas que prepara con una sonrisa mitad maléfica, mitad niña. Por eso, no me costó imaginar a una escritora feliz que se sube las mangas hasta el codo para crear ese personaje brutal y embrutecido que es la vieja Elena eviscerando a un animal.
No quiero confundir a nadie: no estamos hablando de instinto ni de escritura huracanada, los ejes donde Lara ubica esta isla abisal y extraña responden a un estudio exacto de las coordenadas de la literatura. A una fiera voraz bien sujetada. 
Por si se va la luz narra la historia de una pareja joven que escapa de una ciudad y se marcha, con pocas cosas y mucha huida, de un sistema quebrado a un pueblo. Pocos trazos sobre lo que ha quedado atrás. Siete personajes encajan las piezas de esta novela coral donde Lara construye una línea de futuro alternativo que podría partir de este presente. Un mapa distorsionado de luz quemada –como las fotografías que a ella le gustan– que, al terminar de leer, no sabemos si queremos o no visitar.
Cruel, pero también luminosa, esta primera novela es invierno y es verano, es maquinaria interna de la palabra, supervivencia o muerte de los extremos y evidencia de la más bochornosa fragilidad de nuestro tiempo. 

12/11/13

noche segunda


Le decían cabaña porque en su parteaguas vigilaban los gatos. Y no fue que el amor respirara del óxido, sino el golpe interminable de la lluvia sobre el piano inflamado. Con sus patitas rojas, las voladoras suturaban de noche la herida de mi corazón. Las hormigas escondían los papeles donde escribía que te echaba de menos o que me acordaba de mi madre. Las bestias, y no un tren cargado de muerte, acabaron buscando hasta mi sombra.
La tristeza cercaba la casa. La casa amamantaba a las fieras.
Ahora extraño la ráfaga del diluvio sobre aquel perímetro hechizado: las hormigas, las voladoras, las bestias y nosotros dos, arrastrados, como una barca febril y absurda, varada en la otra orilla del mundo.






7/11/13

JET LAG


Tercer round.
A golpe de verso contra un testarudo.
Solo te pido que no me duela.
Y arranques ese olor a citronella de mi ropa.


20/10/13

por pedir lluvia

Hasta los huesos. La chamarra naranja que no es mía cubierta de agua. Un paso, otro. La calle brillando bajo la lluvia. Hace horas que se hizo de noche frente a la sierra de Matlaquiahuitl (como hasta hoy no supe el nombre de sus montañas, lo diré cien veces). De pronto, he echado a correr. De puras ganas. No sé, mal. Dos camionetas de policía, con su metralla, con sus chalecos antibalas y ese ir apuntando por la vida. Freno. Es la misma tierra mojada. Es la misma. Tierra. Y estoy mojada. Y no es que se haya arrugado el gesto de los amigos. El tiempo aquí ni se esfuerza en castigar la ausencia. Pero esto no es más una alteración cronológica. Un presente alternativo. Vuelvo a la casa. El tren de mercancías embiste la noche. Los gatos pelean sobre el tejado. El agua se estrella con furia contra la lámina. Las perras negras se refugian de la tormenta bajo la cabaña. Tal vez mañana. 


16/10/13

A menudo
en las noches de ron
y de amistades
me arriesgo
a recordarte. 

2007



13/10/13

avenida 6

El abuelo nos trae unas naranjas verdes que, por dentro, son azúcar. Las parte en cuatro y nos deja un plato lleno de ellas. E. y yo no podemos dejar de comerlas. Minutos antes, ella se ha acercado a mí. Yo era la extraña. Y me ha mirado sin hablar con unos ojos redonditos igual que los de su padre. Le he pedido que me ayude a escurrir unos vaqueros sobre la hierba. Los hemos retorcido hasta sacar todo el agua. Luego nos hemos sentado frente a frente. Con las piernas colgando y comiendo las frutas. En ese silencio de los niños, donde todos podemos mirarnos a los ojos. Pensar, ah, eres tú, sí, has crecido, ah sí, la amiga de allá, sí. Pero nadie dice nada. Solamente nos llevamos gajos y gajos a la boca y chupamos el néctar dulzón. El sol todavía pega fuerte y hay algo ajeno que, de pronto, me resulta extrañamente cómodo y familiar. Como si ya hubiese comido gajos de naranja con E., como si alguna vez ya hubiera estado aquí, en mitad de esta familia. 

10/10/13

guerrilla

Asfalto gris. Es nueve de octubre. Recuerdo habitaciones: algunos libros de pelea, la ropa por el suelo, el sol calentando el tejado. Al otro lado del baño, las nubes acorralan el pico. Te lo digo: no hicimos muchas cosas. También te digo ayer: y me pregunto a ratos que no sé qué hago aquí. Solo me pasa por las tardes. Que camino y no sé dónde sentarme a tomar un café. Porque aquí todo sucede de forma rápida, el día y las noches, a veces, y otras veces, también frivolidad. Y también me choca ser solamente yo y sin ti y que no nos sentemos a echar un par de cervezas, simplemente, y todo tenga que ser hasta morir. Hasta el final. Entonces encuentro un rincón junto a una palmera y me siento un par de horas con un libro abierto que apenas me interesa, pero que necesito, y pido un café al que le falta molienda. Y cae la luz y la tarde cae y cae más agua. Y la tristeza posterior a todas las llegadas. Me exijo control. Mucho control. Hay algo eléctrico que me conecta con aquel otro principio, cuando mi sandalia navegó por la avenida 11 y todo estaba por pasar. Es una cuna de montañas llena de nubes. Y sé que voy a vivir sin saber dónde el norte, dónde es arriba o dónde mi país. 


9/10/13

nuestros demonios

Solo a mí se me ocurre, estando en la calle 9, caminar hasta la avenida 21. Esquivar el encuentro con los de la tienda de abarrotes donde compraba el periódico –la última vez se acordaron de mí y me chistaron, “eh, güera, ¿regresaste?”- y llegar hasta el fraccionamiento donde vivíamos. Sentarme en la banqueta en frente de nuestra casa, entonces roja y azul, hoy salmón, y quedarme mirando esa puerta por donde ya solo entran y salen fantasmas. Ver asomar la palmera del jardín bajo la que. Adivinar la cocina, con su garrafón de agua y su montaña de papeles y en la que. Mi habitación, el colchón en el suelo sobre el que. Y entonces, sucede: una mano se mueve y le pega la vuelta a las vísceras que creías agarradas. Es la catarsis. Ha comenzado. He provocado su encuentro y ha venido.
Les conté ayer a los chicos del taller que, al escribir, vendrán a visitarles sus demonios. De forma recurrente, se sentarán junto a ellos. Esto no lo digo yo, lo dice Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, que esos temas-demonios no son otros que aquellos que nos han hecho ser disidentes de nuestra propia vida. Instantes donde nos transformamos, personas que nunca imaginamos amar, pensamientos que nos alejaron drásticamente de lo que fuimos.

Y entonces, al decirlo en voz alta, en ese patio, dentro de los portales del parque de esta ciudad, he comprendido algunas cosas. 



8/10/13

reality bites

Al cruzar el patio del periódico, aún me parece que veo a lo lejos la silueta de Samuel, largo y moreno, guapo como ninguno, fumando un interminable cigarro. Dónde está Samuel. Quiero decir, está en San Cristóbal, pero dónde está. No está en la mesita baja donde mano a mano fulminamos aquel pomo de ron. Ni en la puerta de la casa roja, pasándome la mano por la cabeza, diciéndome, así son, así es. No le escucho cantarme aquello de me calaste hondo. No está en Tierra Blanca, mirándonos con miedo los dos en el suelo de aquel taxi con la balacera de fondo. No está tirado en el colchón, escribiendo a la luz de una vela. No está cansado, ni enfermo, con aquella camisa azul, no está dibujando a lápiz. No le encuentro entre las caras morenas del  camión a Peñuela, cruzando ese olor a café y maquinaria de la zona industrial. Ni durmiendo la siesta, robándole horas a la chamba mientras la lluvia. Esta lluvia de hoy y de entonces y de aquella pobre canción que escribí y ya apenas recuerdo. No está como no estuvo aquella mañana siguiente en que yo regresaba de una fiesta y le dejé con fiebre en la cama, con un paño frío en la frente y una manzanilla sobre la caja de madera que hacía de mesilla. No está rodeado de chiquillas haciéndose fotos con él en los carnavales de Yanga. No se pone mi pañuelo rojo en el pelo. Ni me dice que cuando hablaba con aquel movía la patita, así me decía: mueves la patita, aroa, te cambia la voz. No está sentado en la batea, regresando de Orizaba aquella tarde que seguimos al Subcomandante Marcos y nos despeinó el viento en la autopista y trepamos por las cuestas de Córdoba, botando, sonriendo, no manches, el Sup. No me obliga a grabarle diciéndome: Soy lo mejor que te ha pasado en la vida.  Ni ya me hace responderle, muerta de risa, “pues vaya mierda, Sam”.  

En Puerto Escondido -ese nombre- con Samuel en 2005

whatsapp

-No respondes, ¿te has fugado?
-A dónde. Si estoy en el punto de fuga. 


5/10/13

el chapu

Felipe me leía a Ginsberg de pie en su casa de San José. Tal vez llovía fuera. Yo aún no conocía el Aullido. Y él lo leía desde lo alto moviendo los brazos. Es el recuerdo más fuerte que tengo de él, porque de antes  solamente aquella copa de vino en un jardín rodeado de amigos. Nos volvimos locos dando al repeat de la canción, “brindemos que es el momento”. Aquella comida, los moscos clavándose en mi pie. La inyección. Y aquel cumpleaños en que salimos de madrugada a la calle y gritamos Ma-ya-bel y nos subimos al coche rumbo a Palenque y todos caímos dormidos antes de escapar de la ciudad. Cuando abrimos los ojos, solo habíamos llegado a Catemaco, la tierra de los brujos, y el sol entonces nos pegó en toda la cara, destrozados, con los párpados negros, con la ropa sucia. Y yo me olvidé de la visita de una amiga y le decía desde la carretera “ya voy ya voy” y estaba a cuatro horas de nuestra casa. Él no entiende que yo vuelva a Córdoba; y le respondo que aquel fue un tiempo brillante del que extraño el valemadre
Años después, nos vimos en un lugar que nos pareció el fin del mundo. La selva verde de Tabasco. Vivían en una casita en un pequeño pueblo donde la lluvia de las tres de la tarde despertaba el vapor y empapaba mis trenzas. Y allí nos quedamos atrapados. Sin teléfono. A veces sin agua. Con la tensión subterránea. Pero regresaron a la ciudad donde coincidimos por primera vez y estamos deseando volver a brindar y repetir los mismos versos de las mismas canciones. Hoy hemos desayunado juntos, en Fortín de las Flores, con su mujer, Mónica, unas picaditas rojas y muchas palabras, trazando planes, maldiciendo el capitalismo, siempre zapatista, siempre disidente.  

Con el Chapu en Oxolotán en 2009

3/10/13

Sé que he llegado

al lugar
donde fuimos jóvenes por última vez. 


Citlaltepetl o cerro de la Estrella

26/9/13

La vida en los huesos

He colaborado en la revista Mercurio con una reseña de El extranjero, de Albert Camus.

Se puede leer aquí.

Gracias, Ricardo Martín.


9/9/13

día menos equis antes del viaje

He terminado de leer el libro de L. a miles de metros de altura. Apenas he mirado por la ventanilla en todo el trayecto; triste costumbre la de ese paisaje de nubes y sol sobre la tierra seca. En menos de un mes, volveré a tomar un avión. No sé cuánto tiempo hace que no voy sola hasta allá y sigo mi ritual de aeropuertos hasta que recibo la bofetada de Caribe sobre el pelo. Hay una inquietud dormida. Deben ser los años. A veces, me parece que se ha terminado la edad de la osadía. Y ha vuelto el cristal. Hay algo de biología aquí, aunque no sea en centímetros ni brillo de la piel. Cuando vuelvo a asomarme a la ventanilla del avión, varios pesqueros o barcos que planean sobre el agua salpican un mar mediterráneo oscuro. Ha pasado la claustrofobia. Yo pienso que ojalá una tormenta. Del libro de L. hablaré aquí o allá, antes tengo que escaparme de su bolsillo, donde convivo con el hueso de melocotón.

Adiós, terraza