20/10/13

por pedir lluvia

Hasta los huesos. La chamarra naranja que no es mía cubierta de agua. Un paso, otro. La calle brillando bajo la lluvia. Hace horas que se hizo de noche frente a la sierra de Matlaquiahuitl (como hasta hoy no supe el nombre de sus montañas, lo diré cien veces). De pronto, he echado a correr. De puras ganas. No sé, mal. Dos camionetas de policía, con su metralla, con sus chalecos antibalas y ese ir apuntando por la vida. Freno. Es la misma tierra mojada. Es la misma. Tierra. Y estoy mojada. Y no es que se haya arrugado el gesto de los amigos. El tiempo aquí ni se esfuerza en castigar la ausencia. Pero esto no es más una alteración cronológica. Un presente alternativo. Vuelvo a la casa. El tren de mercancías embiste la noche. Los gatos pelean sobre el tejado. El agua se estrella con furia contra la lámina. Las perras negras se refugian de la tormenta bajo la cabaña. Tal vez mañana. 


16/10/13

A menudo
en las noches de ron
y de amistades
me arriesgo
a recordarte. 

2007



13/10/13

avenida 6

El abuelo nos trae unas naranjas verdes que, por dentro, son azúcar. Las parte en cuatro y nos deja un plato lleno de ellas. E. y yo no podemos dejar de comerlas. Minutos antes, ella se ha acercado a mí. Yo era la extraña. Y me ha mirado sin hablar con unos ojos redonditos igual que los de su padre. Le he pedido que me ayude a escurrir unos vaqueros sobre la hierba. Los hemos retorcido hasta sacar todo el agua. Luego nos hemos sentado frente a frente. Con las piernas colgando y comiendo las frutas. En ese silencio de los niños, donde todos podemos mirarnos a los ojos. Pensar, ah, eres tú, sí, has crecido, ah sí, la amiga de allá, sí. Pero nadie dice nada. Solamente nos llevamos gajos y gajos a la boca y chupamos el néctar dulzón. El sol todavía pega fuerte y hay algo ajeno que, de pronto, me resulta extrañamente cómodo y familiar. Como si ya hubiese comido gajos de naranja con E., como si alguna vez ya hubiera estado aquí, en mitad de esta familia. 

10/10/13

guerrilla

Asfalto gris. Es nueve de octubre. Recuerdo habitaciones: algunos libros de pelea, la ropa por el suelo, el sol calentando el tejado. Al otro lado del baño, las nubes acorralan el pico. Te lo digo: no hicimos muchas cosas. También te digo ayer: y me pregunto a ratos que no sé qué hago aquí. Solo me pasa por las tardes. Que camino y no sé dónde sentarme a tomar un café. Porque aquí todo sucede de forma rápida, el día y las noches, a veces, y otras veces, también frivolidad. Y también me choca ser solamente yo y sin ti y que no nos sentemos a echar un par de cervezas, simplemente, y todo tenga que ser hasta morir. Hasta el final. Entonces encuentro un rincón junto a una palmera y me siento un par de horas con un libro abierto que apenas me interesa, pero que necesito, y pido un café al que le falta molienda. Y cae la luz y la tarde cae y cae más agua. Y la tristeza posterior a todas las llegadas. Me exijo control. Mucho control. Hay algo eléctrico que me conecta con aquel otro principio, cuando mi sandalia navegó por la avenida 11 y todo estaba por pasar. Es una cuna de montañas llena de nubes. Y sé que voy a vivir sin saber dónde el norte, dónde es arriba o dónde mi país. 


9/10/13

nuestros demonios

Solo a mí se me ocurre, estando en la calle 9, caminar hasta la avenida 21. Esquivar el encuentro con los de la tienda de abarrotes donde compraba el periódico –la última vez se acordaron de mí y me chistaron, “eh, güera, ¿regresaste?”- y llegar hasta el fraccionamiento donde vivíamos. Sentarme en la banqueta en frente de nuestra casa, entonces roja y azul, hoy salmón, y quedarme mirando esa puerta por donde ya solo entran y salen fantasmas. Ver asomar la palmera del jardín bajo la que. Adivinar la cocina, con su garrafón de agua y su montaña de papeles y en la que. Mi habitación, el colchón en el suelo sobre el que. Y entonces, sucede: una mano se mueve y le pega la vuelta a las vísceras que creías agarradas. Es la catarsis. Ha comenzado. He provocado su encuentro y ha venido.
Les conté ayer a los chicos del taller que, al escribir, vendrán a visitarles sus demonios. De forma recurrente, se sentarán junto a ellos. Esto no lo digo yo, lo dice Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, que esos temas-demonios no son otros que aquellos que nos han hecho ser disidentes de nuestra propia vida. Instantes donde nos transformamos, personas que nunca imaginamos amar, pensamientos que nos alejaron drásticamente de lo que fuimos.

Y entonces, al decirlo en voz alta, en ese patio, dentro de los portales del parque de esta ciudad, he comprendido algunas cosas. 



8/10/13

reality bites

Al cruzar el patio del periódico, aún me parece que veo a lo lejos la silueta de Samuel, largo y moreno, guapo como ninguno, fumando un interminable cigarro. Dónde está Samuel. Quiero decir, está en San Cristóbal, pero dónde está. No está en la mesita baja donde mano a mano fulminamos aquel pomo de ron. Ni en la puerta de la casa roja, pasándome la mano por la cabeza, diciéndome, así son, así es. No le escucho cantarme aquello de me calaste hondo. No está en Tierra Blanca, mirándonos con miedo los dos en el suelo de aquel taxi con la balacera de fondo. No está tirado en el colchón, escribiendo a la luz de una vela. No está cansado, ni enfermo, con aquella camisa azul, no está dibujando a lápiz. No le encuentro entre las caras morenas del  camión a Peñuela, cruzando ese olor a café y maquinaria de la zona industrial. Ni durmiendo la siesta, robándole horas a la chamba mientras la lluvia. Esta lluvia de hoy y de entonces y de aquella pobre canción que escribí y ya apenas recuerdo. No está como no estuvo aquella mañana siguiente en que yo regresaba de una fiesta y le dejé con fiebre en la cama, con un paño frío en la frente y una manzanilla sobre la caja de madera que hacía de mesilla. No está rodeado de chiquillas haciéndose fotos con él en los carnavales de Yanga. No se pone mi pañuelo rojo en el pelo. Ni me dice que cuando hablaba con aquel movía la patita, así me decía: mueves la patita, aroa, te cambia la voz. No está sentado en la batea, regresando de Orizaba aquella tarde que seguimos al Subcomandante Marcos y nos despeinó el viento en la autopista y trepamos por las cuestas de Córdoba, botando, sonriendo, no manches, el Sup. No me obliga a grabarle diciéndome: Soy lo mejor que te ha pasado en la vida.  Ni ya me hace responderle, muerta de risa, “pues vaya mierda, Sam”.  

En Puerto Escondido -ese nombre- con Samuel en 2005

whatsapp

-No respondes, ¿te has fugado?
-A dónde. Si estoy en el punto de fuga. 


5/10/13

el chapu

Felipe me leía a Ginsberg de pie en su casa de San José. Tal vez llovía fuera. Yo aún no conocía el Aullido. Y él lo leía desde lo alto moviendo los brazos. Es el recuerdo más fuerte que tengo de él, porque de antes  solamente aquella copa de vino en un jardín rodeado de amigos. Nos volvimos locos dando al repeat de la canción, “brindemos que es el momento”. Aquella comida, los moscos clavándose en mi pie. La inyección. Y aquel cumpleaños en que salimos de madrugada a la calle y gritamos Ma-ya-bel y nos subimos al coche rumbo a Palenque y todos caímos dormidos antes de escapar de la ciudad. Cuando abrimos los ojos, solo habíamos llegado a Catemaco, la tierra de los brujos, y el sol entonces nos pegó en toda la cara, destrozados, con los párpados negros, con la ropa sucia. Y yo me olvidé de la visita de una amiga y le decía desde la carretera “ya voy ya voy” y estaba a cuatro horas de nuestra casa. Él no entiende que yo vuelva a Córdoba; y le respondo que aquel fue un tiempo brillante del que extraño el valemadre
Años después, nos vimos en un lugar que nos pareció el fin del mundo. La selva verde de Tabasco. Vivían en una casita en un pequeño pueblo donde la lluvia de las tres de la tarde despertaba el vapor y empapaba mis trenzas. Y allí nos quedamos atrapados. Sin teléfono. A veces sin agua. Con la tensión subterránea. Pero regresaron a la ciudad donde coincidimos por primera vez y estamos deseando volver a brindar y repetir los mismos versos de las mismas canciones. Hoy hemos desayunado juntos, en Fortín de las Flores, con su mujer, Mónica, unas picaditas rojas y muchas palabras, trazando planes, maldiciendo el capitalismo, siempre zapatista, siempre disidente.  

Con el Chapu en Oxolotán en 2009

3/10/13

Sé que he llegado

al lugar
donde fuimos jóvenes por última vez. 


Citlaltepetl o cerro de la Estrella

26/9/13

La vida en los huesos

He colaborado en la revista Mercurio con una reseña de El extranjero, de Albert Camus.

Se puede leer aquí.

Gracias, Ricardo Martín.


9/9/13

día menos equis antes del viaje

He terminado de leer el libro de L. a miles de metros de altura. Apenas he mirado por la ventanilla en todo el trayecto; triste costumbre la de ese paisaje de nubes y sol sobre la tierra seca. En menos de un mes, volveré a tomar un avión. No sé cuánto tiempo hace que no voy sola hasta allá y sigo mi ritual de aeropuertos hasta que recibo la bofetada de Caribe sobre el pelo. Hay una inquietud dormida. Deben ser los años. A veces, me parece que se ha terminado la edad de la osadía. Y ha vuelto el cristal. Hay algo de biología aquí, aunque no sea en centímetros ni brillo de la piel. Cuando vuelvo a asomarme a la ventanilla del avión, varios pesqueros o barcos que planean sobre el agua salpican un mar mediterráneo oscuro. Ha pasado la claustrofobia. Yo pienso que ojalá una tormenta. Del libro de L. hablaré aquí o allá, antes tengo que escaparme de su bolsillo, donde convivo con el hueso de melocotón.

Adiós, terraza

26/8/13


amé a un soldado rubio por su golpe de nieve
porque dijo temblor 
y dijo vena y bujía 
como quien dice serpiente
que ponía el mantel sobre la mesa
mientras Urano se repetía sobre las calles
violento desorbitado y verde





12/5/13

the fourth season



El viejo mafioso es el sheriff
y el predicador
ha muerto.
Ava mató a su marido. Ava Crowder es una rubia
camisa a cuadros
del sur. A veces
una gota de calor
por sus piernas. A veces
las piernas de Ava enloquecen a Boyd.
Es de ese sur
donde la vida está agarrada por dos sogas
donde la vida
se quema como el sol
quema los veinte años
y más allá de tu coche
dormido
hay unos árboles y detrás de los árboles
la tumba de tu padre
está a la sombra.
Los insectos de los manglares viven dentro de las botas de Ava.
Ellen May sí se siente culpable. Porque
los cuerpos muertos de los muertos
pesan. Y los cuerpos vivos de los muertos
pesaban demasiado.
Debajo de la tierra
invertebrada
pequeños animales
conocen el secreto.


Este poema contiene serios spoilers de una serie.
Este poema es para  él, que me contó durante un buen rato de sol y sombra
toda la historia . Consciente del juego, me permito.

9/5/13

acción y efecto de parar


Asumo mi condición de sueño roto.
Los desempleados dudan
de la casilla del ácaro
a la del esperpento.
El butanero del Este se parece a James Dean.
Confieso que una vez amé a un hombre
serie A.
No suficiente
tiempo.
No suficiente.
Es la hora de beber de los caballos.
Su relincho de dientes. Su corazón
en vaso.
Me despidieron sin dejarme despedirme.
Y desde entonces: trámite.
Funcionarios desde entonces.
Siento pudor cuando la camarera
descubre que estoy escribiendo un poema.
Más allá. Solamente caballos negros.
Pan y aceite.
Insomnio del bebé recién nacido.
Dientes de la palabra migraña.
Aquí
debajo de mi pelo
mi cabeza es un salón de muebles heredados.
Las puertas ya no abren.
Hay un preservativo en el cajón de los cubiertos.
Una carta de hacienda entre las copas de vino.
Asumo este vital desorden.



27/3/13

parece Madrid la Araucanía


Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.
Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.
Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras.

Confieso que he vivido, Pablo Neruda

15/3/13

#EBLS

sábado
barcelona
a partir de las 10 horas
en La Violeta de Gràcia
C/ Maspons, 6

encuentro de blogs literarios

allí estaremos
por si a alguien le apetece
no es que tenga yo mucho ni poco que decir
pero la entrada es libre
y la salida más

y barcelona debe estar al sol


11/3/13

pero por qué me hacen volver...





Acuérdate de Rocapartida y lo cuentas desde dentro, me obliga. Como si hiciera falta acordarse. Ese lugarcito es el último fin del mundo donde he estado. Acuérdate que llegamos de noche en la camioneta de Oswaldo y ocupamos dos cabañas. De los cangrejos bajo la luz de las linternas. Acuérdate que don Norber nos cortó leña y estuvo un rato con nosotros. Sandwiches de jamón, queso, chile y mayonesa. Acuérdate que, por más que le insistimos, él no quiso cantar. Sí cantaron los muchachos hasta que les dolieron los dedos de rasgar la guitarra y darle a las congas. Cantaron mejor que nunca. Que empezó con esa canción que, de pronto, se te clavó como la aguja de un reloj entre los ojos. Vértigo. Acuérdate de lo triste que estabas hablando de los temas que traías, del perfil de la luna sobre el agua, de cómo la hierba fue conquistada por los reptiles. Acuérdate que tú entonaste un flamenco asalvajado por el ron bajo alguna constelación inexacta ya. Que yo canté pero me olvidé la letra. Que estuvimos escuchando las estrellas fugaces. Por fin, en silencio. Todos tirados boca arriba con el cielo boca abajo. Acuérdate de la mañana siguiente. Cuando nos despertamos temprano pero pensamos que ya era mediodía porque el sol rayaba un horizonte curvo. Aquí nada es curvo, compáralo, aquí siempre aparece un edificio, un grito que nos distrae, una silueta. Allí el mar daba la vuelta sobre sí mismo y tú no sabías, me dice, qué era el norte y qué el sur. Acuérdate de los desayunos y las moscas. De la familia de don Norber cortando los plátanos a machetazos. Del paseo en la lancha, cuando vimos la roca partida y nos tiramos al agua y vimos los erizos del mar arrugarse bajo nuestra sombra. Acuérdate de la caminata por el borde del mar hasta la desembocadura. Allí el agua era fría pero tú no quisiste bañarte. Llevabas un palo largo en la mano y la toalla atada al cuello como una capa de heroína europea. Del pescado recién sacado de ese mar al fuego. Acuérdate que llegó la tarde y los muchachos se marcharon de pronto a sus obligaciones y nos quedamos allí, en ese fin del mundo, y trepamos hasta el faro y estaban rodando una película y vimos toda la costa desde arriba, con su verde; atravesamos campos de ganado y vimos la tormenta arder más allá de las últimas montañas. Acuérdate que dormimos y, a la mañana siguiente, tomamos, al menos, cinco autobuses para salir de allí y estuvimos viajando todo el día hasta la capital y ya tú no te quitaste esa nostalgia de la boca durante el resto del viaje. Acuérdate y me lo escribes para la revista. 

5/3/13

la lluvia sobre mis casas

De mi primera casa, no guardo recuerdo. Pero entonces era triste el agua siempre en el colegio. Las ventanas grandes, con sus dos hojas, reteniendo el olor a garbanzo que salía del comedor. Como si en aquella cocina las monjas solamente hirvieran legumbres fofas. Detrás, una extraña libertad y los padres conduciendo por alguna calle del centro. El sótano donde nos metían en los días de invierno. Los gritos de las niñas despertando mis primeros dolores de cabeza sobre aquel infierno de suelo negro.

La lluvia en mi segunda casa nos dejaba siempre sin luz. Mamá guardaba velas y cerillas en los cajones. Papá compró una linterna en Stuttgart y la trajo y dijo “es como la de la policía”. Como jugábamos con ella de noche, nunca estaba a mano cuando se quedaba oscuro. El campo soltaba el perfume pegajoso de la jara. La casa se levantaba junto a las vías del tren. Por la ventana, mamá miraba al horizonte. Podías perder la vista y el tiempo tratando de ubicar cada lucecita. El abuelo decía que, hasta la presa que cortaba en dos el valle, de noche, había un lago. Las luces de la casas eran para él pequeños barcos de pesca esperando a que se parta en dos el temporal. Por la mañana, el barro.

En Alemania tuve tres casas en un año. Podría haber empezado a pensar en mis continuas mudanzas. Pero la lluvia caía, sobre todo, en la casa de invierno. Llegué a la estación del funicular con lluvia. Arrastré mi maleta por el empedrado mojado. Al final de una estrecha escalera estaban mis 16 metros cuadrados. Desde aquella ventana vi el bosque bávaro cambiar de color. Hice una fotografía de la ventana cada uno de los meses que allí pasé. Lloré de desesperación una vez. Y me reí hasta romperme el resto. Todavía, cuando salgo a la calle temprano y llueve, me vienen a la cabeza aquellos días. Luego llegó el invierno. La nieve no hace ruido al caer.

Cuando en enero conducía hasta mi tercera casa en Madrid, el termómetro del coche descendía tres grados en apenas unos metros. Algunos animales salvajes huían de la carretera tras las antiniebla. Cuando llovía, miraba al perro rubio calarse hasta los huesos en el jardín. El agua de la piscina hacía círculos que se tocaban y desaparecían. Todos estuvimos de paso allí durante diez años pero papá no paró de hacer cambios y reformas. Aquella casa tiene el mejor jardín. A principios de un año, pinché 100 bulbos de narciso por todo el terreno. El agua levantó la arcilla roja de la pista de tenis. El número 63 de Machichaco está dormido ahora. Hasta la primavera, que vuelva el amarillo a salpicar su tierra.

No recuerdo el agua sobre mi casa de Irlanda. Llovió cada mes. Pero todo lo borró otra lluvia que me caló desprevenida. 


Llovió en México durante tres semanas seguidas. Al volver del locutorio, una sandalia salió de mi pie y flotó por la avenida abajo. Llegué descalza a la primera de mis casas veracruzanas. El agua allí daba un brillo de plástico a las grandes hojas del platanero y hacía mucho ruido. Aunque golpeaba sin furia contra el tejado plano. Por encima de las Altas Montañas, los relámpagos iluminaban la sierra. Nunca he vuelto a ver esa guerra en el cielo. Escribí durante dos días seguidos en una libreta morada. Paseaba mojada, sin rumbo y sin tener a quién saludar. Para sentirme en casa, me refugié en un hotel internacional y pedí un café. Entonces decidí comprarme un secador de pelo. Pero nunca nada volvería a sacar de mí esa humedad.


…  de la lluvia en la casa donde vivo ahora ya hablaré cuando me marche de ella.


25/2/13

simple


Aunque nunca he dejado de quererme marchar, 
creo que estoy quedándome.


17/2/13


Cuando desaparece esa fingida indiferencia, te das cuenta de que una comezón extraña está trabajando por ti muy adentro. Es la rabia. Se abre como un pétalo esperado, ahí, entre las costillas. Es la rabia –puedes decir injusto, pero qué demodé-. Entonces te gustaría desnudar algunos cuerpos. No desnudar de placer de tocar de sentir, para ellos quieres un desnudo vergonzoso, devolverles lo hombre, restarles la corbata, la sociedad de clases. Decir tienes una peca, una malformación en las piernas, ese pliegue en los pechos –desapruebas-, te falta carne y te sobra grasa. Quieres verles cruzar Banco de España desnudos, humanos. Podrán conservar el maletín con sus papeles. No fastidies, qué papeles. Apuntes de reuniones donde nada se salva, ideas sueltas de equis, epifanías idiotas para engrosar la cuenta de resultados. Mis pequeños jefecitos de la mercadotecnia que se vuelven locos cuando te saltas la norma. Que matarían a flechazos a un ciclista, ratas con ruedas, gritan despeinados desde su audi. Todos fueron de izquierdas, con sus periódicos a medida de izquierda, se emocionan con los escritores de izquierda, pero dicen celebrity, teaser, esic, ambient. Llorar es de débiles, reír de ordinarios, comer una impudicia, tu barrio es pintoresco, tomar el sol, mundano. Tenían una casa rural pero la niña se juntó con los del pueblo e hicieron las maletas. Árboles genealógicos, abolengo, casta. Son los todoterrenos de la vida que regalan consejos que casi te creíste.  

Son los de gris de Michael Ende. Mucho más viejos que su propia identidad.