12/11/08



Hace tiempo que lo único que quiero contar es ese verdín que está saliendo en el patio. En la zanja que conserva la lluvia durante días. Esquinas donde crece húmedo el musgo. Que ojalá un niño, con sus pequeños dedos, lo arranque para hacer un belén. Lo rojizo de las hojas, lo amarillo de las hojas que en verano, mustias, detenían mi paso.


10/11/08

www

Los amigos que no veo
me visitan
en una página web
donde resumen
sus vidas.
No hay hora del café.
Jorge ha colgado una foto.
María ha cambiado su perfil.
Felipe con su hija que no vi en Villahermosa.
Carlo se apuntó al grupo
amigos
del trabajo.
Nuestro bar es una mesa plana
que no huele ni aúlla si hace frío
donde, quiero desengañarme,
no siento que riamos
a voces
ni que nos pasemos las manos por la boca.
No hay nudos de tensión entre los cuerpos.
No responde si pregunto
donde fue que hablamos todo aquello.
Pero veo una fotografía
que yo hice
y me deja colgada una mañana entera
ubicando.
La red se está quedando
-pegados como moscas-
mis futuros recuerdos.




2003, por mucho que digan los números rojos

6/11/08

centinela

Dentro de esta casa que todos llaman útero
Cristina Peri-Rossi


No es fácil reconocer que soy yo la que camina por la callecita Dos de Mayo. Una niña observa el mordisco de un perro en el cuello de otro. Le falta aplaudir pero me da la mano. Se equivoca de madre. Dicen los periódicos que el mundo ha dado otra vuelta. La crisis económica es engullida por el nuevo huracán de cinco columnas en blanco y negro. Me han dicho que podrías llegar de madrugada y que no recordarás cómo el tren abrió los ojos. Yo sentiré hormigas en el vientre y hundiré todos los cuchillos de la casa debajo del colchón. Si es necesario. Mantendré encendida la ventana
entre
los
pisos.
Adivinarás mi nervio. Mi vocación de colmena. Verás que hay una cama anudada en el cielo. Que escondí todos los recibos. Los números rojos. Que hay una maleta en mi pasillo que sabe que no va a ninguna parte.

3/11/08

Instrucciones de lunes frío

Sírvase una copa de vino dulce.
Deje caer el bolso sobre el suelo.
Deje que todo caiga
lo que la lluvia de noviembre recogió
de sus hombros. No es fácil
le advierto
si recuerda
que tan sólo ha terminado una jornada:
el trabajo.
No recuerde los restos
de la cena de ayer abandonados
la mermelada roja
donde anida una hormiga.
Olvídese del mundo.
Del hombre que doblado le estiró del abrigo.
De la mujer que cuenta cómo perdió una casa.
Y abra la botella.
Elija un rincón donde haya poca luz.
No se moleste en espantar las sombras.
Alguna melodía,
sonidos de gramófono antiguo.
Tal vez un fado, Gardel, una canción francesa.
Por supuesto, no escuche la letra.
Ni atienda a melodías. Su cerebro
está blanco.
Olvide las denuncias, las mentiras, las reuniones, la falsa
sonrisa de cristal de despacho.
Cierre los ojos. Le dije, no era fácil.
Permanezca inmóvil.
Cuando la noche le devuelva el aliento,
llene la bañera.
Mucha espuma. No
coja ningún libro. Tal vez
un cigarrillo pero sólo
si no va a preocuparse de cenizas
de humedades.
Sumerja la cabeza.
Escuche la oquedad de los vecinos de
abajo
la niña patalea en ruido sordo.
Mantenga la cabeza sumergida. Deje
que emerja a flotar alguna parte
del cuerpo
que roce los vapores.
Y cuando salga, el agua caerá como riachuelos
pierna abajo, sienta
las cosquillas del agua.
Cene algún fruto.
Mastique la hinchazón,
Reviente pulpa dulce.
Y duérmase tranquilo:
el lunes ha pasado.

(si elige el ritual en modo: 'en compañía', algunas instrucciones se verán alteradas)

(la fotillo es de davidruiz y... salud!)

31/10/08

para que vuelvas

Siete peldaños siete de regreso. Y una espera. Fue húmeda la noche bajo los soportales. Recuerda tú recuerda. Esperar con las manos enredadas en los bolsillos. Allá en la esquinita arriba, en el 121 era la contraseña, avenida 3, con calle 3. La calavera enjuta y sonriente guiñando un ojo, riéndome una mueca. La catrina se provoca a carcajadas y me invita a bailar con ella. Yo le digo que no, que aún no me voy, que suelte las manos, que no está la banda aún sobre el escenario. Que hay silencio y madrugada. Ahora debe estar el parque cubierto de pétalos naranjas arrancados de su corazón caliente. Las mujeres del mercado tiradas por la calle llenas de flores cultivadas lejos. Estas vienen de la montaña, estas de Coscomatepec. Compre, güerita compre. Y allá los changarritos allá desordenados llenos de azúcar. Ahora los niños de Huatusco sonríen delante de los altares. Una fotografía. Los niños jugando con la muerte en siete pasos. Y en cada esquina cada huele el pan dulce recién hecho. No comas la comida no que viene el muerto. Nosotros robamos chocolate amargo al entrar al periódico. No bebas tequila no de los altares. Despertarás tus miedos. Una mano avanza, abajo por mi garganta abajo, y me revuelve los días. Siete recuerdos siete. Y yo, todavía yo, sin mi regreso.

En la foto, mi altarcito en casa, para volver

28/10/08


Y ese andar de no ser de acá
A. Calamaro


Enredó en sus rodillas las palabras
y pronunció
ceniza.
Allí todo era rojo.
Incluso la poesía.
Cuando dice manzanas
hay algo de calor
que a mí me araña
dentro.
Sus árboles,
su agua
es otra muy distinta.
El tiempo al fin es tiempo.
A puro diente firme
ella se abre
camino entre los huesos
tendones de la fiebre
y la rutina
y hay alguien que devuelve
a lo roto la vida.
Caricias para el naúfrago
que respira en la playa.
Y cuando fuma, dijo.

La nieve en una casa
está ansiosa de invierno
para ser pronunciada.



Para Larit,
con mucha vergüenza
pero aún más agradecimiento
por escribir
y así.
(Desde la cocina verde.
Lavadora en marcha y café hirviendo.
Y poniendo gestillos)

24/10/08

el lunes lo pensaré

Disculpe que no me vista de negro.

Que le de la espalda.

No le voy a permitir beber de mis ojeras.



(me han censurado el párrafo que hasta ahorita ocupaba este lugar)

Hablaba de este, luego hicieron esto con él. Lo turbio, tal vez, no deja ver, pero uno lo presiente.

Me voy a terminar la semana a Barcelona, a escuchar el rumor de olas de la voz de Lara. Y de todas las maletas, me llevo la del olvido. La del lunes ya veremos. La tranquila. Pensaré de camino, eso lo sé. Espero no darle mucho la lata a la compañía.

PD_ las pléyades no queremos ser accionistas de lo inerte, muchas gracias

21/10/08

sugerencia

Uno llega a la muerte sin un achaque
del todo tranquilo y en paz,
su sexo lleno de vigor
y jugosa la médula de sus huesos;
y otro muere lleno de amargura,
sin haber comido nunca bien;
y los dos se acuestan juntos en el polvo,
cubiertos de gusanos y lagartijas.

Libro de Job
La Biblia






La cola de la lagartija se retuerce en el suelo muerta después de pisarla. Esa es la sensación. Hermosa y terrible novela. Ahora sí entiendo.
Entre Pascual Duarte y los Hermanos Grimm. Aunque distinta. Escalofrío.

Las lagartijas huelen a hierba. Y sus palabras, también.
De Cristina Sánchez-Andrade.
Acabo de terminarlo.

fragmento

19/10/08


si crecer

era entonces

saberse

cada vez
más vacío

más solo...


15/10/08

Le prometí, en pleno concierto, escribir un poema que incluyera la frase Pregúntame ahora quién es Steven Wilson. Pero entonces no tenía papel. No tenía dónde escribir lo que memoricé y hoy he olvidado. Ayer me invitó a cenar filetes de pollo con salsa de champiñones, hechos con amor, pero también con grumos (poulet a le grumé, me dijo). Y supieron tan ricos. Si no, en seguida lo arreglaba bañándolo en ese tomate al vacío que llega desde las montañas. Ya hemos visto La cosecha del hielo, Zombies party, 12 monos, Batman (la 1 y la 2, él tres veces en el cine), Snatch, Master and Commander, Hierro 3, Sin City, todos los capítulos de Lost, Californication, Weeds y todo aquello que no recuerdo porque me dormí sobre él en el sofá. He intentado leer Buenos Presagios, pero una tiene el humor torpe o flojo o adolescente y no se engancha. Cierra los ojos mientras él lee emocionado. Una desalmada. Aunque sí leí Stardust, que me dejó junto a los zapatos el día de reyes y yo devoré camino de vuelta cuando aún tomaba trenes rumbo noroeste y corriendo para llegar a comer a la mesa familiar.
A cambio, le he ordenado la mesa. Es terrible, lo sé. Pero los codos se llenaban de cosas al tratar de escribir. Cosas, saben.
Y una le coge amor a su desorden. A su cúmulo de cosas. Desde que le conozco, sobre esta madera clara desde la que ahora escribo, siguen inmóviles varios tornillos, dos paquetes vacíos de cigarros Delicados que un amigo trajo de México, la foto de carnet de alguien pasado, un bote de jarabe vacío que compré el pasado invierno para calmarle la tos, un cepillo (esto cosa mía) y suerte que desapareció aquella bolsa de colines.
Y en este cuarto, con el 500 haciendo temblar las paredes cada cinco minutos, sobre la mayor aglomeración de tiendas de chinos de Madrid, con la cama sin hacer, claro, con la ropa, los papeles, los cuentos, la mesilla construida con miles de libros a punto de derrumbe cada noche (libros que yo no leo), las bolsas, los zapatos… nada cambia y entonces vengo y escribo y trabajo aquí y me siento como antes, porque es la estabilidad del desorden donde todo ocupa su justo lugar. Y que a una el caos nunca le importó.
Aún no le he dicho que nunca vi Pulp Fiction. Porque bastante me recuerda que nos queda Kill Bill (la I y la II).
Pero pregúntame ahora quién es Steven Wilson.


La foto de arriba, suya y de uno de 'esos' libros...

La de abajo... ya se ve quien la hizo y con quién, en una callejuela de Lisboa

9/10/08


Ella quería escucharle.
Él quería hablar.
Ella quería que la acariciase.
Él se moría por tocarla.

A los dos lados de la puerta, la cobardía blindó a los amantes.
.
.


7/10/08

Die Sensibilitätt

Das ist nicht gut, repite. Pero Alemania está verde en su centro. Luego estira sus ramas en amarillo, naranja, rojas. Es el otoño del sur. Una acuarela. El otoño en la Schwarzwald. Pero por qué es negra, pregunto. Porque la luz no entra a través de los árboles. Hay millones de relojes de cuco marcando cada paso. Hacia ella o hacia atrás, hacia otra parte.
En el cementerio de Biethigueim una lámina llora a los caídos en la segunda de las mundiales. Son miles y miles. Un niño arranca una mora de la zarza con sus pequeños dedos transparentes. Alguien cuenta dos historias al volante. Una, son los restos de aquella guerra. La otra, es su vida. Yo recuerdo aquel viaje en furgoneta con mi padre bajo la lluvia negra.
El otoño va con nosotros dentro del coche. Atrás quedaron colgando las cestas pintadas de las hortalizas en el patio de la casa. Los rostros del pasado ondean sobre el agua azul de un Danubio estrecho y joven. Pasamos un pueblo que se llama Schönbuch (libro bonito). Yo aprendo las melodías de un grupo nórdico sobre las fotografías que él no está haciendo.
Cuando las nubes se ponen bajas, azul grisáceas y revueltas, escucho las risas junto a los cristales, la sobremesa eterna con aquel embutido que alguien nos envió desde España y que repartimos en trocitos pequeños, como si fuera un tesoro. Los viajes solitarios a Ingolstadt, a Nürnberg, cuando compré aquellas botas que fueron un arma contra la nieve blanca por todas partes.
En el Titisee, el frío me corta la piel, por fin. El aire helado obliga a mirarse para dentro. Tomamos pan negro, una Bratwurst fría y miles de quesos sobre una madera, cerveza espesa. Al final tarta de selva negra en el Maritim, mirando al lago, como a mi padre le gusta hacer cada vez que hasta su orilla llega.
Al día siguiente, alguien cumple 60 años y un húngaro le regala una melodía de trompeta.
A mí me gustaría escuchar de pronto el segundero constante de la nieve. Y correr hasta aquella ventana para ver qué sucede. Y descubrirla blanca sobre el desnudo verde. Pero aún es temprano.


6/10/08

Die Nacht


La mujer que tocaba el violín cuando era niña me lleva a un club de Sttutgart. Pide vodka con red bull. Yo, un mojito cubano. Uno me toca la espalda para pasar con la mano completamente abierta. Me encuentra desprevenida al tacto en las ciudades de ese sur tan del norte. Yo me retiro. Grandes bolas de espejo cuelgan del techo bajo. Una mujer de pelo blanco y muy corto, extremadamente parecida a una amiga, felicita al DJ cuando cambia de ritmo. Mueve las manos y maneja, como una especie de dios rubio, a la masa de cuerpos desencajados. Descubro que la mujer que de niña tocaba el violín es adicta al red bull. Al regresar pone Orishas en el coche por aquello de que hablan español. Me mira y sonríe. No me desagrada si la otra opción eran aquellos golpes rítmicos en mis sienes. La vecina del abrigo rosa fucsia entonces se ha ido a Ibiza, al cierre de las discos, qué suerte, me dice. Cuando el coche alcanza los 180 km/h pasamos por la puerta del palacio de Ludwigsburg. Última parada en la gasolinera. Compra dos latas más.

La foto en: http://www.davidruiz.eu/photoblog/index.php

2/10/08

de viaje



La Alemania del Sur ya no me espera. Se cansó. Por eso voy a ella.


A encontrarme con esa parte descuidada por mí, que la cambió hace tres años y la bajó del podium de la mejor de las nostalgias.


A ella voy.


A olvidar bajos sus ramas mis improvisaciones y traerme su método.


A reconciliar el idioma con mi lengua.


Cinco años son muchos cuando pensé que no podría seguir mirando hacia adelante sin todo aquello. Hace cinco años, el mismo día 2 de octubre, allí me fui un curso de universidad.


Cómo lloré una vez sobre el diccionario preparando un examen.
Vamos a ver cuánto de palabras me queda.

30/9/08

Bodas de Sangre, junio de 2003, Alemania

Yo me arranco corriendo de la cama y le traigo el libro del salón. Aquellos pequeñitos que a 300 pesetas se compraban. Hacía ya diez años. Cuando leo el poema de Ítaca, pregunto si comprende. Pero sabe. Porque de pronto dice que Nietzsche y los viajes. Contemplar el camino. Otro día leímos Elegía a la luz de la lámpara que heredé de un amigo. Columnas vertebrales. Médulas de verso. Se me cayó una lágrima a mitad de palabra, se hizo el nudo. Dentro de poco será domingo y le llevaré engañado por el vino a la Espada de Madera, a ver Bodas de Sangre. A mí se me alterará el recuerdo de la sala de ensayo sobre el césped, de la nieve deshecha, del Aula. Pero conozco el bar y la mesita donde luego explicarle. Nunca termina de caber la vida dentro de la vida. Al final me pregunto si yo entiendo a Kavafis.


27/9/08



Estuve en una sala de teatro alternativo. Vi la obra 'Años 90'. De todo el texto rescato esto porque me impactó la imagen que está en negrita.

Yo no trabajé por el mundo
Porque sabía lo que pasaba
Sabía que todo era un robo
Trabajé por el fin del mundo
Sabiendo que el cielo se pondrá verde
Todo será horrible
Olerá mal
En el cielo aparecerán las imágenes
De Vietnam de Armenia de Ruanda
De Angola de Irak de Corea de España
No hay ningún país que no evoque una catástrofe
Decir el nombre de cualquier país
Es decir el nombre de una catástrofe
El día del fin del mundo
Será mejor que cualquier ruina
Que cualquier pintura
Que cualquier verso
De tanto explicar el fin del mundo
El hombre es parte del fin del mundo
Y es el fin del mundo

Pero toda me pareció un canto de desesperanza. Yo no quiero pensar que soy el producto de dictaduras pasadas sino el resultado de los que las abatieron. Que mi vida no es una imagen fracasada de lo que la historia ha hecho de mí. Que tengo fuerza en las manos para no rodearme de restos de alas partidas, de estrellas de plástico que se pegan en la pared. Aun puedo mirar hacia arriba y encontrarlas. No quiero bañarme en coca cola porque me queda agua limpia. Me pareció un canto a la supervivencia entre los errores de la humanidad. Dar saltos sobre los charcos de un diluvio de lluvias sucias.
También pensé que qué difícil es contar una buena historia. Una historia que no sea la historia de siempre con otras palabras. Qué difícil.


No me la creí.

25/9/08

bajo el volcán



Él nos escucha mientras leemos con la mirada ligeramente levantada hacia arriba, intenta no sucumbir al humo que se respira entre los papeles. Si me ve despistada, yo vuelvo al cuento. Sé lo que nos cuesta convencernos de que el silencio no es malo que, a veces, entre dos que están, no hacen falta demasiadas palabras, cuando las cosas quedan suspendidas entre los ojos. Primero pensé que era un profesor de literatura, invención de otro, y lo creí. Luego faltó a la primera cita, cuando su cara era una de aquellas a las que yo más quería poner gesto. Luego hubo palabras y más palabras. Y antes, una forma de entender del que sabe. Que lo humano no se lo quitan a uno los años. Ni la risa, ni las ganas. Que a veces me cuesta mucho regreso al cielo saber qué decirle cuando escribe. Y a veces, es verdad que las mejores vacaciones son las que se tienen en la calle de al lado, con esas vistas al jardín verde que se apropia desde la terraza, saltando el muro, donde los dos árboles enamorados cayeron juntos, uno detrás de otro. Y aquel tequila que, mano a mano, se echaron cuando en la casa solamente había vasos de plástico. Aquellas historias que nos bebimos de a poquito. Que nos vamos bebiendo. Yo las suyas, él las mías. Todos las nuestras. Saber que queda camino para dentro. Por mi parte, aunque en silencio, laralá, ya lo andaremos, a mezcalitos, despacio. Si en Malasaña hubiera un volcán, los dos viviríamos tranquilos bajo su inquietante sombra.

22/9/08


Dejo El Peso de las Naranjas sobre la bandeja de las notas de prensa. Para sentirme a salvo. Enciendo el ordenador. Le envío un email que dice eso: lo voy a dejar ahí para no tener miedo. El director bromea en tiempos de lluvia. No me río. Ni siquiera le escucho. Nunca sacó la cara por nosotros. Cuando nos vendieron, no supimos hasta que punto estábamos perdidos. Voy a ir a comer a casa de mis padres, refugio en este día donde septiembre avisa que no es verano. Las gotas estallan contra las ventanas, les digo. Reparten mi reflejo sobre las hojas verdes. El hombre tosió toda la noche y se retorció buscando el aire, pero se fue temprano. Hizo el café, lo dejó en la mesilla y salió casi olvidando anudarse la corbata. Luego subió el vecino de abajo y observó nuestra casa. La cama aún conserva las arrugas, le explico. Hace un año la apuntalamos y hoy ni cicatrices quedan, dice. Se asoma a la ventana para saber cómo les miro. Cómo las cierro cuando hay palabras que se buscan las rendijas. Luego está ese silencio de mañanas. La televisión arroja mierda temprana y repetida. Me tumbo en la morada de la lluvia, sueño con un pesero veloz y loco que atraviesa la ciudad del otro lado, su olor de hierba viscosa, me rindo a cómo el suelo se imanta a su contacto, me siento desplazada del terror, es el libro, flotando en una órbita otoñal.


19/9/08

El aire escoge el vientre de los pájaros.
Las camisas
colgadas en la cuerda, me señalan.
Las estrellas perforan el aliento
más frío de la noche.
El que no entra en la casa como una lengua loca
es un niño cobarde que no muerde la carne
sin permiso.
Hay un tren con su ruido dentro de cada cuerpo.
Y unos ojos que hambrientos
se devoran
dejando en las esquinas
sus remolinos verdes

como pieles intactas
de manzana.
La ciudad en septiembre es una espera absurda.

17/9/08

¿por qué me llamo Aroa? O cómo la gente llega a este blog buscando a los Chunguitos

Pues no sé, decía yo de pequeña, tratando de negarme que mis padres, hacían así un homenaje a cierta serie de dibujos animados llamada El Perro de Flandes, una imitación de Heidy pero que trascurría, supongo, en Flandes. Mi abuelo decía que mi madre se parecía a la niña de trenzas y mi padre llamaba así a mi madre hasta que me tuvieron a mí y recogí el testigo. Y gracias porque si no podría llamarme Gregoria o Concepción, quién sabe (lo siento por los que llegaron después…)
Luego descubrí que hay una zona de Venezuela que se llama como yo (oh! Esto es mejor para soltárselo a ciertos sujetos… estupendo). Un valle, una sierra, un río e incluso una playa se llama Boca de Aroa, por donde pasó Dani cuando allí anduvo y miró desde el autobús para darme el primer testimonio de cómo era.
Luego, que si del germánico antiguo significa noble, buena gente (claro) … a ver, pero no hila con que yo me llame así…
Pero, lo mejor llegó más tarde. Una noche de los 14 años, andaba yo viendo la televisión. Sorpresa, sorpresa, y ahí va Isabel Gemio y se acerca a una Muchachilla y le dice: Me han contado que estás muy triste porque no tienes una canción con tu nombre. Anda, y yo, pensé. Y la niña: siii. Y yo: aquesellamaaroa, aquesellamaaroa… Y la Gemio, contoneando el micro como ella hacía: cómo te llamas, y la niña: A-ro-a.

Pues sí tienes una canción.
Y entonces allí, sobre el escenario, aparecieron ellos, Los Chunguitos y cantaron.




La otra parte de la historia es que cuando era pequeña, mis padres acostumbraban a ir a un videoclub llamado ‘López’ en Usera. Mi madre recuerda haber visto allí algunas veces a Los Chunguitos y sostiene la teoría de que esa Chaborrilla, hija de un chungo, le debe el nombre, ya que probablemente su padre se lo escuchara a los míos, en los pasillos de aquel videoclub: aroa, no cojas películas, aroa no corras, aroa, …

Gracias infinitas Chunguitos por traerme tantas visitas al blog buscando vuestro arte.