El caso es que para mí, aquellas prácticas, remuneradas, más de lo que se puede pedir últimamente, me llevaron lejos, en kilómetros. Con ellos viajé al Dublín de los lujosos hoteles en castillos rodeados de verde y lluvia, al corazón desértico de Túnez (me queda de aquello una foto en un tren antiguo junto al fotógrafo y la novia de un cantante que hoy es famoso pero que entonces qué sabía yo de nada). También estuve en Escocia, en otoño, con alguien muy equivocado, me llevaron de ruta gourmet por la Marina Baixa y algunos sitios más.
Pues al reordenar todo aquello, he hecho un ejercicio de pensar en mí. Y en aquella que era yo entonces. En la cara que puse cuando vi aquella ostra mocosa y blanda en el plato en la ruta gastronómica y que yo descuarticé y repartí para disimular el manjar no comido (lo que me sirvió luego una amonestación de los exquisitos por inexperta y cutre), en los consejos del fotógrafo mientras cruzábamos el desierto sin más orientación que las estrellas, en los espacios para fumar que había antes en los trenes donde todos los periodistas que me sacaban mil años y hoy cero reían y charlaban mientras yo me sumergía en las páginas de un libro sola en mi asiento…
Y que, al final, estar inquieto, tener ganas de ver y conocer, y haber visto y conocido, en estos casi diez años, no sirve para entrar por el aro, que tal vez más me hubiera valido quedarme quietecita, en aquello, y hoy tendría mi becaria joven a la que contarle las subidas de la hipoteca.



















