para enterrar los besos
debajo de la lengua
de este glaciar antiguo
y volver a mi vida
más ligera de sueños
Qué pasa si, de pronto, no está de versos la vida.
...............................La vida.
Cinco de la mañana.
Sentado en una acera en la puerta de una casa vacía.
12 meses sin encontrar la suma-señal de esas estrellas.
El sitio del corazón.
Y sin abrigo.
Las emociones.
Redes atómicas muertas.
El amor es proteínas. Le pregunta.
El amor se da en unas condiciones atmosféricas.
Hablar sin propiedad.
La tristeza: ADN, memoria e ignorancia.
El teléfono urgente de las respuestas.
Cuando ninguna fe calma.
Las líneas de las manos estrangulándole el cuello.
Trepando por los brazos.
Hundiéndole en el agua.
Se afilan las palabras.
Ella dice energía, él dice cómo.
El lugar de la angustia, del dolor.
Las ratas también lloran.
Sus raíces y un árbol.
Una fórmula.
Nada.
0
Placer es enredarse sin desenlace.
Notas negras. La voz arrugada de los recuerdos. Has olvidado cómo intentamos esas canciones. En el jardín cerrado. Las palmeras recortando siluetas. Sobre el sonido del tren interrumpiéndonos. Su silbato de muerte. Cuando yo vivía obsesionada con ir hasta las vías para ver pasar a los migrantes. Qué mentira tan perfecta. Un peine, una lata de atún, una bolsa de plástico, una fotografía despintada. - Este es mi niño- me decían. Y a mí se me encogía la garganta. Y me miraba las manos. Y les miraba las manos. El uniforme azul de periodista. Dormir entre los vagones era caerse de los sueños. Perder el clavo ardiendo a punto de alcanzarlo.
El DF es Alejandro. Es encontrarme verano tras verano con su abrazo en el aeropuerto. Es su mano haciendo todo más amable, pintando de recuerdos de niño el asfalto gris.
Despierto en casa de Ale. La altura me regala algo de frío. Es mi cumpleaños y el teléfono suena desde las 4 de la mañana, las 10 de Madrid. Abro los ojos, huele a jugo de piña. Encuentro a Ester, sus felicitaciones, su dulce mirada, su historia contenida.
Huevos rancheros. Regresan los sabores, los olores. Todo el recuerdo comienza a retomarme. Contraigo el corazón, me tensa el nervio. Pica ya la lengua y pica la piel por el smog. Ale se va a trabajar temprano. Metro de Chapultepec. Con su gorra y su americana, carga en su mochila tantas cosas... Ester bajo sus párpados esconde los recuerdos de una infancia en Chiapas, de la siesta en lo más alto y denso de la copa de los árboles.
Es el lado más dulce de la ciudad.
Por eso regreso al DF.
22 millones de historias, de tristezas, de esperanzas. México, seguro, no es esta ciudad, pero en ella se contienen infinitos Méxicos.
Alargo aún más mi camino. Cuatro horas de autobús a Córdoba. Reconozco los paisajes. Me pongo de rodillas en el asiento, necesito ahogarme en el paisaje, envolverme de su humedad selvática. Amanece Córdoba de nuevo de mi memoria. Vuelvo a comprender aquella lágrima. Me sumerjo en una de las fotografías que he revisado tantas veces estos meses. Espero a Chucho en la estación, respiro, respiro, respiro.
Tiemblo...
Hace falta que te diga...
Bolero incantable, por la hora y el desentono del coro,
de diez minutos, al menos , de duración
si lo toca Daniel

Con las gargantas llenas de polvo y de canciones, os miraba. Saltar a la comba al amanecer, tirarnos tierra, regresar. Cicatrizando algunos. Evitar los fuegos, artificiales. Se nos escapa el agua. Tenemos mil caminos, excusas para pasar juntos la noche. Se nos hace de día demasiado pronto. Puedo decir diez años. A mí me sobrecoge por la tarde encontrarte otro verano más esperando un abrazo. La cabeza en tus piernas y un beso se te escapa. Nuestra voz, viejo magnetofón que nos contiene. Las cartas en la mesa. Sabes que los puñales duelen más cuando tratan de arrancarse que al hundirlos, tú lo sabes. Yo lo callo. Que cada uno viene de un camino y está tomando otro. La sangre se me agolpa en la rodilla y ahora ni recuerdo cuándo pasé aquel golpe. Las palabras, duras por fuera, nido de abejas al morderlas. Cuántos años nos dejan mirar atrás. Por todo no hace falta la frase que sigue a este desinspirado párrafo.
Tapé entonces tus ojos
y deslicé las manos
debajo de la herida.
No me importó la sangre
ni el cuenco de mi boca.
La memoria convulsa de esa lengua.
Tapé tus ojos grises
por no recordarme en tu mirada
de fiera que marchita lo que toca.
Deshice las palabras
una a una
y las fuimos ordenando por los cuerpos
tatuando en la piel significados
errores de la historia y del instinto.
Cambiamos los papeles
desdoblamos los rincones de la sed
y del deseo.
Hemos caído tan alto
que resulta difícil el regreso.
Y fuimos perdiendo los sentidos
(yo te tapé los ojos)
el paladar herido de recuerdo
el suave veneno estremecido.
Deshice luego el lazo
cuando había pasado tu lamento
como el lobo que pierde
de mañana a la luna.
Tal vez tapar tu cuello
dejar que la garganta
contrajera los músculos
del miedo
habría sido mejor para el olvido.
Y nos quedamos quietos.
Tú respirando el sol que nos secaba
yo encogida previendo las cenizas.
