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| Marcelino Camacho y Josefina Samper |
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| Lo que queda de la cárcel de Carabanchel, Sept. 2011 |
Salud y revolución.
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| Con Josefina Samper en Chueca |
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| Marcelino Camacho y Josefina Samper |
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| Lo que queda de la cárcel de Carabanchel, Sept. 2011 |
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| Con Josefina Samper en Chueca |

Hemos vuelto a casa. Tres girasoles nos alumbran la entrada. He abandonado las publicaciones del diario vacacional, se interpuso la vida y el viento fuerte de la frontera. Qué más me quedó por decir: que un pueblo francés abandonado, que la vieja aduana con sus extintos puestos de souvenirs, que el Fotógrafo parecía muy feliz en la última cena y estaba muy guapo, que declaramos a Joan, el camarero, capitán de nuestro naufragio.
Madrid parece distinto porque las noches mueven los visillos rojos, nos despiertan para cerrar la ventana de madrugada. Las pequeñas moscas de la fruta han fallecido pegadas al techo. Un helicóptero nocturno sobrevuela la ciudad, atento a la revolución y los brazos en alto. Que hemos colgado los cuadros que esperaron pared durante meses. Que el jabón que compramos en Marsella, o cerca, invade de miel el dormitorio.
Mi perro no se enreda entre mis pasos y le extraño. Ayer, el cumpleaños de mi padre, y hoy es domingo a pesar de que la semana se ha quedado sin su primer mordisco.
El Mediterráneo nos muestra su soberbia faz en San Martí. Intento limar con sol las huellas que la impotencia de los días pasados ha dejado en mi cara. Caligrafía de los sueños no termina de hacerme compañía, pero sí ofrece un contrapunto a las nubes ligeras que nos sobrevuelan. Parece que aquí ya nada pudiera tener la intensidad que prometía.
Imagino el puerto abandonado dentro de unos años, con todos esos carteles de ‘Beach Club’ oxidados balanceados por la tramontana, apastelados a fuerza de rayo, un holandés paseando a un perro, una casa de carne vencida. Barcos flotantes en canales que una vez miraron el sombrero volado de una turista perderse bajo las bunganvillas, morir ahogado.
El Flahertys ha cerrado y, en su lugar, una brasserie custodiada por un simpático latino sirve todo tipo de variedades de mejillones. Alfredo Trujillo (entero para no olvidar su nombre), el camarero poeta de otros veranos, también ha desaparecido del puerto. Junto a estos, otro local, que aparece en la narconovela de un afamado escritor, es el único lleno. Entramos para preguntar si tienen Capitán Morgan y me doy cuenta al levantar la vista del conteo de monedas, de que mi cuenta bancaria es, con seguridad, más triste que la de cualquiera de los que están allí. El Fotógrafo y yo abandonamos las cercanías del muelle. Nos sentamos junto a una fuente, bajo una palmera que cimbrea por el viento húmedo de la noche. Él cuenta batallas del instituto y de un personaje de El puente sobre el río Kwai. Así son sus monólogos*. Yo apoyo la cabeza en su hombro y espero para volver a la casa.

Fotografía del puente sobre el río Kwai. Es de Buffalo Tours, otra cosa sería si el Fotógrafo y yo pudiésemos elegir donde volar y él retratase el lugar.
* No es que me aburra su monólogo, es que, a veces, sabe demasiado.
Yvonne y yo en Santa Cruz
El pelo todo rojo es de Yvonne
como Maureen O’Hara pero diciendo
puta y chiquitito sacando
la lengua y los dientes como una lunática
toda rosa,
mi pecosa
enloquecida quince horas encerrada
en la flota el día de Saint Patrick,
Varados en el Café Lorca hablando
de cocina bebemos
whiskey irlandés gratuito promoción de lanzamiento ella
sube al escenario y yo la miro
anunciando absurdamente el whiskey y era todo
bonito cuando volvió por sorpresa de su cuarto
a mi cuarto nos besamos y dormimos
antes y después
almorzamos en el mercado y vimos la tele en el hotel
gratuito cortesía
de Aerosur, no puede
pasar yo dije:
-Es mi enamorada.
Ubaldo dijo:
-Tartinflet.
Y lo dijo de una manera
exquisitamente ridícula,
con señoras que fabrican
figurillas de trapo
y otros parientes
extravagantes con perilla,
o viejos y Guillaume
y Sina tumbados
en el césped con Felipe
haciendo fotos,
Yvonne en la terminal
se acerca hasta la valla y nos besamos
entre los alambres. -Al final
abrieron la carretera.
Yo me agarraba
el corazón para que se quedara
quieto,
escondido en el pecho;
no salta de amor sino de amor
a la belleza y al amor.
Otra vez la terminal:
La flota que se marcha
lenta,
Refunfuñando.
Ahí le tienen, guitarra en mano, con Cromática