12/11/10

volar


Mientras tomo un té chai (mal hecho por impaciente) en la cocina verde, pienso en los días que he pasado con mi hermana en Munich. No compartíamos cama desde aquella siesta en la que ella se quedó dormida a mi lado sin darse cuenta. Nos llevamos muchos años, todavía, pero supongo que, igual que yo me hice mayor entonces, cuando partí al frío y a la soledad de la noche a las tres de la tarde, ella lo hará. Aquí la espero.

Vive junto a la Paradiesstrasse, a pocos metros del jardín inglés de la ciudad, un parque gigantesco donde el otoño se arroja al verde y los canales. Ella lo atraviesa en bicicleta camino de la Universidad cada mañana. Y, entonces pienso, cada noche. Y vendrá la nieve y el frío y yo solo quiero que entre en calor, y que pedalee muy rápido; que se ría mucho en las locas fiestas de extranjeros, que sepa que una conversación, aparentemente banal, puede salvar una semana.

Luego me adjetivo insoportable como una madre histérica, no como la que hemos tenido, como una abuela temerosa, como tampoco.

Nos preguntamos, imagino, cómo dos personas que han vivido tantos años en la misma casa, con los mismos padres, podemos ser tan distintas. Y creo que nos equivocamos. No lo somos tanto. Aunque ella es más inteligente y yo más pánfila. Ella pertenece a la planta de arriba, donde la música y lo privado, y yo he vivido siempre en la cocina, donde las conversaciones al olor de la cena. Ella es práctica, yo idealista. Ella fuerte, yo llorona.

He tardado en darme cuenta de por qué la necesito. A mi lado. Aunque esté lejos.


10/11/10

Regresar a Eichstätt

Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas que volver no fue triste, ni sentí nostalgia por aquellos comienzos de siglo, cuando dejé por primera vez la casa de mis padres y me fui , arrastrando maletas, a vivir a un pueblecito de Baviera.

Las calles de esta ciudad, como un puzzle desencajado durante años, comenzaron a enlazarse: la Dom, el Rechnen, la Theke, mis pasos sobre las hojas secas del Alemania. Intenso trabajo de la memoria. Como si todos los espacios fuesen tomando un brillo sosegado, feliz.

De todos aquellos amigos, repartidos hoy por el mundo, solo pude encontrar a S., fiel al trocito de tierra donde se esconde en el bosque nuestra burbuja de cristal y nieve. Él me canta Compay, tira su gorra verde al aire para celebrar el encuentro, lanza besos.

Aquella era mi ventana, pienso, aquí escondí la bicicleta, aquí lloré de desesperación ante un idioma hostil, aquí echamos, a voz en grito, las culpas a la tierra. Aquí se sentó C. con su café temprano, sobre una alegría zapateada. De esta calle se llevó la policía a J. un frío carnaval, en este escalón me esperó para hablar de poesía. Aquí F. revoloteaba sobre una francesa pequeñita en primavera. Tras este cristal M. aguardaba con una infusión caliente. En esta casa bailábamos frente a los cristales gritando: "no somos fracaso".

Amo los lugares donde he vivido. Se me graban dentro. Los dejo entrar y formar parte. Y ellos siempre han sido generosos conmigo, recibiéndome con sus calles abiertas, algunos otoños después, como si aun fuera aquella joven rubia y soñadora muerta de frío en Eichstätt.

4/11/10

por soñar

Quiero una cocina blanca por cuya ventana se cuele la brisa fría del mar del norte. Donde una taza caliente sobre la mesa. De metal, la taza. Allí estaré sentada con una chaqueta de lana marrón de aquel que no me sienta bien pero no importa, frente a mis papeles. Veré el otoño sobre las colinas altas. A lo lejos. Tendré un par de flores amarillas en un vaso, un silencio azotado por las gaviotas, el olor a carbón de las maderas, los eucaliptos tirando hojas al musgo blando. Ti-ran-do-ho-jas. Chopin nocturno. Esa canción. Caminaré hasta el pueblo. Compraré pan negro y mantequilla. El periódico de un país en el que no vivo. Recibiré la visita de alguna amistad lejana, convidada a la hora del silbato del té. Veré caer la tarde mientras la leña, y el libro en sus últimas páginas, y la espera. La llegada nocturna del que trabaja. Los dos en una balsa sobre el mundo.

24/10/10

material


Mi estómago recuerda el vino, después de meses, en Casa Federica. Salimos del cine de ver la de Woody Allen. Es raro pero sé las cosas me importan cuando no soy capaz de detener el llanto. Si hablo y me cae una lágrima, para bien o para mal, importa. Si no me tiembla la voz, paso. Broncas infinitas sobre la sensibilidad me ha costado. Él está guapo ahí en frente. De gris, como la primera vez. Qué poco nos hemos alejado de aquellas calles.

La niña de 5 que se imaginó con 14 sentada en la acera, no predijo llorar en un bar a los 30 por esto. ¿Qué es esto que tanto me importa? La falta de tiempo y todos sus hijos.

21/10/10

qué más




Todas las mañanas, en la penumbra del amanecer, él le lleva el café a la cama.
Todas las noches, bajo la luz naranja de la mesilla, ella vigila su respiración.

15/10/10

ave

a

07.00 horas

Antes de las siete, Madrid tiene la melancolía de las farolas. Ni las putas del Desengaño han ocupado sus esquinas. No puedo evitar hablar siempre con los taxistas. Este es un crío. Comienza su jornada. Ya somos dos.

Frida Kahlo viaja conmigo (confieso que le estoy tomando cariño-obsesión), acabo de verla atravesada frente al mercado de San Lucas por aquel tranvía de Xochimilco. Al pasar por el peep show, he sabido por qué a aquel nunca le gustó Madrid. Tiene las venas de neón retorcidas, como el DF, el gris y la vida inquieta. O te subes, o mueres.

Murió.

Y luego se fue a El Hotel.

08.04 horas

En el coche número 5 de este tren viajamos 17 personas, yo soy la única mujer. También soy la única –aventurándome- que no ha cumplido los 30. Me pregunto qué les estará pareciendo a mis compañeros de vagón Supercanguro. La inoportuna selección del entretenimiento en los trenes y, en general, los trenes, me producen tristeza.

Y misterio de corbata.

No amanece.

09.17 horas

Soy un gusano, un gusano, dice mi, de pronto, animada y sombría vida interior. No sé por qué. Entonces pienso en los animales alpinos. No voy a exigirme cordura al despertar de una cabezada. Me ordeno los muslos y la falda en el asiento.

Ha amanecido.

Mil olivos más allá del horizonte del mundo.

Y una niebla maravillosa.

10.00 horas

SEVILLA

4/10/10

ojeras

Una noche, en Sarajevo, me desperté de una pesadilla de madrugada. Tuve que controlar la respiración para no molestar a nadie.

Conseguí dormirme antes de que amaneciera.

Hoy no lo he conseguido.

16/9/10

Somos agua adentro.
Y tiempo que se alarga.

La luna pisotea mi gesto como un gato orillado.

Toda esa boca. Esa sonrisa que se escurre del pelo.

Las parejas se extreman en la pista de baile.
Un tobogán naranja, metálico, amarrado a la tierra. Aquellos gritos largos de la tarde. Suspenso en naturales.

Tomar el control no es la agenda ordenada, la casa barrida, el corazón a pulso. Tiene que ser dejarlo todo. Deshacerse de las malas hierbas. Como si supiese que esto no nos dura más allá de 30 años.

14/9/10

Tristeza de los paneles solares
.
Noche

Texto y fotografía de David Ruiz (blog y fotoblog)

9/9/10

sombra



Nadie la vio

quedarse sola.

Incidir en la luz.


El hombre no llegaba.


Solo la tarde ruge

y su cuchillo

detrás de los salones. Afuera un perro,

los dos hijos que juegan.

El olor repartido entre las bestias.

Otra sola de tantas

que no gritan.

El fuego y la muñeca.

Por encima del mundo

yo la amaba. Hoja seca del árbol

de la ética.


Para escribir poesía,

esperé la catástrofe.

Para seguir viviendo,

esperé la poesía.


Aprenderé a dormir con su fantasma.


7/9/10

El túnel de Sarajevo




Hay una avenida en Sarajevo que una vez se llamó Snipers Alley (avenida de los francotiradores). Une el barrio turco, Bascarsija, el centro, con el aeropuerto y las afueras. La cruzamos en un tranvía comunista donde el calor, donde el aire, donde la chapa caliente. Callejeamos luego en taxi por un barrio de casitas bajas atravesadas por la metralla. Al final de una calle, entre esta zona y el aeropuerto, estuvo una vez la casa de los Kolar.


Edin Kolar parece hoy tranquilo. Camina hasta el sembrado de calabazas, al final del jardín, comprueba la madurez de las manzanas. Da pasos largos y se detiene allí donde hay un cartel que intuyo dice “No pasar de aquí”. Nos dice “esta fue mi casa, es mi casa”. Levanta la vista ante el aterrizaje de un avión, se seca el sudor allí donde una vez hubo un túnel.



Cuando Sarajevo vivió sitiada durante tres años y los militares hacían safari por las calles, cuando no hubo alimento, ni agua, ni fuel, ni municiones, dos ingenieros propusieron al ejército bosnio construir un túnel que conectara, bajo la pista de aterrizaje, la única zona de la ciudad que no estaba entonces tomada por el ejército serbio. Cavaron a oscuras, escondidos, hasta que lograron conectar dos casas, la de los Kolar, y otra, en la otra orilla de la carretera. 800 metros por los que comenzó a entrar una pequeña esperanza para la ciudad.

Mientras Europa dejaba que sus desayunos se salpicasen de guerra, mirando hacia otro lado, la abuela Alija y su familia cedieron su casa. Hoy, este pequeño lugar del que nacía el túnel, está reconstruido en madera. En su entrada, una bomba incrustada da la bienvenida. Quedan 20 metros subterráneos de los 800 que tuvo. Hay que caminar agachado.

Durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, más de 20 millones de toneladas de alimentos entraron en la ciudad, y más de 1 millón de personas lo utilizaron, muchos heridos. Fue la entrada de la energía eléctrica y de la comunicación telefónica con el resto del mundo.

Al otro lado, el destino, la incertidumbre.

1/9/10

Zagreb - Sarajevo (I)



A través de tres orificios de insecto, la sangre de Croacia entra en mí. Empiezan a sonar las lenguas eslavas. Luego, todo es un cruce de tranvías, la calle larga de un barrio residencial, una mujer que intenta aprender español. La plaza del Dolac está vacía a estas horas. Cenamos burek de queso y spinat, agrio de soportar el día. Y una lluvia muy fría nos empuja a terminar la llegada. Saltamos varias veces de siglo a través de la historia de Yugoslavia. No sabemos nada. Esta primera noche dormimos de tirón, sobre los ruidos incómodos de un somier desencajado. Por la mañana, el olor a pan de la vieja fábrica nos despierta.



Marcella caminará ya siempre en este viaje adelantada a nuestros pasos, buscando las huellas del comunismo en esta ciudad que tanto le recuerda a Berlín.

Pienso en cuánto le habría gustado a él venir para contemplar las paredes heridas de lo que alguna vez fue Austria-Hungría.

A medianoche, la luna alumbra la silueta negra de la frontera entre Croacia y Bosnia. Despertaremos en Sarajevo temprano, sin un mapa.

Sarajevo

A las siete de la mañana el camino se ensancha. Lo sé porque, aunque voy de espaldas al destino, la luz entra de otra manera en el vagón y pega en su cara, sentada frente a mí en el viejo compartimento de terciopelo azul.

Bosnia es bosque. De todos los pueblos despunta un minarete. Apenas unas casas escalan hacia la montaña entre la niebla, sin calles, solo hierba y verde.

Sarajevo nos recibe amanecido y gris en la estación. Alrededor, solamente altos edificios. Uno no puede entender que alguna vez tenga sol trayendo en la memoria esas imágenes. Desde el tranvía ya se ve la ciudad completamente salpicada de metralla, agujereada. Desayunamos Cevapi, salchichas picantes con cebolla fresca en un pan de pita en un restaurante del barrio turco. El yogurt cae en el estómago con gesto viejo.

Mientras nos quedamos dormidas en el Hayat, la llamada a la oración vuela sobre la ciudad a mediodía.

Algunos días después supimos que aquel primer bulevar de edificios altos que pisamos era la avenida de los francotiradores.

Is there a time for keeping your distance

Centro de Sarajevo, Bascarsija. Agosto 2010

Iré sacando del cuaderno negro lo que fui escribiendo en Zagreb y Bosnia.

El título del post es de Miss Sarajevo, U2 (1995)

21/8/10

él es de aquí

de la tierra

Alineación al centro




de la altura





de la gente





castellano



El Real de San Vicente, agosto 2010

20/8/10

la maleta de libros

Preparo el viaje a Sarajevo releyendo el libro de Saša Stanišić Cómo el soldado repara el gramófono. Stanišić, de padre serbio y madre bosnia, nacido en la extinta Yugoslavia, escribe desde la memoria. No quiero decir que el libro se base únicamente en sus recuerdos junto a la ribera del Drina, sino que vierte en las páginas la poesía espontánea que tienen los recuerdos. Es una novela preciosa que me recomendó Lara y que le pasé a María para que llorase con ella (y eso hizo). Me lo llevé a La Palma y lo releí hipnotizada con el ruido del espectáculo del océano sobre la costa. Les dejo un fragmento de los dos.

Capítulo 1

Lo que una parada cardíaca tarda en correr cien

metros, cuánto pesa una vida de araña, por qué

mi tristón escribe al río cruel, y las mañas de

mago que se da el camarada jefe de lo inacabado

El abuelo Slavko me medía la cabeza con la cuerda de tender de la abuela, me estaba haciendo un sombrero de mago, un sombrero picudo de cartulina, y me dijo: en realidad, yo todavía soy demasiado joven para estas tonterías y tú, demasiado viejo.

Me estaba haciendo un sombrero de mago con estrellas amarillas y azules que arrastraban colas en azul y amarillo, mientras yo tijereteaba una hoz de luna y dos cohetes triangulares, uno tripulado por Gagarin, otro por el abuelo Slavko.

Abuelo, ¡con ese sombrero no iré a ninguna parte!

¡Eso espero!

En la mañana del día en cuya noche murió, el abuelo Slavko me talló una varita mágica a partir de una rama y dijo: en el sombrero y en la varita se esconde un poder mágico; si llevas el sombrero y agitas la varita, serás el mago de atributos más poderoso de los países no alineados. Podrás revolucionar muchas cosas, siempre y cuando lo hagas conforme a las ideas de Tito y en consonancia con los estatutos de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia.

Yo dudaba de la magia, pero no dudaba de mi abuelo. El don más precioso es el de la invención; la mayor riqueza, la de la fantasía. Recuérdalo, Aleksandar, dijo el abuelo seriamente cuando me puso el sombrero, recuérdalo siempre e imagínate este mundo más bello. Y me entregó la varita. Yo ya no dudaba de nada.

Acostumbra la gente a ponerse triste de vez en cuando a causa de los muertos. En nuestra familia esto sucede cuando se juntan el domingo, la lluvia, el café y la abuela Katarina. Entonces la abuela bebe a sorbitos de su taza favorita, la blanca con el asa agrietada, llora y recuerda a todos los muertos y las buenas cosas que hicieron antes de que la muerte se cruzara en su camino. Hoy la familia y los amigos han venido a casa de la abuela porque estamos recordando al abuelo Slavko, muerto desde hace dos días con carácter provisional y hasta que yo encuentre mi varita mágica y mi sombrero.

Los familiares que aún no han muerto son mamá, papá y los hermanos de éste: el tío Bora y el tío Miki. La abuela Fatima, madre de mi madre, se conserva bien, sólo se le han muerto el oído y la lengua, porque está sorda como un cañón y muda como la nieve que cae. Al menos eso dicen. La que tampoco ha muerto es la tía Gordana, esposa del tío Bora y mujer en estado de buena esperanza. A la tía Gordana, una isla rubia en el negro océano capilar de nuestra familia, todos la llaman Tifón, porque vive con una vivacidad cuatro veces mayor que las personas normales, anda ocho veces más rápido y habla catorce veces más aceleradamente. Incluso la distancia entre la taza del váter y el lavabo la cubre con un esprint, y en la caja del almacén hace la cuenta antes de que la cajera toque la primera tecla.


12/8/10

Perspectiva y tiempo en Benahoare



Para Belén B., que me escribe para que escriba
y porque me crucé con Miss Bennet
en el aeropuerto y me acordé de ella.

Otra vez el mar. Pero distinto. Como garfios escupidos por el volcán, la isla mete sus garras negras dentro del Atlántico. Ruge y araña la roca. Se agradece la ausencia de bañistas. Solamente el ruido de algún avión despegando precipitado rompe la tranquilidad de nuestra casa. El Fotógrafo ha tomado en un día 250 instantáneas y desespera, pues el color aquí ya es oscuro, ya tiene el efecto contrastado de sus manos cuando procesa las imágenes.

Ayer cenamos junto a la playa. Se escuchaban las canciones mediocres de una discoteca vacía. Le pregunto que por qué nosotros nunca hablamos de nuestras estrellas, como hace una reciente pareja de amigos. Entonces comienza una conferencia, al calor de un vino palmero, cuya resolución, media hora después y mientras despieza un jugoso solomillo y las apunta, a veces, con el cuchillo, es que nosotros estamos hechos (en este orden, recalca) de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno, como los astros que, desde aquí, parece que brillen casi tanto como hace un año en Tulum. Las estrellas nos maravillan porque están hechas del mismo material que nosotros. Así que supongo que prefiere mirarme a mí y darme la mano y poner esa cara que pone. A mí me da la risa porque El Fotógrafo se pone imposible cuando le hablo de cosas “científicas”, aunque esta vez, no fuera por ahí mi apunte.

Vengo de unos días de nostalgias idiotas por el paso del tiempo, la llamada de ayer de mi madre me tensó aún más. Que disfrute, me dice. Que aproveche. Que ahora no tengo problemas. En seguida me viene a la cabeza el monólogo que le hice a mi hermana en el tren de Algeciras a Madrid: la Erasmus es un gran año, no pierdas el tiempo, conoce gente, nunca más vivirás con tanta tranquilidad del aire. Así que supongo que todo es cuestión de perspectiva. Y de tiempo.

Una pareja se abraza, lo estoy viendo mientras escribo en la terraza y muere la tarde, sobre una roca en un promontorio. Él canturrea en la ducha una canción popular cuya letra se inventa. Tomamos un ron miel. Nos quitamos de la piel la sal y el sol. Y preparamos la cena.

(Y después veremos Machuca, punto para La Muchacha)

Benahoare es el nombre original de la isla de La Palma antes de que llegaran los castellanos a unirla a su fastuosa corona. Aquí estuvo el pirata Pata Palo.


Para muestra un botón, La Palma me recuerda al país que este verano extraño.

7/8/10

Cádiz: Alberto

Por la tarde, Alberto y yo hemos ido a pescar al muelle. No hemos conseguido nada más que estas fotografías de vacaciones. Le he prometido que mañana madrugaremos para bajar en canoa hasta el mar.

Es el pequeño de mis primos. Nació cuando yo tenía su edad. Es gracioso que, en las vacaciones familiares, compartamos habitación.


Pero hace mucho tiempo que es el único al que puedo abrazar. Por eso y por muchas otras herencias (nació con la misma carita y vicios que el abuelo, que había fallecido un mes antes), nos gusta estar juntos.