21/8/10

él es de aquí

de la tierra

Alineación al centro




de la altura





de la gente





castellano



El Real de San Vicente, agosto 2010

20/8/10

la maleta de libros

Preparo el viaje a Sarajevo releyendo el libro de Saša Stanišić Cómo el soldado repara el gramófono. Stanišić, de padre serbio y madre bosnia, nacido en la extinta Yugoslavia, escribe desde la memoria. No quiero decir que el libro se base únicamente en sus recuerdos junto a la ribera del Drina, sino que vierte en las páginas la poesía espontánea que tienen los recuerdos. Es una novela preciosa que me recomendó Lara y que le pasé a María para que llorase con ella (y eso hizo). Me lo llevé a La Palma y lo releí hipnotizada con el ruido del espectáculo del océano sobre la costa. Les dejo un fragmento de los dos.

Capítulo 1

Lo que una parada cardíaca tarda en correr cien

metros, cuánto pesa una vida de araña, por qué

mi tristón escribe al río cruel, y las mañas de

mago que se da el camarada jefe de lo inacabado

El abuelo Slavko me medía la cabeza con la cuerda de tender de la abuela, me estaba haciendo un sombrero de mago, un sombrero picudo de cartulina, y me dijo: en realidad, yo todavía soy demasiado joven para estas tonterías y tú, demasiado viejo.

Me estaba haciendo un sombrero de mago con estrellas amarillas y azules que arrastraban colas en azul y amarillo, mientras yo tijereteaba una hoz de luna y dos cohetes triangulares, uno tripulado por Gagarin, otro por el abuelo Slavko.

Abuelo, ¡con ese sombrero no iré a ninguna parte!

¡Eso espero!

En la mañana del día en cuya noche murió, el abuelo Slavko me talló una varita mágica a partir de una rama y dijo: en el sombrero y en la varita se esconde un poder mágico; si llevas el sombrero y agitas la varita, serás el mago de atributos más poderoso de los países no alineados. Podrás revolucionar muchas cosas, siempre y cuando lo hagas conforme a las ideas de Tito y en consonancia con los estatutos de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia.

Yo dudaba de la magia, pero no dudaba de mi abuelo. El don más precioso es el de la invención; la mayor riqueza, la de la fantasía. Recuérdalo, Aleksandar, dijo el abuelo seriamente cuando me puso el sombrero, recuérdalo siempre e imagínate este mundo más bello. Y me entregó la varita. Yo ya no dudaba de nada.

Acostumbra la gente a ponerse triste de vez en cuando a causa de los muertos. En nuestra familia esto sucede cuando se juntan el domingo, la lluvia, el café y la abuela Katarina. Entonces la abuela bebe a sorbitos de su taza favorita, la blanca con el asa agrietada, llora y recuerda a todos los muertos y las buenas cosas que hicieron antes de que la muerte se cruzara en su camino. Hoy la familia y los amigos han venido a casa de la abuela porque estamos recordando al abuelo Slavko, muerto desde hace dos días con carácter provisional y hasta que yo encuentre mi varita mágica y mi sombrero.

Los familiares que aún no han muerto son mamá, papá y los hermanos de éste: el tío Bora y el tío Miki. La abuela Fatima, madre de mi madre, se conserva bien, sólo se le han muerto el oído y la lengua, porque está sorda como un cañón y muda como la nieve que cae. Al menos eso dicen. La que tampoco ha muerto es la tía Gordana, esposa del tío Bora y mujer en estado de buena esperanza. A la tía Gordana, una isla rubia en el negro océano capilar de nuestra familia, todos la llaman Tifón, porque vive con una vivacidad cuatro veces mayor que las personas normales, anda ocho veces más rápido y habla catorce veces más aceleradamente. Incluso la distancia entre la taza del váter y el lavabo la cubre con un esprint, y en la caja del almacén hace la cuenta antes de que la cajera toque la primera tecla.


12/8/10

Perspectiva y tiempo en Benahoare



Para Belén B., que me escribe para que escriba
y porque me crucé con Miss Bennet
en el aeropuerto y me acordé de ella.

Otra vez el mar. Pero distinto. Como garfios escupidos por el volcán, la isla mete sus garras negras dentro del Atlántico. Ruge y araña la roca. Se agradece la ausencia de bañistas. Solamente el ruido de algún avión despegando precipitado rompe la tranquilidad de nuestra casa. El Fotógrafo ha tomado en un día 250 instantáneas y desespera, pues el color aquí ya es oscuro, ya tiene el efecto contrastado de sus manos cuando procesa las imágenes.

Ayer cenamos junto a la playa. Se escuchaban las canciones mediocres de una discoteca vacía. Le pregunto que por qué nosotros nunca hablamos de nuestras estrellas, como hace una reciente pareja de amigos. Entonces comienza una conferencia, al calor de un vino palmero, cuya resolución, media hora después y mientras despieza un jugoso solomillo y las apunta, a veces, con el cuchillo, es que nosotros estamos hechos (en este orden, recalca) de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno, como los astros que, desde aquí, parece que brillen casi tanto como hace un año en Tulum. Las estrellas nos maravillan porque están hechas del mismo material que nosotros. Así que supongo que prefiere mirarme a mí y darme la mano y poner esa cara que pone. A mí me da la risa porque El Fotógrafo se pone imposible cuando le hablo de cosas “científicas”, aunque esta vez, no fuera por ahí mi apunte.

Vengo de unos días de nostalgias idiotas por el paso del tiempo, la llamada de ayer de mi madre me tensó aún más. Que disfrute, me dice. Que aproveche. Que ahora no tengo problemas. En seguida me viene a la cabeza el monólogo que le hice a mi hermana en el tren de Algeciras a Madrid: la Erasmus es un gran año, no pierdas el tiempo, conoce gente, nunca más vivirás con tanta tranquilidad del aire. Así que supongo que todo es cuestión de perspectiva. Y de tiempo.

Una pareja se abraza, lo estoy viendo mientras escribo en la terraza y muere la tarde, sobre una roca en un promontorio. Él canturrea en la ducha una canción popular cuya letra se inventa. Tomamos un ron miel. Nos quitamos de la piel la sal y el sol. Y preparamos la cena.

(Y después veremos Machuca, punto para La Muchacha)

Benahoare es el nombre original de la isla de La Palma antes de que llegaran los castellanos a unirla a su fastuosa corona. Aquí estuvo el pirata Pata Palo.


Para muestra un botón, La Palma me recuerda al país que este verano extraño.

7/8/10

Cádiz: Alberto

Por la tarde, Alberto y yo hemos ido a pescar al muelle. No hemos conseguido nada más que estas fotografías de vacaciones. Le he prometido que mañana madrugaremos para bajar en canoa hasta el mar.

Es el pequeño de mis primos. Nació cuando yo tenía su edad. Es gracioso que, en las vacaciones familiares, compartamos habitación.


Pero hace mucho tiempo que es el único al que puedo abrazar. Por eso y por muchas otras herencias (nació con la misma carita y vicios que el abuelo, que había fallecido un mes antes), nos gusta estar juntos.

23/7/10

estoy aquí

No escribo porque estoy esperando
y reconstruyendo.
Dejándome soplar por la noche de Madrid bajo las sábanas

y viviendo.

Hasta agosto.

30/6/10

Primero A y primero B




Cuando murió la mujer de B, su caminar se volvió lento. En el rellano, si le sorprendo intentando meter la llave en la cerradura, se gira despacio, me mira y apenas hace un gesto leve con la cabeza. Llevamos dos años viviendo puerta contra puerta y aún no sabe que las chicas morenas, exactas para él, con las que pretendía ennoviar a su hijo, B también, se marcharon poco a poco de la casa. Hoy le he sentido intentando llevarse la maceta que tengo, desde hace ni se sabe, junto a mi puerta. Es mía, me dice cuando abro una ranura. No, le reto, me la regaló mi tía hace un año. Yo traje las aspidistras, todas son mías, insiste. Si quieres alguna, pídemela. Me quedo quieta, intentando no romper la ceremonia de robo que le está costando la vida, y le ayudo a ponerla junto a su puerta. B, le digo, sí, quiero una planta, ¿me la puedes traer? Para qué, llévate esta misma que tengo aquí. Entonces, con un pie flojo, le da unos toquecitos a mi ya ex maceta de barro. Bah, y cierra sin fuerza suficiente como para dar un indignado portazo.

Como otras noches de verano, bajo a regar el patio, me mojo adrede los pies, recorto algunas hojas, me planteo hacer un curso de jardinería y, cuando estoy a punto de terminar, B vuelve a salir de su casa. Me temo entonces lo peor. Pero, ignorándome, cruza diligente y perfumado y abre la puerta del portal. Una mujer canija entra y se sienta junto a él en el banco. Charlan a un ritmo extraño para mí. Ella, mano sobre mano sobre la falda quieta. Les dejo allí esperando la caída de la tarde, con el olor de la tierra mojada. Nunca le había visto sonreír. Cuando subo, la maceta ha vuelto a estar en mi puerta.


Anexo: Una semana después, B junior portó para B una enorme aspidistra que dejó en nuestra puerta.

23/6/10

compañeros


Echo de menos a Younes. Le conocí en Janine Jato, rincón de Orán, cuando la ciudad era salpicada por explosiones. Recuerdo sus ojos azules, sobre todo, en medio de los escombros. Buscaba a su padre en el puerto. Era un niño.

Lo supe ayer cuando caminaba de vuelta a casa, despacio, por San Bernardo. Acababa de dejar solos, esa misma tarde, a Lucas y Claus. O a sus fantasmas. Tardé en reconocer la angustia que precede a ese sentimiento. Creo que, entonces, me parecí a Hannah, incapaz a pesar del deseo de articular palabra frente al chiquillo.

Crucé el patio de nuestra casa y me detuve frente a la parra virgen. No acaba de echar flor. Como si estuviera en aquella habitación de cristal. Tal vez sea eso, que en Madrid, a la naturaleza le resulta muy difícil embestirnos.


12/6/10

Carta a Emily Dickinson

Querida Emily:

Te escribo una carta que no recibirás pues no confío en más que en la carne que me sostiene viva. Como aquel gusano rosa que una tarde se coló en tu habitación. Mientras leía Crónica de plata, me he preguntado muchas veces qué pensarías hoy de la literatura. De nosotros, los aficionadamente expuestos, de todo lo escrito para ser leído como un objeto de mercadeo. Con qué fin llenaste tú tu día y tu noche de palabras, con qué afilada mira clavaste el dardo donde se mantiene tu verso, de qué te alimentabas si no fue de mundo, cómo nunca perdiste el juicio, cómo hablaste del amor sin sentir el húmedo peso de otro cuerpo. Qué les digo de ti a los descreídos de la honestidad del poeta si solamente viviste dentro de tu blanco límite.

Querida Emily refugiada. Fuiste de paso cobarde y sílaba viajera. Qué pensarías de esta cueva, de encontrarnos reunidos, discutiendo sobre las ediciones de tus poemas. Sentados frente a la inmensidad de todo lo arrasado, lo brutalmente desaparecido, la muerte, una por una, de todas las creencias.

Si cuestionaste a Dios, por qué sentarte a esperar la noche.

Aroa



A través del mensajero Nán, Emily respondió...



Fotografía de David Ruiz





Poeta Aroa:

Si la Poesía cambia la Vida, ¿cómo dudas de que no haga lo mismo con la Muerte? ¿O de que no pueda leer tu carta o contestarte? Piensa en Dante, recorriendo lo que no existe guiada por Virgilio, que ya no existía. A mí también todo me entraba por la carne en los primeros años. La Naturaleza te traspasa si cumples la condición de la intensidad: ese es el requisito previo del Poeta. Sea una abeja y un petirrojo, o el húmedo peso de otro cuerpo, o lo que quieras imaginar que pueda sentirse, si no hay intensidad, un claveteo obsesivo del afuera en el adentro, no hay Poeta. El objetivo exterior del Poeta es indiferente. Solo cuenta que sea una tarea que esté más allá de lo posible.


Pero la naturaleza es todavía una extraña:
Los que más la citan
Nunca han traspasado su casa embrujada,
Ni han simplificado su fantasma.

La carne es el ojo de entrada, lo demás es la disciplina de la mente.

No hay Fragata como un Libro
Para llevarnos a lejanas Tierras
Ni corceles como una Página
De briosa Poesía –

Tras la intensidad, viene el mundo propio, creado dentro, pero no reflejado: un destilado de la Creación en la creación, cuando esta es ya un Mundo nuevo.

“El ojo que no lo ha visto” puede ser
Común entre los ciegos
Pero no consintamos que la Revelación
Se detenga por tesis como estas –
He decidido contestarte así como podría haberlo hecho de otro modo y orden, siguiendo siempre mis Poemas. Llegué de joven hasta el mar y los cerros, me quedé después en el campo abierto, limité mis pasos al jardín, pasé a habitar solo la casa y, al final, únicamente la segunda planta. Las restricciones fueron inversamente proporcionales al crecimiento de mi mundo. Equilibrio y honestidad. No pude, por los tiempos, editar mis poemas, pero ahora están ahí. Porque, acumulada y vivida la Experiencia que te he relatado, ante todo fui Poeta: conocí la Tradición. Dominé la Lengua. La forcé, para expresar lo que no había sido expresado. Los pocos de entre los pocos que lean despacio mi obra, entenderán lo que te digo. No es éste un oficio destinado a la mayoría.

Poeta Emily Dickinson


La percepción de un objeto cuesta
Precisamente la pérdida del Objeto -

***
Una carta es un gozo Terrenal -
Negado a los Dioses -

7/6/10

viaje

Mientras leía aquella información sobre los nabateros de Aínsa, pensé que volver a Madrid sería terrible. Los nabateros cortaban grandes árboles que hacían descender por el Cinca y el Ara hasta llegar al Mediterráneo. Se jugaban la vida sobre ellos uniendo unos troncos a otros hasta construir inestables balsas que se deslizarían sobre la agitada corriente de los hijos acuáticos del Monte Perdido. Luego, tomamos café bajo el vuelo eficaz del quebrantahuesos, boquiabiertos ante la herida azul del deshielo y la piel manchada de la piedra con los últimos restos de la nieve. Pensamos en las piernas heladas de los que cruzaron a pie las fronteras. Le cuento cómo mi abuelo perdió todo el pelo de las piernas durante una helada en Peguerinos. Hablamos de las últimas guerras. Salpica entonces el aire de la primavera tibia y justo en la plaza del pueblo se celebra una boda. Me divierto eligiendo el mejor de los vestidos y observando el trabajo de equilibrista de las mujeres sobre el adoquinado antiguo. Todo está lleno de flores y, simpático, un perro, exactamente igual al mío, descansa en una sombra angosta de la tarde. Luchamos contra los principios inertes de la deshonestidad urbana. Tomamos sangría. Sentimos el cansancio azucarado de nuestros gemelos. Ponemos fecha para las futuras palabras y nos jugamos, como tahúres, nuestro próximo viaje. Y es entonces, cuando nuestra sombra, cogida de la mano, se alarga bajo el castillo viejo, y emprendemos bajo una catarata de montaña, nuestro regreso a la ciudad.



A través del cielo que recorta el patio de nuestra casa, asoman las estrellas de junio. Vaciamos una botella de vino con Clara. Cenamos quiche, alabamos el paisaje y rifamos la suerte de lo próximo. Sin miedo. La hija de Robert Poste, ahora mismo a mis pies, sobre la cama, espera que termine de escribir. Qué grande es la sensación de cerrar un libro. Y dormir con cientos de kilómetros andados.

31/5/10

La frontera nos espera al final de esta semana. No soporto contar más segundos atrás.

Necesito un paisaje violento. Y hermoso.

Firma de Juan Carlos Mestre en la Feria del Libro de Madrid

15/5/10

mojada


Arrastro por Almirante una humedad de esparto atada a mi pisada.
Podría ser aquí, en esta tienda de ropa de cristales,
donde tú y yo, otra vez, nos encontremos, y no sepamos
si nos conocimos antes de ahora o fue quizá
una alucinación, una espiga en la espalda, la imagen
de una pierna flotando en un canal.
Ahora que no crece de mi carne la letra
y de lo barroco poco recuerdo más
que salir del hotel a media noche,
escuchar una bronca bajo la bombilla roja
de un barco,
lamentar al regreso
el tosco vaivén de tus motores.

(escrito en la cabeza caminando de vuelta a casa un día laboral cualquiera bajo la lluvia)

11/5/10

Cosas que me dicen



S. y yo nos preguntamos, camino a Salamanca, qué sentido tiene. Al menos, me dice, tengo un lugar donde regresar para envejecer. Yo no, respondo. Ya estoy en ese lugar. El Sol cae sobre Castilla especialmente verde. Recordamos, mucho antes, cuando estuvimos allí, cada uno de una forma, jóvenes.
Quien no es comunista y se quiere comer el mundo a los 20, está loco. Y quien se lo quiere seguir comiendo a los 40, también, me dice un periodista retorciendo la cabeza desde su asiento en el bus que nos devuelve a Madrid. Y yo que, como decía mi abuelo, ya estoy más cerca de cumplir 40 que 28, hago oídos sordos.
Un mexicano simpático me deja en la puerta de casa. Qué fea está la cosa allá, ¿no? Sí, contesta. Yo soy de Sinaloa, así fue siempre para mí. Lo malo es cómo se extiende la mancha.
Y mientras el narco empuja desde el norte, entro en mi casa por primera vez en mucho tiempo antes de las seis de la tarde.


9/5/10

Sukram




Ganem echa el yogur sobre el pan. Abriendo mucho los brazos, espolvorea en la sartén enorme pistachos molidos y me dice: nosotros pensamos que Líbano, Siria, Jordania y Palestina son lo mismo. Luego vinieron los franceses, los ingleses, en fin.

Esto se llama Fatush.

Llevan cuatro días cocinando para la fiesta, en la mesa hay decenas de platos a los que no sé ponerles nombre. Un niño corre por el jardín buscando la pelota que Yasmine le tira. La madre sonríe desde lejos. El embajador se derrama el vino sobre la camisa de rayas. Yo me siento junto a un hombre del que no he podido aprender aún su nombre y al que he seguido en coche desde Madrid.

Todos se conocen de allá, cuando mojaban los pies cansados en una acequia de Damasco, de la facultad de medicina, de los arenales donde hoy se levantan difíciles edificios. Nosotros conservamos a nuestros amigos. Son familia para siempre. Y desde siempre, me explica Gualib. Me conmueve la hospitalidad, el roce de sus manos al hablar. Todos saben cómo me llamo, lo pronuncian Arúa, que es un nombre árabe. Significa bonita.

A la hora del té, me retiro de la reunión y salgo a la terraza. Una mujer me dice que fuma tabaco negro porque el rubio tiene ramitas y la picadura es basta. Ahora sé que es cubana. Y que nunca pudo regresar. Son las cosas que tienen las dictaduras, dice. Toma el té sin azúcar.

A veces me pregunto forzada qué hago allí. Rula me trae más vino, me sonríe, dice que es feliz. No había vuelto a probar namura desde que vivía en Palestina. Es difícil dejar de mirarla hablar en su lengua, gesticular, recibir el sol de la sierra.

Cuando regreso a Madrid, comienza la tormenta.

2/5/10

Para decir que no

Trajimos fituk del mercado.

Yo misma rellené la carne.

Te hubieras reído al verme meter dentro de su cuerpo pelado las semillas verdes, aplastarlas con los dedos, retirar la cara, muerta de asco. El cuerpo de un ave sin pluma muere sin virtud, sonrojado para siempre en los hornos de las casas. Quería contarte esto. Sentados en la escalerita de la puerta, viendo caer abrupta la tarde como un telón de vientos.

Mamá tuvo luego las manos llenas de virutas naranjas, heridas de óxido.

Saida y yo estábamos contentas. Nos retocábamos insistentemente el Hiyab. Esperamos encaramadas al escalón, verte aparecer por el valle del Ksab, al pie de nuestra casa. Con tu traje marrón, más holgado tal vez, como te fuiste. Algunas canas nuevas, arrugas que yo te estiraría con las manos hasta encontrarte.

Regresarías el mismo día que las ballenas cruzaran el Estrecho. Agitando las olas. Por eso, esta calima gris sobre nosotros, la presión en las sienes.

Sobre la mesa ha quedado el pavo, el trigo ablandado dentro. Arrugándonos las tres. La tristeza es un sentimiento que huele a humedad cerrada.

Pero no has llegado. No sabemos de ti.

Por eso te envío esta carta al otro lado.

Sin saber qué te impidió subir al ferry. Cruzar nuestra frontera.

Y mamá agarrada desde siempre a la baranda vieja.

Y volver a encontrarte con las mujeres de tu vida, arrinconadas, en esta esquina del océano.

Foto de David Ruiz, cuando cruzamos por primera vez el Estrecho en marzo de 2010

28/4/10

cuál me llevo

Hay una biblioteca en Redfield Hall. Tiene un jardín. Su alegre bibliotecaria no te deja escapar sin un libro en las manos. Ella sabe muy bien qué decirte para que no te lleves los ojos vacíos. Pues me ha dado un premio. Algo que tengo que pasar a los demás. Y qué mejor forma que contando, tres años después de que este cuaderno de bolsillo echara a andar, las mejores compañías de hoy y de este tiempo para el viaje que un día emprendieron las pléyades, así sin pensar mucho:

Panopticon ( Y la cama sin hacer) – Blog de fotografía de David Ruiz. Por el Madrid que me enseña a través de sus ojos. Jiji...
Guarda tu amor humano – Todo lo que trajo y trae y por cómo escribe y por cómo es y por lo que me falta en el cuarto sin ventana... y en la cocina y.
Las playas de Siberia (y el Camarote 503) – por la magia de hacer cosas en común a través de la literatura
Ángeles sobre Berlín –otro cielo es posible
Marcella y su vestido a rayas – que nadie pierda ya nunca de vista a la nostálgica y gafapasta bocarroja
Ideas y fragmentos - Por la constancia y porque hoy hace calor y, probablemente, sus personajes, cómo no, suden. Son así de lógicos y aplastantes.
La nave de los locos – Por la entrega diaria de literatura. Yo estoy perdida.
Phoeticblog – Detrás del que hay una mujer misteriosa que no sé ubicar en los mapas.
A filla do mar – Poco llego a su orilla, pero cuando lo hago, disfruto tanto...

Y, a La bibliotecaria de Redfield Hall, que sonríe detrás de sus gafitas, todo el día leyendo y prestando sus libros a todo el que pase por su jardín.

Se me quedan mil en el bolsillo que han estado o están: los universos perpendiculares, áreas de descanso donde recalar, sin duda, los viajes de Dani, la amiga Erato, el que se debatía entre Boston y el kalimotxo, aquel blog de los cuatrocientos mares, tan fantástico, tan al principio, el Cardhu, el de Gemma, la constancia guillesca, oh la locura del trompetista invisible, la silla del hombre sentado sobre ella, ...los que observo desde la sombra cibernética, ...

27/4/10

Vana en el Café Gijón



El hombre sentado frente a mi mesa de mármol mastica decorosamente una bocanada de gallo. Se parece tanto a aquel que conocí durante una época longeva de mi vida que, a ratos, dudo de la coincidencia. Tiene los rasgos afilados. Es, literariamente, guapo. Se sienta junto a él un adulto incipiente y rubio. La iniciación a la madurez temprana la marca la corbata y cómo mira, mientras mastica con una mano levemente caída bajo la barbilla, a sus compañeros. Son seis en total. El incipiente observa cómo les cuento con movimientos de los ojos.

El personal del café es antipático y masculino. Escucho sorber la sopa al amigo sentado a la derecha, rubito también, y asimétrico, que hojea la revista del café y pregunta por un señor de barba apuntada que aparece en una fotografía vieja.

Parece que los espejos fueran a vomitar algún fantasma.

Aunque es el primer día de dura primavera, he decidido huir del sol al interior, para no arrugar el flequillo. Hasta las 15.15 tengo tiempo.

Luego cruzaré con prisa la Castellana, la que se ve artificial como una cicatriz en el vientre de la meseta desde los aviones de regreso. Entonces pensaré en la primavera de todas las ciudades donde he vivido. Me volveré ansiosa en los semáforos y en cinco minutos estaré en mi silla con la sensación de haber engullido el mediodía, la insatisfacción de no haber escrito un poema, de no enterarme, a secas, de lo que pasa más allá de mi ventana, donde me alegra, y culpa con su flor, el jazmín que compramos el sábado de vuelta de casa de sus padres.

PD: ni el café ni el texto valen los 3,70 €

20/4/10

Ya sé que esto últimamente parece la Guía del Ocio pero...

La Luna llena y blanca
alumbrará La Noche de los Libros
y nosotros
de costumbres
estaremos en El Ladrón de Tinta
jugando con las palabras.
Habrá concurso de microrrelatos.
Y papel y lápiz.
Organiza el Bremen, ese trasatlántico.

18/4/10

a diario



Al final de los días no hay dolor.
Solo llegar a casa
____________y encontrarte.

8/4/10

El verso que no cesa - Homenaje a Miguel Hernández

por si quieren asistir
invitados están
faltan aún algunos nombres
se irá ampliando día a día hasta el 14
más información aquí

5/4/10

mudanza

Primero estaba yo, sentada una manta rayada de Sayulita - el miedo afilado a los pelícanos- en el suelo, la postal que recogió la rabia sobre el puente de Praga y el espacio perfecto para criar un gato siamés

o un poema.

A veces, por la noche, escondite para la sed, requería unas manos.
Una imagen que conquistara mi espacio en blanco.

Y
_ entonces
_________él.