23/8/09
Tulum
18/8/09
Una vez pasada la revolución que supone
volver
a
partir.
Tal vez pueda escribirles algo. O a la vuelta. Unos versos (qué significaba esa palabra) apresurados
qué se yo, un parrafito que contenga esta humedad, este verde brillante de las montañas
que hacen frontera con Chiapas. El herido manglar.
Este abrazo compartido.
El imán
Aroa-tierra.
Nuestra deshidratación.
El más allá.
Este mirarme a través del calidoscopio desmontada hace años
y ahora
como un símbolo azteca en una piedra, dispuesta para la lucha.
Así es.
Como una espina. Como violencia y calor. Un destiempo.
No sé. Así que David, lo cuenta mil veces mejor.
Acá andamos. Durmiendo en los camiones, despertando junto a un nuevo amigo.
Mañana a San Cristóbal.
Y rumbo al azul Caribe.
11/8/09
6/8/09
30/7/09
YOUR LIGHTS ARE BADLY BURNING
Para Alejandro, por el paisaje
Le gustaba escuchar aquella canción, cada tarde, y bajarse en Chapultepec, en el nacimiento de la avenida tomar perspectiva y caminar hasta su casa. Las manos en los bolsillos, la cabeza bajo la visera y controlar los pasos al ritmo de la música. Siempre, cuando la rola daba el subidón, él franqueaba el cruce entre Puebla y Sonora y seguía caminando, distraído; a veces atento a la cochambre que iba rodeando la colonia, la vieja escuelita, el parque, los niños, los vecinos de siempre cada día más arrugados. Cuando llegaba al departamento, ella ya tenía la cena prevista. Tomaba un vaso de jugo de piña y se encerraba en la habitación. A veces, recolocaba la colección de muñecos de Star Wars, a veces conectaba el ordenador y hablaba con los amigos, perfilaban el plan del fin de semana. Otras, se asomaban a la ventana y fumaban medio cigarrillo entre los dos, de esto no morimos, se decían. Él se entristecía planeando dar un giro drástico a sus vidas, tal vez Madrid o Viena; ella se concentraba calculando los minutos de cocción para la salsa de los rancheros. Los edificios destilaban olores desde los comales, respiraban la polución y el hormigón vencido y la tarde caía indefinida y rosácea más allá de las últimas montañas. Luego se sentaban en silencio, habían aprendido a intuirse las palabras y se comían la cena con verdadera precisión de movimientos. Él, atento a la televisión; ella, contando mentalmente las horas de sueño que iba a poder descansar aquella noche. Cómo se llamará la soledad cuando son dos los que la habitan, callaban. Por la noche se tumbaba en el sofá, veía antiguos conciertos de Los Beatles, reposiciones de películas de los ochentas y ella repasaba las facturas y las horas se le iban en cuentas interminables de restas de los saldos, fondo de la vieja caja de los ahorros.
Entonces no había problema. La tensión se instalaba en toda la casa por las mañanas, con la espera de las noticias, cuando prendían la radio y les parecía que los boletines horarios eran siempre los mismos. A él le comía las entrañas un feroz aburrimiento. Ella le había cosido un cuaderno de hojas sucias para que escribiera, había llegado a desempolvar hasta la vieja guitarra para entretenerlo. No sabía qué hacer con aquel hombre siempre en pijama, siempre dolorido de futuro. Aquel hombre que antes llegaba silbando y aliviado de verla y al que, ahora, parecían incordiarle su presencia y la luz del día como a un vampiro solitario. Se convirtieron en dos fantasmas que compartían una casa encantada, sombras.
Para él, la noche era la mejor parte del día. No tenían por qué disimular que no tenían ya ninguna conversación que mantener. Your lights are badly burning, se repetía al dormir, Your lights are badly burning. Y, entonces, en sueños, al menos, volvía a ver al muchacho que era, bajando desde Chapultepec, con la ciudad ardida entre el tráfico y la historia, con su visera y su chaqueta de pana, caminando hasta su casa, reconociendo cada rincón de la colonia y respondiendo a los vecinos, simpático, que no podía adelantarles nada del argumento de aquella telenovela en la que trabajaba, la que la cadena suspendió cuando los besos comenzaron a ser el mejor arma de contagio de la hoy vencida pandemia.
22/7/09
Ella venía del otro lado del río. De los cables de la luz inadecuados, del ladrillo naranja y las ventanas que tiemblan al paso del autobús rojo, el 6, el 60, números de la infancia en la boca de la abuela. Venía del olor a tierra escueta que ofrece una maceta de barro. Sabe que es de ahí porque inevitablemente recuerda el rombo de las aceras de lo que fue periferia cuando las camina. Segunda generación de emigrantes castellanos y extremeños a la capital, ningún exotismo raro, frente marchita y dolor en el alma callada sobre la miga de pan en el mantel viejo. Gota de vino de cartón gaseoso. Reconoce la humedad que desprende la fruta en las tiendas viejas, ese olor a madurez dulzona y oscuridad.
Lo sabe porque, a veces, cuando va a visitarle a él a su casa y el calor traspasa el muro blando y la calle está ahí asomada a su dintel, ahí donde ahora llegan los de fuera otra vez, piensa que podría ser el mismo barrio al que hace más de 50 años emigraron otros, y vivían 10 en una casa de 50 metros cuadrados y había sopa para todos, donde las calles fueron de arena y los niños jugaban al balón, a las chapas, a los bonis, a las tabas con los huesos de las patas de algún animal comido.
18/7/09
motivos
15/7/09
7/7/09
El pelo de mi madre remonta las olas. Luego se queda muy quieta, piensa en algo, coloca una hilera de piedrecitas blancas sobre su muslo y deja que el agua le baje la temperatura de los pies. La carne se estremece como un cefalópodo recién echado al puchero. Luego colecciona su nombre en distintos saltos. Lejos de ella, un inglés sostiene su vieja figura en una instantánea sobre el fondo desdibujado de Gibraltar mientras dice cheese y sonríe y algo brilla rodeando su cuello. Su mujer, morena blanda macheteada por los rayos corre y le abraza. Unos niños agitan sus manos como anquitas de tierna rana. Mi madre ahora canta y la voz remonta la espuma. Asoma en lunares el final de las piernas de una púber extranjera. Yo quiero llegar al otro lado, dejar mi pie caer en otra orilla, tener la misma sensación de aquel que contempló la tierra por primera vez desde la Luna.

El estrecho desde ... no sé
A mí el estrecho me estremece. 14 kilómetros, corrientes fortísimas bajo el agua, enloquecedores vientos. Ahora me viene a la cabeza aquel poemas de Fronteras que leimos hace un tiempo en casa de un amigo. No sé si habrá una más profunda y estrecha. Un extraño lugar que miro con ojos extraños.
3/7/09
Súbete a bordo
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29/6/09
que he salido
Cuando llegaba a mi casa, con el sol pesando sobre el pelo, moría Alfonsina Storni entre mis manos.
Estos últimos días en los que hemos vivido las dos en la Argentina de principios de siglo, he aprendido a quererla. Yo, que desde que un amigo ingrato me dijo que le recordaba a ella quién sabe en qué aspecto (tal vez en la nariz chata), tenía cierto escepticismo hacia su, yo pensaba, romántico final.
Pero Alfonsina fue valiente y habló con mayúsculas de temas que, hasta entonces, para las mujeres, habían estado prohibidos. Porque esta mujer de pelo blanco desde joven, “como la Luna llena” describió Gabriela Mistral, fue muy inteligente y pionera y se atrevió a mostrar su ironía en los círculos intelectuales donde, hasta ese momento, no había respirado una mujer.
Su vida no fue fácil, ni tampoco su forma de pensar. Alfonsina defendió, tal vez sin saberlo, la igualdad.
Cuando en la estación de Buenos Aires se despidió de su hijo con un ancho abrazo y partió en el tren hacia Mar del Plata, Alfonsina ya había decidido que ella vencería la carrera de la vida a la enfermedad que padecía. Y una noche de tormenta, vestida de blanco, avanzó con las pocas fuerzas que le quedaban hacia el mar.
Antes envió una carta al periódico La Nación con su último poema, para que pudiera publicarse cuando se conociera la noticia.
Dientes de flores, confía de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme puestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Pónme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes, te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que te olvides. Gracias... Ah, un encargo,
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
24/6/09
Mientras
yo duermo
una hormiga más consigue traspasar el infalible hermetismo de la ventana con la que un ucraniano, hace ahora un año, decidió limitar mi casa contra el mundo y
un hmbre
en el pasaje invisible y subterráneo
bajo el Banco de España
orina sus cartones.
Mientras yo duermo, una mujer levanta los dos brazos al Sol como pidiendo agua a diez mil kilómetros en cualquier dirección de esta mesa donde un vaso y dos pasos me separan del grifo.
El trozo de madera no contesta, pero sabes imaginar que te dice: calma, ya llegarán tiempos mejores, ponme la otra mejilla, perdona al enemigo y sufre un rato. Mientras
yo
duermo
un limón pierde la vida sin más en la cocina de una casa de la costa oeste
de un país que aun no he visitado y una frágil aeronave aterriza en el Golfo de México y los pasajeros aplauden allí mismo donde yo regresaba y dos amigos, sin aviso, llegaron a esperarme.
Mientras, a la sala de urgencia de un hospital privado llega una madre a punto de estallar de decir: este es mi hijo, lo gestamos una noche de Luna y sin conciencia tiene mi boca se comerá el mundo y se llamará así porque nos da la gana, pero se queda a punto y
sin embargo
solamente será bautizado. En el nombre de otro, entre el murmullo hueco, será bautizado.
Y, a la vez que la vida, el rostro incendiado de uno que ya estuvo que ya erró y amó a una mujer o no
porque es el amor igual en todas partes pero algo como el amor puede entenderse tan distinto,
viaja por el río haciéndose ceniza.
Ahí todos iguales.
Esta es la lucha:
leve:
diagnosticable enfermedad de nuestro tiempo:
el desbloqueo
de la ventana.
Un día contaré la historia de Cecilia, la niñita cordobesa que aparece en la fotografía en 2005 aún con el lanugo y que, pobablemente, ya sepa decir su nombre.
19/6/09
movimiento
17/6/09
nocturno
Encima de la cama: la caja de las cartas amarilla y El Libro de los Prodigios donde yo aprendí a leer. Y a quién le importa. Todas mis vainas reunidas junto a mí: los trabajos y los versos, lo olvidado, las cerillas, las encendidas tardes de aquella habitación. El mal bajío.
Ahora puedo irme sin cruzar el umbral.
Leo de noche y comienza a llover al otro lado y dentro.
Yo soy la niña que teme que se enloquezcan las células de su alma. Terrorismo tabú del cuerpo contra el ser humano.
Yo soy la niña.
Que teme.
Metabólico cambio de las esencias.
Contraer la elegancia en su justa medida, si se desborda la falda al caminar a quién a quién le importa.
Qué más darán los geranios si nunca serán quebrados por ninguna mano.
El sol cae sobre el Atlántico. Y seguirá cayendo aunque no estén mis ojos para mirarlo.
Pero nadie dirá si es hermoso. Él científico así me lo dijo una tarde. Me lo dijo lleno de ojos.
Y luego un dolor de cabeza y la tensión en el labio superior, extremo izquierdo.
Ya palpita el herpes neurótico.
Ahora escucho a un perro obscenamente pequeño que pone tilde a la Luna
donde nadie me busca.
15/6/09
Intuición
Era muy pequeña la primera vez que pensó que su padre no estaría ahí para siempre. Lo era cuando metió la cabeza debajo de la almohada y lloró como nunca más lo haría por algo que aún no había sucedido.
.
Foto del album familiar, El Rastro, Madrid, años 40
12/6/09
7/6/09
vídeo de la presentación
Ahí va el vídeo que se puso en la presentación de 'Veinte años sin lápices nuevos'. Es la versión no definitiva, a falta de que Charo Ruiz le diera su mágico toque de varita audiovisual. Es todo lo que una pudo hacer con este ordenador pobre de memoria y muchas ganas de contarlo de otra forma.
Las fotos son de David Ruiz.
Los videos están grabados en Córdoba (Veracruz) y Moncloa (Madrid) por una que va siempre con la camarita en el bolso... Autoridades de tráfico: por grabar conduciendo no se multa, ¿no?
Las entrevistas que, en este video, aparecen sobre negro (paciencia), son fragmentos de pistas de un CD que se llama 'Oda a la otra canción popular mexikana'. Son Jose Luis Parra hablando de tiros por la espalda desde el propio equipo y de Mastuerzo (Francisco Barrios de 'Botellita de Jerez'), un músico mexicano al que tuve oportunidad de entrevistar una mañana de zumo de naranja y de resaca de debate ideológico en Utopía, ah qué tiempos.
Cuando vuelva mi directora de cine favorita de su exilio sureño, le pediré la versión final ligera para que pueda sostenerse en esta página.
Por cierto, no es listo el video para seleccionar el frame de portada ...
Nán, va por tí.
Espero que les guste.
6/6/09
4/6/09
Cartas con el Emir (fragmentos)
Estos días, a raíz de la presentación de vuestro libro he pensado que quizás el poeta y las palabras tengan una relación similar a la del niño con el aprendizaje del lenguaje.
Primero descubre las palabras, su fuerza, su sonoridad, sus significados.
Después empieza a ser consciente de que puede expresar sus emociones y sentimientos con ellas.
En una tercera etapa, asciende un peldaño y consigue provocar emociones y sentimientos en los demás.
El paso trascendental se da cuando además de lo anterior es capaz de formular con palabras ideas propias, creaciones originales, razonamientos, teorías, explicaciones. Comienza la gran labor: descifrar signos y establecer una cartografía primitiva.
Pero la última puerta que ha de atravesar es el gran descubrimiento: las palabras pueden curar el cuerpo y el alma.
والشعر
Para mí, la poesía es algo natural (y con esto no quiero decir ni mucho menos que lo lleve dentro o nada sobre dones ni talentos, prefiero pensarme alegre aprendiz de artesano para siempre) sobre lo que me cuesta escribir teoría. Como cuando uno respira y piensa a la vez cómo lo hace. Al menos, yo, me angustio con el aire. No sabría explicar el ritmo con que inspiro, ni cuando decido que necesito más.
Solamente puedo explicar cómo llega a mí de pronto esa necesidad. Hay una imagen, una situación, algo que me sucede normalmente en los sitios menos propicios y poéticos que se me empieza a revelar con verso (porque los reconozco así cuando llegan). Entonces, tengo que cerrar los ojos y salirme de ahí, sustraerme y arrancarle de cuajo cuatro palabras, casi siempre con poca suerte. Cuando eso sucede, me siento aquí y las ordeno sin premeditación y con poca corrección y las escucho y ellas son las que dicen hasta aquí o dicen, con todo el dolor, deshazte de nosotras.
Si le soy sincera, la escritura de alguno de los poemas de ese libro nuevo al que no he vuelto por pudor, me sacaron una lágrima al terminar. Pienso que a todos nos mueven las mismas cosas, que en nuestros ratos solitarios podemos llegar a pensar las mismas bondades o barbaridades, sentir muy parecido. Cuando leo un poema, o cualquier otra cosa, incluso una crónica y alguien nombra, por primera vez, algo que yo reconozco pero que no había sabido ponerle nombre, sé que ahí han apuntado bien, que la palabra es un pequeño dardo que te para en la lectura y te hace decir: eso era o eso podría haberlo dicho yo.
Habláis de metáforas sencillas. Os diré algo que creo elaborado tras años de escritura. Si somos poetas, no hacemos metáforas. La metáfora es, en realidad, nuestra propia existencia. Toda la vida es una composición de signos que hay que descifrar. Los poetas, los cartógrafos, hacen contrametáforas, descifran los signos y los traducen a sensaciones proféticas. Vos sois especialista.
Tampoco me gusta lo críptico en la poesía. Aunque debo decirle que uno de los libros con los que más recuerdo haber disfrutado era muy hermético. Aunque hay cierto hermetismo bien calculado en el que uno entra sin esfuerzo y, entonces, no puede abandonar. Entra en el imaginario del poeta.
Pero sí creo en esa labor de decodificación. Nos han enseñado a pensar rápido, a sacar conclusiones y encontrar soluciones y, por el camino, perdemos lo esencial (esto pasa a diario), nos perdemos ese verso que estaba suspendido delante de nuestros ojos.
"Busco el sello final con lo más hermoso
y estar a salvo el día de mañana del calor del fuego y de una llama"
(lo rescaté de El Diwan)
2/6/09
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