Me gusta mucho Sorolla. Me lo inculcó mi madre. Que sabe pintar. Cuando, algo patosa, yo volvía del colegio con cosas que hacer, para mí, imposible, ella cogía el lápiz y, abriendo y cerrando sus ojos azules, el dibujo se revelaba del papel. Me maravillaba cómo lo que en clase parecía difícil, ella lo hacía sencillo. Yo siempre cerquita. Los deberes, en la mesa de la cocina. Siempre recuerdo una vez que me explicó cómo se resolvían aquellos problemas de ‘un coche sale de barcelona a 100 kilómetros por hora, y otro de Madrid a 85 kilómetros por hora’. Una vez, los problemas también se le hicieron difíciles a ella, que es mucho más arte y más clara y que mira a la vida con ganas de resolución. Y entonces, yo empecé a suspender matemáticas. Cuántas cosas. Cómo se hace. Qué significa. Y Aroa preguntona. ¿Cómo es la m con la? Y así aprendí a leer, con ella, antes de saberlo pronunciar. Ahora, a veces, me pongo triste porque no puedo hundirme en su calor siempre que quiero. No por nada, porque ya no estamos ahí durmiéndonos juntas en el sofá mientras la televisión expone sus pasatiempos. Le he dicho que me pinte un cuadro para ponerlo encima de mi cama. Unas amapolas gigantes, deshechas por lo inmenso en la figuración, rojas, sobre un fondo naranja y amarillo. Aún no se ha puesto. Pero sé que le basta una tarde. Es maga. Sí. Mi madre es magia y esome lo inculcó mi padre.
El cuadro de ahí lo copiamos las dos. Yo, tal cual, pero en chapucilla. Ella, de pronto, lo convirtió en naranjas y verdes y sol derramado sobre el Mediterráneo.















