"que difícil es escribir sobre la madre de uno"
luis garcía montero
'Dentro de nada,
cuando me den permiso las fieras de mi tiempo
cumpliré una palabra que nunca me pediste
te llevaré a Paris'.
Año 1983
"que difícil es escribir sobre la madre de uno"
luis garcía montero
'Dentro de nada,
cuando me den permiso las fieras de mi tiempo
cumpliré una palabra que nunca me pediste
te llevaré a Paris'.
Año 1983
Hay a quien le gusta venir a verme cuando los cierres están levantados. Abrir y cerrar los ojos. Ser consciente.
Lo primero que traje fueron los libros.
No quería estar sola.
Los tobillos de mi abuela esperaron para la firma.
Era invierno y un abrigo de paño grande sobre el mundo.
Los recuerdos se escapan.
El día que llegó del hospital en la silla yo leía un cuentecito medieval en el libro de lengua.
Porque quise retener la luz de aquella casa está conmigo.
Queda el tacto. El olor. La imagen congelada. No la voz. No forma en que miraba.
Queda el instante en que me dijo 'tuyo'.
Queda el sofá que resbalaba rojo y yo asomada
por encima de las hadas.
Yo subrayando en colores y guardando en la memoria intacta.
Quedan huellas de la niña entre las páginas.
Y a los que no pongo cara y se quedaron aquí: Erato, Silvana, Rodolfo, Mega, ‘él mismo’.
Y los que pasaron y pasan en silencio.
Esta es la vida por este espacio. He disfrutado y me he entretenido muchísimo. Da mucha satisfacción que alguien se emocione con unas palabras breves. Esta página desengrasó mi nostalgia mexicana, mi desvarío estival, recoge lágrimas de pura felicidad. Y cómo no, aunque anteriores, también de desencanto.
Pero voy a bajarme un rato en la próxima estación. Voy a quedarme en esta ciudad sin precisar un regreso. Podrán encontrarme en las terrazas al sol, desembalando cajas de mudanza, ordenando los libros de las futuras estanterías, aprendiendo a cocinar.
Es un balance. Una tarde larga voy a darme para ordenar una habitación.
Gracias por acompañarme en el viaje. Yo seguiré leyendo. Claro. Hay palabras que crean adicción. Pero esta casa estará deshabitada por un tiempo. Breve.
Volveré cuando las horas y los espacios tomen su medida justa. Eso será muy pronto. Pero ahora, voy a cerrar esta ventana, voy a darle la vuelta al espejo, voy a apagar las luces del salón. Que estén bien.
Hasta pronto.
(Porque hay mucha gente que he conocido últimamente y me alegro. También tú que estás leyendo, sí sí, tú. La pelirroja de la foto colmo de la risa es maría, que tiene un vestido a rayas, la otra es una mujer con agujetas y lesiones en las rodillas de felicidad)
Cuando volvieron de allí, empezó esto.
El derecho al delirio.
"Cuida bien tus estrellas mujer, cuida bien tus estrellas"
La casa abandonada
'El campito' destrozándose
Os contaré, en cualquier caso, como termina esto.
Ayer escuchamos un ruido en la casa. Una especie de chillido agudo. Mis padres nunca abrieron mi boca y me dieron de comer el miedo, pero siempre hay algún otro voraz con los niños. La fábrica de fundiciones es la casa de las brujas, decía mi tío. Y yo me asomaba por la ventanilla del coche en Villaverde, me estiraba hasta ver en segundos el fuego escapándose por sus paredes. Y esas garras de hierro moviendo los metales de una caldera a la otra. Aquel humo negro que llegaba hasta nuestras calles en verano, aquel perfil de chimeneas de hormigón y altos hornos. Un escenario terrible. La imaginación puede tomar caminos peligrosos.
Yo no he sido cobarde, pero si he metido mi cabeza debajo de las almohadas de cuando en noche para no escuchar. No ver. No tocar.
Ayer grité. Fue el cansancio. El fin de semana sumó un total de seis horas de sueño tal vez. El cerebro pasando del off al on constantemente. Los sobresaltos. El sofá me rindió, la televisión encendida, la casa apagada. Todos duermen. Me arrastro a la cocina a por un vaso de agua. Apago el ordenador, la luz de la lamparita del cuarto de estar. Camino a tientas por la casa en mi memoria. Con los ojos abiertos. Y de pronto, de la oscuridad se forma una persona. Las dos en el quicio de la misma puerta. Primero pienso, milésimas de segundo, quién es esta mujer que está en frente de mí. Luego, la mente se desborda. No es real. Cierro los ojos. Los abro y busco el interruptor por la pared con una mano desesperada y hundiéndome en mí misma, desapareciendo de mi propio cuerpo.
No hay nadie. Pero se me ha escapado el grito, la respiración de golpe. El espasmo.
Subo las escaleras alumbrándome con el teléfono. Me desnudo y ni busco el pijama. Me meto en la cama.
No recuerdo más. Dormí. Casi hasta ahora. Cuando la casa huele a café humeando y a tostadas. Donde el quicio de aquella oscura puerta es la cocina llena de luz y las tertulias políticas discuten los asuntos de la campaña.
Me gusta buscar entre las cenizas. A pesar del encuentro. Y allí, debajo del polvo, sigue la vida que pasó. Lo que hiciste. Frases sueltas buscando un temblor. Futuros improbables. Pasados rotos. Y me entra un miedo real y humano. Capítulos que nadie lee. No me pueden decir que no existen. Creo que por mi bien, ni deban. Hay fantasmas que sé dónde viven, conozco su nombre y, en mi búsqueda, he podido hasta conocer su mirada.