Porque quién no ha tenido
que doblar la armadura
sonreír a la náusea
y moderse la lengua hasta la sangre
tragarse las palabras.
si el abrazo desde fuera es blando, cuídate de tu espalda
(Porque hay mucha gente que he conocido últimamente y me alegro. También tú que estás leyendo, sí sí, tú. La pelirroja de la foto colmo de la risa es maría, que tiene un vestido a rayas, la otra es una mujer con agujetas y lesiones en las rodillas de felicidad)
Cuando volvieron de allí, empezó esto.
El derecho al delirio.
"Cuida bien tus estrellas mujer, cuida bien tus estrellas"
La casa abandonada
'El campito' destrozándose
Os contaré, en cualquier caso, como termina esto.
Ayer escuchamos un ruido en la casa. Una especie de chillido agudo. Mis padres nunca abrieron mi boca y me dieron de comer el miedo, pero siempre hay algún otro voraz con los niños. La fábrica de fundiciones es la casa de las brujas, decía mi tío. Y yo me asomaba por la ventanilla del coche en Villaverde, me estiraba hasta ver en segundos el fuego escapándose por sus paredes. Y esas garras de hierro moviendo los metales de una caldera a la otra. Aquel humo negro que llegaba hasta nuestras calles en verano, aquel perfil de chimeneas de hormigón y altos hornos. Un escenario terrible. La imaginación puede tomar caminos peligrosos.
Yo no he sido cobarde, pero si he metido mi cabeza debajo de las almohadas de cuando en noche para no escuchar. No ver. No tocar.
Ayer grité. Fue el cansancio. El fin de semana sumó un total de seis horas de sueño tal vez. El cerebro pasando del off al on constantemente. Los sobresaltos. El sofá me rindió, la televisión encendida, la casa apagada. Todos duermen. Me arrastro a la cocina a por un vaso de agua. Apago el ordenador, la luz de la lamparita del cuarto de estar. Camino a tientas por la casa en mi memoria. Con los ojos abiertos. Y de pronto, de la oscuridad se forma una persona. Las dos en el quicio de la misma puerta. Primero pienso, milésimas de segundo, quién es esta mujer que está en frente de mí. Luego, la mente se desborda. No es real. Cierro los ojos. Los abro y busco el interruptor por la pared con una mano desesperada y hundiéndome en mí misma, desapareciendo de mi propio cuerpo.
No hay nadie. Pero se me ha escapado el grito, la respiración de golpe. El espasmo.
Subo las escaleras alumbrándome con el teléfono. Me desnudo y ni busco el pijama. Me meto en la cama.
No recuerdo más. Dormí. Casi hasta ahora. Cuando la casa huele a café humeando y a tostadas. Donde el quicio de aquella oscura puerta es la cocina llena de luz y las tertulias políticas discuten los asuntos de la campaña.
Me gusta buscar entre las cenizas. A pesar del encuentro. Y allí, debajo del polvo, sigue la vida que pasó. Lo que hiciste. Frases sueltas buscando un temblor. Futuros improbables. Pasados rotos. Y me entra un miedo real y humano. Capítulos que nadie lee. No me pueden decir que no existen. Creo que por mi bien, ni deban. Hay fantasmas que sé dónde viven, conozco su nombre y, en mi búsqueda, he podido hasta conocer su mirada.
'En la tienda de muebles
hay mil besos vacíos. Ayúdame a escoger,
mira la cama grande y abrazada,
el sofá de las tardes infinitas,
un armario que puede
doblar las estaciones y guardarlas,
de cuánto los recibos,
la mesa familiar, mira el espejo
que sabrá la estatura de los niños,
podemos firmar letras,
amor, es tu desnudo
lo que divide el mapa de las sábanas.
Seguir, envejecer, soñar la vida
en el tanto por ciento de un abrazo'
l.g.m.
"Es escribir a alguien
nadar en lo oscuro
aunque ahoguen las dudas"
Paseo por la exposición del centro Conde-Duque dedicada a la poeta Ernestina de Champourcin, la del 27. Me siento en un café sin nombre. Miro por la ventana Madrid temprana, una ciudad de la que cualquiera se podría enamorar y por la que cambiar las cartas sin darles la vuelta. Con su olor a cajas de frutería y congelados, a café, a guiso que se escapa de los sótanos abiertos, a mundo recién hecho y periódico mojado.
Pienso en algunas mujeres hechas de letras. De lejos, pienso en algunas periodistas que se marchan, en las que dejan en segundo plano la vida, el amor, los hijos sin nacer y toman un avión y se alejan y viven en una ciudad sitiada, en las calles, por ejemplo, de un oriente en ruinas. E imagino cómo la soledad tiene que desplomarlas en alguna tarde de lluvia. Las que se juegan la voz. Pienso en algunas mujeres que escriben, en la coherencia biográfica, no sólo hablo de ellas, al hacerlo. No vale ir a medias, porque a nada saben las medias tintas en la lengua. Pienso en mujeres, porque las hay, que buscan que se deje de pensar en que lo son.
Pienso en lo complicado de describir la felicidad. El desinterés que causa, a veces, la alegría. Pienso en todo eso sin llegar a ninguna coherencia, a ningún argumento, ni ordenado ni válido, para hacérselo llegar a nadie.
Pienso en las poetas. En vivir para extraer. En lo que se puede escribir. Y luego se me viene el deseo del horario y la estabilidad que ansío a media jornada y sin dinero B. Y sin embargo, en lo que estoy cediendo a cambio. Pienso inevitablemente en la adrenalina, en si se me hará necesaria alguna mañana, en algunos riesgos en vez de una cama caliente y el mismo dibujo en el techo. Si alguna vez los necesitaré buscar. En los volcanes. Pienso en la selva, en los ruidos rítmicos del aullido de los animales, en las ruinas de la historia, en el reflejo de lo injusto y en las letras mensuales que pagan la imposibilidad de esos vuelos. En si estoy, lo quiera o no, eligiendo.
Luego voy a mi casa. Y respiro dentro en silencio. Me siento tan bien -¿era esto?- que me pongo a llorar sin lágrimas involuntariamente y despacito, en silencio, mirando por la ventana redonda de lo que pronto será una cocina. Y apoyo la frente en el cristal y me cae polvo sobre el pecho. Lo miro respirar. Auguro todos los febreros que pueden echárseme encima entre las paredes y que, ahora, inmadura tal vez, excesiva, de la misma forma en que sigo leyendo con ansia el final de los cuentos, no puedo esperar ni un solo día más para empezar a saber cuándo me pasarán la factura de lo que no se paga a plazos.
Dicen que esta frase la improvisó Bogart en el rodaje de Casablanca cuando brindan, Rick Blaine e Ilsa Lazlo, en Paris. Fue un guiño entre los dos actores ya que, entre escena y escena, Bogart enseñaba a Bergman a jugar al póker. Con ella termina Sueños de un seductor, -Play it Again, Sam-, con Woody Allen en el papel principal.