7/10/08

Die Sensibilitätt

Das ist nicht gut, repite. Pero Alemania está verde en su centro. Luego estira sus ramas en amarillo, naranja, rojas. Es el otoño del sur. Una acuarela. El otoño en la Schwarzwald. Pero por qué es negra, pregunto. Porque la luz no entra a través de los árboles. Hay millones de relojes de cuco marcando cada paso. Hacia ella o hacia atrás, hacia otra parte.
En el cementerio de Biethigueim una lámina llora a los caídos en la segunda de las mundiales. Son miles y miles. Un niño arranca una mora de la zarza con sus pequeños dedos transparentes. Alguien cuenta dos historias al volante. Una, son los restos de aquella guerra. La otra, es su vida. Yo recuerdo aquel viaje en furgoneta con mi padre bajo la lluvia negra.
El otoño va con nosotros dentro del coche. Atrás quedaron colgando las cestas pintadas de las hortalizas en el patio de la casa. Los rostros del pasado ondean sobre el agua azul de un Danubio estrecho y joven. Pasamos un pueblo que se llama Schönbuch (libro bonito). Yo aprendo las melodías de un grupo nórdico sobre las fotografías que él no está haciendo.
Cuando las nubes se ponen bajas, azul grisáceas y revueltas, escucho las risas junto a los cristales, la sobremesa eterna con aquel embutido que alguien nos envió desde España y que repartimos en trocitos pequeños, como si fuera un tesoro. Los viajes solitarios a Ingolstadt, a Nürnberg, cuando compré aquellas botas que fueron un arma contra la nieve blanca por todas partes.
En el Titisee, el frío me corta la piel, por fin. El aire helado obliga a mirarse para dentro. Tomamos pan negro, una Bratwurst fría y miles de quesos sobre una madera, cerveza espesa. Al final tarta de selva negra en el Maritim, mirando al lago, como a mi padre le gusta hacer cada vez que hasta su orilla llega.
Al día siguiente, alguien cumple 60 años y un húngaro le regala una melodía de trompeta.
A mí me gustaría escuchar de pronto el segundero constante de la nieve. Y correr hasta aquella ventana para ver qué sucede. Y descubrirla blanca sobre el desnudo verde. Pero aún es temprano.


11 comentarios:

Virginia Barbancho dijo...

Pero QUÉ ganas tengo de irme ya, Coñoooo!!!!

Voy a llegar como el Papa, besando el suelo.

Ya te contaré

Cecilila dijo...

Paisaje hermoso y descripción lírica, conmovedora, de esos lugares. Dan ganas de volar hacia allí para ver tantos colores, tanta belleza.

aroa dijo...

la canción: porque me llevan atada a un concierto el viernes (esbromaesbroma) no es la que más me gustó, pero... es que la letra sí (jijiji)
eso de ahora ella sigue adelante...

Lara dijo...

tu prosa tu viaje

ay.

hdo80 dijo...

Ay Aroa, que mal eso de ir dejando pedacitos del corazon por todo el mundo no?? Saludos transoceanicos...

Marian dijo...

Qué bueno viajar a Alemania a través de tus colores y de tu voz..

david dijo...

Colorines: yo tuve, fugazmente, un puñadito de hojas alemanas, con esos colorines. Desaparecieron en algún bolsillo que no era mío, pero mantengo la esperanza de volverlas a ver, y de ir a la fuente. Las fotografias que alguien no hacía igual las puede hacer alguien.

Y ya habrá tiempo para ir a ver nieve, eh.

carmen moreno dijo...

Pues a mí lo que más me gusta de tu viaje es que ya estás aquí

aroa dijo...

gracias compañeros.

héctor, yo creo que es muy bueno... si a cuento de qué me escribes tú hoy aquí y tantas cosas amigo

tiene la parte mala... que ya la sabemos todos

besos a todos

david, que ese alguien que no hacía fotos venga a ver la nieve y las haga!!!! jiji

María a rayas dijo...

si que ha dado de si tu viaje a Alemania...cuantas nostalgias despertadas...(que me pones nostalgica a mí también...aaaaay....)

church, qué verdad...cuántos trocitos de corazón repartidos...

besos!!!!!

Mega dijo...

Esplendoroso estallido de colorines viajeros.

Un beso