11/7/08

cruce de caminos



Cuando coincidieron en aquella sala de cine del primer centro comercial inmenso de Madrid ninguno lo supo. Solamente nosotros. Tú y yo. Ella llevaba un vestido a rayas marineras y un enorme lazo rojo bajo el cuello. Tenía el pelo recién cortado en una melena lisa y rubia y fuerte como la de aquella actriz mayor de musical de instituto. Él unos vaqueros de goma en la cintura y una camiseta verde. Las piernas de ella chocaban en lo alto de sus muslos al andar y estaban morenas. Las de él terminaban en un culo respingón y enderezado. Los dos llevaban gafas. Pero eso sólo lo sabemos nosotros.

Cuando volvieron a coincidir en aquella gasolinera, él estaba esperando a que su padre terminara de echar agua al coche. Ella inventaba canciones mientras su hermana dormía en el asiento de atrás, toda calma, carne roja y paz. Ella se estiraba de una bufanda de lana rosa y azul agua que picaba en la nariz. Él se abrió la cremallera del anorak de plumas negro. Artificial la calefacción de los coches secaba el aire del invierno. Que no se miraron o sí, sólo lo sabemos nosotros.

Cuando estuvieron juntos en aquel bar estrecho tomando cerveza mexicana, ella se quejaba de lo inverosímiles que eran allí los tacos, de que las botellas nunca llevaban media rodaja de limón contraída en la boca y trataba de resultar lo más cuerda posible a un amigo que pensaba que la conocía demasiado sólo porque la había visto llorar en una escalera. Él bebía su cuarto chupito de tequila reposado mientras miraba al suelo. Tenía los ojos rasgados en los extremos, de tendencia hacia un sur cercano. Tal vez maldecía a alguna mujer, eso no lo sabemos, porque yo no lo sé, o tal vez celebraba que había terminado algún curso en una universidad periférica.

El primer día que tuvieron certeza de que se habían cruzado, él fuera, haciendo sus cuentas con un tercio en las manos y decidió no entrar, y ella llegaba tarde, pero de las primeras y apartó la cortina roja y le dijeron –¿Aroa? Tal vez se miraron o no, porque no lo recuerdan. Pero los dos regresaron y encontraron una coordenada común. Ahora se ven a diario, se reconocen en aquellos y recorren los viejos encuentros.

Pero eso nosotros no podemos saberlo.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando se tiene un camino andado, recordar esos primeros golpes de azar o misterio es bonito. Pero lo que más me gusta es que muchos no lo sepamos. Un abrazo grande Aroa.Erato

brujaroja dijo...

La vida es una suma de encuentros de la mayor parte de los cuales ni siquiera somos conscientes, pero, ay, todo aficionado a Lost lo sabe perfectamente...
Besos y buen fin de semana

Mega dijo...

¡Benditas coordenadas que coordinan nuestros pasos descoordinados!

Cecilia Alameda dijo...

Tantas coincidencias no serán sólo fruto del azar. Alguna fuerza desconocida estaba empujándolos a verse.

manolotel dijo...

Los primeros encuentros y los que siguen siendolo, nunca se olvidan, o sí, pero eso nunca lo sabremos nosotros ni vosotros.

Besote, Pléyade.

en tierra de nadie dijo...

ohh. Reencarnaciones. Vidas pasadas. Almas gemelas.

Me recuerda a aquel relato de Bea.

Y a más cosas.

Nunca he creído en esas cosas. Pero de vez en cuando aparecen coincidencias que hacen dudar. Conexiones mágicas. Como si hubiese algún tipo de predestinación.

Ya sabes.

besos cósmicos

pd.- ¿De verdad que me dejas adoptarte como hermana? Ohhh sí, que ilu...

María a rayas dijo...

los encuentros, ¿qué seríamos sin ellos?

(no tú, no yo, sino nosotras, sin esos encuentros fortuitos, sin esas pequeñas grandes decisiones...)

abrazo
(infinito)
María

(lo siento...estoy ñoñísima...son las despedidas...los reencuentros..)

david dijo...

Pues si los encuentros yo tengo muy claro que no sería nada.

Lo decía por lo obvio, o bueno, obvio para algunos, supongo, pero bien pensado, es literal. Si papá y mamá no se hubiesen cruzado, ¡adiós semillita de la que venimos!

Y sobre los cruces, el último me parece imperdonable. Por unas cuentas, ya ves. Estos matemáticos, cómo son.