2/10/11

Moisés


No sé qué autobús utilizaba el abuelo los domingos para ir al rastro. Es un detalle sin importancia pero, hoy, pensando en él, despierto el recuerdo por el día de la semana y las rutinas ajenas que seguí alguna vez, he pensado que no lo sé porque nunca me molesté en saberlo. No voy a culparme, era una niña. Él me invitó a acompañarle muchas veces y yo siempre le decía que mejor el siguiente domingo.

Tenía un puesto que bien merece la calificación de precursor de los bazares. Vendía rascahielos, platos chinos (eran tiempos del súperdiscochinofilipino), pintalabios, sombras de ojos, cubos de rubik, yoyós. Cuando se fue, nos dejó cajas llenas de estos objetos que dormitan en los garajes de las casas familiares.

Sobre las tres y media, volvía, con su bolsa azul al hombro, inclinado sobre la pendiente de aquella calle de Usera, y llegaba a comer el guiso de la abuela, casi siempre chamuscado por un descuido durante la charla con las vecinas, y se quedaba adormilado en la sobremesa.

Aunque de todos los abuelos que se han ido, probablemente sea en el que menos he pensado en todos estos años, me encantaría saber qué diría él de tantas cosas. Él, que quería ir a Nueva York y a Ciudad de México (ay, abuelo, te hubiera llevado tantas veces), que recordaba la playa de San Sebastián como la más hermosa de su escueto mundo, que cuando por fin regresamos durante un verano de infierno a su pueblo extremeño, se torció su cabeza en el paseo, somático. Él, que me decía, y totalmente en sus cabales, que yo iba a ser ministra (abuelo, por dios), nada menos, que se empeñaba en leerme fábulas y hacerme preguntas después. Él, él, él. Un hombre. Un desconocido para mí. Una sombra en la butaca en silencio, un cerebro siempre activo, una sentimentalidad que me destroza a veces y que llevo tallada en mi adn.

Hay tardes en las que me encantaría beber un anís con él y quedarnos dormidos. Pero solamente puedo acurrucarme sobre esa cuarta parte mía que es suya, leve, pero suya. Y dejar caer un lagrimón. 


impecable, 1980

4 comentarios:

Aroa dijo...

estoy pensando que igual iba en coche, o creo que le llevaban... pero eso da igual ya

Anónimo dijo...

en fin...... snifff......

Jesús Miramón dijo...

"Esa cuarta parte mía que es suya... "

Precioso. Somos donde terminan tantos pasos.

Isabel dijo...

¡Que cierto! Yo misma me he culpado y culpo por dejar de indagar esas fuentes sólo nuestras.

Es un precioso recuerdo.

Un beso.