14/11/09

Polet


Polet está de espaldas, en una mesa está junto a la cristalera y, según el leve movimiento de su cabeza, parece que sigue el tráfico de la avenida. Desde la puerta, puedo ver cómo su pelo duro roza el cuello de la austriaca verde y continúa el desgaste. Yo misma se la compré, una mañana nublada en Innsbruck, o Ginebra, mientras él leía, dos locales más allá una novela, a finales de aquel año cualquiera. No puedo creer que aún la conserve.
Siempre tuve perfectamente tomadas sus hechuras, la longitud de las piernas, que las mangas cayeran hasta la altura de la mano donde nace el pulgar, los cuellos almidonados y duros, talla 25-26. Y sin embargo.
A pocos metros de mí, Polet se revuelve en la silla como incómodo. Parece que noviembre ha comenzado a arañarle ya los pulmones y tose, polvo de otoño, como si se hubiera tragado las hojas secas de los viejos olmos. Yo me cruzo el abrigo de chenilla verde sobre los pechos dolidos y me quedo inmóvil, dibujándole, muerta de miedo por el reencuentro, hasta que un camarero decide cerrar la puerta de la calle y agradablemente tomarme del codo y la muñeca a la vez, como se toma a una anciana, Polet, e invitarme a pasar del todo. Déjeme masticar esta imagen, pienso. Y los cristales de la lámpara tintinean por la corriente.
Polet no mira para atrás, si ahora lo hiciera, sabría que he vuelto a ondearme el flequillo como aquella primera vez que nos vimos, mucho más oscuro el pelo y las piernas fuertes y la espalda recta. Qué ha sido de nuestros cuerpos. Tiene los hombros caídos, como si le pesase mi mirada sobre ellos y juega con las manos velludas, anchas sobre la mesa. Debe estar nervioso, hace tanto que no nos vemos. Qué amargo fue separarnos y, a la vez, qué bien nos hizo no estar obligados a querernos. Yo pude salir más. Aunque no te creas, no me notarás muy distinta. Luego, el cambio de casa, algún viaje a Roma, a la Costa Azul. No voy a decirte que no te echara de menos una tarde, cuando comienzan los fríos, gruñendo sobre la política, la sopa boba y fría en el mantel blanco. Ya ves, Polet, qué risa, dos viejos separándose, fuimos el murmullo de la calle estrecha.
El joven vuelve a hacerme señales, para que avance, al fin y al cabo, para él, debo ser una abuela tiesa en la entrada de un bar, camuflada su cabeza con el fondo gris de las nubes, toda esta imprecisión de los rasgos cuánto me duele.
Cinco zancadas más, pero que me cuestan el aliento que he guardado hasta hoy para verte, y estaré a tu lado y charlaremos como siempre y sin dolor, te contaré de qué me aquejo, hablaré de aquí para allá, sorteando los temas, enlazando el diálogo, de las manías de mi hermana Pinita, que sigue igual, de nuestros hijos, de sus familias, nuestras y a la vez nuevas, en las que no consigo ubicarme. ¿Lo harás tú? Sigo tirando de mí hacia ti, aunque algo me detenga, como si corriera en una pesadilla, como si gritara bajo el agua. Y
cuando ya no puedo resistirme más al empuje del camarero, me dejo caer en la silla. No entiendo nada Polet, parece que algo no va bien y va a impedir que tengamos al fin nuestra cita. El camarero me despeina porque me toca la cabeza con las dos manos y me despinta la cara que, cuidadosamente, horas antes, maquillé para ti, tapando las arrugas y los años. No me deja hablar contigo y dice cosas horribles, que no estás, que ya te fuiste. Yo me pongo a llorar y tú ni siquiera te das la vuelta porque sigues ahí esperándome, nervioso. Me arranca un libro de las manos donde veo tu nombre y, entonces, algo, me dice que no estoy ahí, que yo no estaba ahí. Tu nombre, Polet, dentro de las páginas esperando a una mujer en una cafetería de la avenida grande, el autor no, tu nombre, cuál era entonces tu nombre, aquel libro que tú leías en Innsbruck. O Ginebra. Qué más da. Luego el joven, que se parece rabiosamente a tí, también llora y, cuando me dice mamá, decido escupirle la tila en la cara y mirar con odio tu silla vacía junto al cristal.


[un cuento del taller y una foto de David Ruiz]

8 comentarios:

Jordi dijo...

esperaba algo sobre bcn... snif, snif...

david dijo...

¡Y nosotros esperábamos algo de Barcelona!, ja ja.

Es broma, es broma.

Aroa; el cuento que te cacé, ji ji.

Y que el imaginario colectivo breménico confundió con Nano, por el octanaje del cuento.

Qué envidia.

NáN dijo...

Aquí Nano. He estados tres veces en Barcelona. Así que no va por eso.

Aunque te hablaré de "nuestro" relato (la inteligencia de grupo que decía David), ya sabes que lo haré a las escondidillas.

Pero no puedo dejar de decirte aquí lo que me ha gustado. Aquí, donde es tan fácil porque no hay que justificarlo.

("lo que me ha gustado" es ambiguo, "que me ha gustado", sin tilde en "que", no lo es).

Lara dijo...

¡¡Polet!!

sí sí sí

Gemma dijo...

Estupenda esa desmemoria de la viejita que le hace olvidar que Polet no es Polet, aunque siga siéndolo.

Un beso grande

Anónimo dijo...

Yo le regalé casi toda la ropa que aún se pone. Él para mí fue “prenda”. Como aquel primer forro color fucsia para un frío sin nieve, descarnado, el día de mi cumpleaños. Nadie había tenido antes un detalle parecido, nadie me ha vuelto a regalar una guitarra, un piano, una casa en la playa, tiempo de sueño, nadie ha salido de trabajar cruzando al volante toda Europa, una isla, para una cita en Princes Street. Soplo despacio “prenda” sobre el fino polvo del pasado y me parece tremendamente erótico, cálido, erógeno total, abarcando como una segunda piel hacia dentro. Trato de cubrir mi desnudez entreteniendo la vida, pero le tengo en su hija todos los días ante mis ojos.

Aroa dijo...

quién llama a esta puerta y se esconde detrás de un párrafo no por desconocido menos familiar

dime

virgi dijo...

Me impresiona lo bien que escribes. Con el alma, Aroa.

Un beso, con admiración.