5/3/13

la lluvia sobre mis casas

De mi primera casa, no guardo recuerdo. Pero entonces era triste el agua siempre en el colegio. Las ventanas grandes, con sus dos hojas, reteniendo el olor a garbanzo que salía del comedor. Como si en aquella cocina las monjas solamente hirvieran legumbres fofas. Detrás, una extraña libertad y los padres conduciendo por alguna calle del centro. El sótano donde nos metían en los días de invierno. Los gritos de las niñas despertando mis primeros dolores de cabeza sobre aquel infierno de suelo negro.

La lluvia en mi segunda casa nos dejaba siempre sin luz. Mamá guardaba velas y cerillas en los cajones. Papá compró una linterna en Stuttgart y la trajo y dijo “es como la de la policía”. Como jugábamos con ella de noche, nunca estaba a mano cuando se quedaba oscuro. El campo soltaba el perfume pegajoso de la jara. La casa se levantaba junto a las vías del tren. Por la ventana, mamá miraba al horizonte. Podías perder la vista y el tiempo tratando de ubicar cada lucecita. El abuelo decía que, hasta la presa que cortaba en dos el valle, de noche, había un lago. Las luces de la casas eran para él pequeños barcos de pesca esperando a que se parta en dos el temporal. Por la mañana, el barro.

En Alemania tuve tres casas en un año. Podría haber empezado a pensar en mis continuas mudanzas. Pero la lluvia caía, sobre todo, en la casa de invierno. Llegué a la estación del funicular con lluvia. Arrastré mi maleta por el empedrado mojado. Al final de una estrecha escalera estaban mis 16 metros cuadrados. Desde aquella ventana vi el bosque bávaro cambiar de color. Hice una fotografía de la ventana cada uno de los meses que allí pasé. Lloré de desesperación una vez. Y me reí hasta romperme el resto. Todavía, cuando salgo a la calle temprano y llueve, me vienen a la cabeza aquellos días. Luego llegó el invierno. La nieve no hace ruido al caer.

Cuando en enero conducía hasta mi tercera casa en Madrid, el termómetro del coche descendía tres grados en apenas unos metros. Algunos animales salvajes huían de la carretera tras las antiniebla. Cuando llovía, miraba al perro rubio calarse hasta los huesos en el jardín. El agua de la piscina hacía círculos que se tocaban y desaparecían. Todos estuvimos de paso allí durante diez años pero papá no paró de hacer cambios y reformas. Aquella casa tiene el mejor jardín. A principios de un año, pinché 100 bulbos de narciso por todo el terreno. El agua levantó la arcilla roja de la pista de tenis. El número 63 de Machichaco está dormido ahora. Hasta la primavera, que vuelva el amarillo a salpicar su tierra.

No recuerdo el agua sobre mi casa de Irlanda. Llovió cada mes. Pero todo lo borró otra lluvia que me caló desprevenida. 


Llovió en México durante tres semanas seguidas. Al volver del locutorio, una sandalia salió de mi pie y flotó por la avenida abajo. Llegué descalza a la primera de mis casas veracruzanas. El agua allí daba un brillo de plástico a las grandes hojas del platanero y hacía mucho ruido. Aunque golpeaba sin furia contra el tejado plano. Por encima de las Altas Montañas, los relámpagos iluminaban la sierra. Nunca he vuelto a ver esa guerra en el cielo. Escribí durante dos días seguidos en una libreta morada. Paseaba mojada, sin rumbo y sin tener a quién saludar. Para sentirme en casa, me refugié en un hotel internacional y pedí un café. Entonces decidí comprarme un secador de pelo. Pero nunca nada volvería a sacar de mí esa humedad.


…  de la lluvia en la casa donde vivo ahora ya hablaré cuando me marche de ella.


11 comentarios:

A filla do mar dijo...

Es muy bonita, tu casa, Aroa.
No la dejes, salvo por otra más bonita todavía.

Un beso.

Aroa dijo...

es que viendo mis antecedentes, mucho estoy viviendo aquí...

pero puedo decir que cuando llueve en esta casa no quiero salir de ella
y que me gusta mucho escuchar la lluvia sobre el patio desde la cama

ETDN dijo...

Llevamos ya algo de historia sobre nuestras espaldas. En cada lugar que habitamos queda siempre algo de nosotros y en nosotros algo de cada lugar, de cada casa, de cada ciudad. Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos y al mismo tiempo sí, porque todo eso que fuimos forma parte de los que somos ahora.

Parece mentira que de ciertos pasados sólo quede la lluvia.

A veces olvido, cuando la lectura de tus cosas se demora, cuánto me gusta tu prosa.

Un beso

Aroa dijo...

Oh, gracias ETDN.
Guarda uno la lluvia y otras cosas pero ayer llovía y me calé hondo (como en la canción aquella).

NáN dijo...

Cómo mee ha gustado esta historia de tu lluvia.

Aroa dijo...

Me gusta que te guste. Y qué bien sienta volverse personajito

Lara dijo...

¡Me siento libre!

(Yo iba a hablar de tu lluvia y de tu mu-danza, pero he de celebrar mi libertad.)

Aroa dijo...

yipaaaaaaaaaaaaaaa

virgi dijo...

¿Es la lluvia la diferente o son los recuerdos?
Lo que sé es el placer de leerte.

Aroa dijo...

Las lluvias eran diferentes. También yo lo era.
Al final, es luvia cayendo de cielos parecidos.

david dijo...

Pobre lluvia de la casa de ahora, tintineando en los soportes de las macetas y limpiando las calles y robándolas los olores para disgusto tremendo del Valen.

En cuanto haya mudanza, te recordaré el tema pendiente.